Amelia

20. La cuarta pared

–¿Ya estás otra vez pegado al televisor? –gritó su padre al llegar a casa.

Mario ni se inmutó. Subió el volumen un poco, para escuchar los argumentos a favor y en contra de uno de los pretendientes en Chicos y chicas y al revés.

Su padre le quitó el mando de un manotazo.

–¿Qué te pasa? ¿Por qué no haces algo de provecho? –espetó, poniendo los brazos en jarras–. Te pasas el día frente a la tele.

Mario se limitó a mirarlo con un gesto despectivo, pero no contestó.

–¿No piensas decir ni hacer nada? ¡Ahí te pudras en el sofá! –exclamó, lanzando el mando a su hijo. Lo hizo con tal violencia que impactó en la ceja y le empezó a brotar sangre.

Su mujer salió de la cocina.

–¡No trates así al niño! Déjalo tranquilo. Mira que eres bruto –le increpó, cubriendo la herida con un paño–. Si no tiene trabajo la culpa no es suya, es por la crisis.

–Sí, claro, y encima tú dándole la razón. En esta casa no se puede –se quejó el padre. Se marchó a su habitación y se oyó el sonido de encendido de otro televisor.

La madre volvió a la cocina.

–La comida estará lista en unos minutos, Mario.

El chaval no habló. Siguió tapándose la ceja, cogió el mando a distancia, cambió de canal y se arrellanó en el sofá.

 

Nunca había disfrutado de la lectura y menos del estudio; tras repetir dos cursos de la ESO y agotar las posibilidades de sacarse el graduado, quiso estudiar un módulo.

Su madre no le dejó.

«Hijo, tú eres especial. No quiero que seas esclavo de nadie. Serás famoso», le había dicho un día.

Y Mario había pasado del pupitre al sofá en un abrir y cerrar de ojos. Hubo un tiempo en que jugaba a la consola, pero se cansó de los mismos juegos una y otra vez. Además, su padre le tiró a la basura los cuatro que tenía en un acceso de ira.

No le importó. Ya había perdido el interés por ellos. Encendió la tele y empezó a pasearse por los canales. Veía cualquier programa, sin importarle el contenido.

Comenzó a imaginar que era el tronista por el que se peleaban chicas de tetas operadas y de su mismo nivel de estudios; o el que solicitaba un cambio de imagen a “expertos”; incluso llegó a creerse el presentador del concurso donde giraban una ruleta y acertaban frases comprando vocales y consonantes.

Al principio hablaba con sus padres. Más tarde no necesitó hacerlo. Ellos habían dejado de entenderle y a él ya no le importaban sus asuntos. Las vidas que veía en la pantalla eran mucho más emocionantes que cualquier historia de una simple ama de casa y un operario de fábrica.

Su madre le servía la comida a su hora, intentaba hablar con él y volvía a sus quehaceres cuando Mario empezaba a gruñir.

Su padre le chillaba todos los días, lo amenazaba y luego se iba a su habitación a ver la tele. Justo como hacía él.

Todos los días, se levantaba, se duchaba –al menos no había perdido la costumbre de lavarse–, se ponía ropa limpia y se tiraba en el sofá, a ver cualquier cosa.

Incluso tenía la sensación de que los personajes de las series y programas se dirigían a él. En una ocasión, el héroe Cuervo Azul lo había mirado fijamente: «¿Me caso con Rosita o con la duquesa?». Una tarde, una de las seudoperiodistas del programa de cotilleo Menéame se giró y preguntó: «Y tú, ¿qué piensas sobre el encarcelamiento de la famosa tonadillera Maruja Linares?».

La pantalla lo atraía con sus colores brillantes. Vivía las vidas de los personajes y hablaba de ellos como si fueran sus amigos. Hasta le había relatado a su padre el último capítulo de Al salir del insti como si hubiera sido un día real.

 

Esa misma tarde, mientras su padre seguía encerrado en la habitación y su madre trajinaba en la cocina, puso uno de sus programas favoritos: La isla de los casposos. En él, un grupo de gente variopinta, entre actores fracasados, protagonistas de realities y exnovias de hijos de famosos, trataba de sobrevivir en una isla del Caribe, rodeados de tiburones. Uno de ellos le habló:

–En la prueba de esta semana necesitamos a alguien como tú. ¿Querrías venirte a la isla?

Mario no se lo podía creer. ¿En serio le estaba hablando el vencedor de la última edición de Ganadero busca esposa?

Titubeó unos instantes. Sin duda, era una de las mejores ofertas que le habían hecho.

–¿Qué tengo que hacer para ir? –Llevaba tanto tiempo sin hablar que hasta su voz le sonó extraña.

 

–Nuestro hijo ha desaparecido –dijo la madre, sollozando–. Mi Mario ya no está.

El policía anotó en su libreta lo que los padres del joven le estaban contando. No expresó su opinión, pero parecía que se trataba de un adolescente más con problemas de drogas o malas compañías.

–No vaya a pensar que mi Mario tomaba drogas o cualquier cosa por el estilo. Lo único que hacía era…

–¡Ver la tele! ¡Se pasaba el día viendo la tele! –gritó el padre, enfadado.

De pie en la sala de estar, con la tele encendida, no se dieron cuenta de lo que decían en el resumen de La isla de los casposos: «El último concursante en entrar, Mario Suárez, ha sido devorado por los tiburones, mientras realizaba la prueba por equipos. Lamentaremos mucho su pérdida».

Amelia.

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Un comentario sobre “20. La cuarta pared

  1. Cuantos Mario hay en el mundo, en especial en los sofás de muchos hogares españoles. Los tiburones se tendrían que hacer análisis de sangre por lo del colesterol si a todos les diera por lo del programa en el Caribe. Porque seguro que en el duelo hombre vs. ganaría el que nunca vería la tv aunque se hiciera vegetariano tras mordisquear a la Linares esa. Una felicitación sincera.

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