Ana

5×06. Deprimencia

No puede dormir. Por quinto, sexto o tal vez séptimo día consecutivo no puede dormir. Luego se pasa el día tirada en el sofá, dormitando con el palique de una tertulia sesuda de fondo. Hasta que la espalda se queja y se tumba en el suelo para tratar de hacer de memoria los ejercicios de estiramientos de cadenas musculares, actividad a la que se apuntó en febrero, apenas un mes antes de que empezara el confinamiento.

Hay tantas cosas que se han quedado a medias. Observa el cielo desde la ventana. Como vive en un piso alto no tiene problemas para ver las nubes que, tozudas, no se animan a desaparecer. Se han quedado, como ella, como todos, atrapadas en un día que se repite cada veinticuatro horas. Los pocos ratos en los que el sol se cuela por el cristal, se queda pegada allí, absorbiendo su energía como una lagartija. Le tienta sentarse en el alféizar. Pero le da miedo que alguno de sus vecinos cotillas la tomen por una suicida y llamen a la policía.

Los primeros días, tras decretarse el estado de alarma, se sentía llena de energía. Ni siquiera el ERTE que declaró su empresa la desmotivó. En realidad, su trabajo en una tienda de bricolaje la aburría muchísimo. Confundía las herramientas y los clientes preferían siempre a su compañero de sección que, además, la ignoraba o le contestaba mal a propósito cuando ella le consultaba. Se sintió como en unas inesperadas vacaciones. Pensó que así tendría tiempo de sobra para acabar de prepararse las oposiciones. Los exámenes estaban previstos para mayo, pero con la llegada del coronavirus se habían pospuesto las fechas y, como buena procrastinadora, si no había fin de plazo próximo no se ponía las pilas.

Con la energía, el tiempo y el positivismo que por entonces sentía, pegó carteles en el ascensor y en las paredes del portal. «Soy la vecina de la puerta 17. Si no puedes salir a la calle, si necesitas cualquier cosa, no dudes en llamarme, los vecinos estamos para apoyarnos». Algunos vecinos anotaron «gracias» y «eres un ángel», otros escribieron obscenidades, pretendidamente graciosas y alguno decidió que sobraba y rajó el de al lado de la entrada, que ella mismo recogió del suelo y tiró en la papelera que la comunidad había puesto para la propaganda no deseada y que ahora, sin repartidores, estaba vacía.

Pasaron los días y nadie llamó a su puerta. Y las horas se le hacían largas. Intentó leer o ver series, pero perdía el hilo. Se autodiagnosticó déficit de atención. Su familia estaba bien, lejos pero bien. Intercambiaban wasaps cordiales y algunos memes. Sus sobrinos le enviaban fotos de los dibujos que habían hecho. Su madre también estaba bien. De hecho, el confinamiento la había pillado con su nuevo novio en un apartamento en Tenerife. Tenían una piscina privada y cuando hablaban por videollamada le enseñaba lo morena que se estaba poniendo. Ella entonces miraba su cara cenicienta en el espejo y su ánimo se hundía un poco más.

Subió a la terraza un día que hacía mucho el sol. Había dos vecinas caminando cogidas del brazo. Le pareció que eran las del tercero. Trató de mantener una conversación con ellas, pero la miraron con expresión de nos estás molestando y se quedó en el otro extremo de la azotea, viendo los coches pasar con una sola persona dentro y a los viandantes pasear a sus perros o a sus carritos de la compra. Luego pasó un helicóptero de la policía. Lo estuvo mirando un rato e incluso se le ocurrió saludar con la mano y aplaudir la labor que hacían las fuerzas de seguridad. El vehículo se había detenido muy cerca de donde ella estaba, casi podía sentir el aire que levantaban las aspas. Entonces, por el altavoz se oyó: «Señora, váyase a casa, no se puede estar en las zonas comunes». Sobresaltada, buscó con la mirada a las vecinas, pero estas, al parecer, ya se lo sabían porque hacía rato que se habían marchado a sus casas, a reunirse lejos de miradas indiscretas.

Los primeros días dormía bastantes horas seguidas, aunque a menudo se despertaba con la piel ardiendo. Justo en enero había conocido a un hombre en una fiesta. Se habían visto cuatro veces después de aquel día. Era divertido, aunque bastante mentiroso. Sospechaba que estaba casado y que por eso iba y venía de forma tan errática. Pensaba que separarse tan bruscamente, cuando apenas habían empezado la posible relación era, en el fondo, beneficioso. No quería complicarse la vida. Pero lo cierto es que después de años con la libido bajísima, ahora la tenía por las nubes y no sabía muy bien cómo solucionar su inquietud. También era mala suerte que hubiera pasado justo ahora. Debió hacer caso a sus amigas, cuando le sugirieron que se comprara un satisfyer. Intentó meterse en alguna de esas aplicaciones o redes sociales para ligar durante el confinamiento. Pero se sentía ridícula diciendo «cómo me pones» o «sí, llevo unas braguitas de encaje» a tipos que ni siquiera conocía. Lo que ansiaba era el roce de otra piel, y eso era imposible de sentir con el sexting.

Cuando el estado de alarma se prorrogó por segunda vez, ella ya pasaba la mayor parte de la noche en vela. En ocasiones, se tomaba una copa de vino, otras una infusión de valeriana y pasiflora, algunas tardes hacía ejercicio como una loca para acabar agotada. Entonces conseguía dormirse pronto, pero un par de horas después se despertaba y el amanecer la sorprendía en duermevela o con los ojos como platos. Eso eliminó la poca concentración que le quedaba. Se olvidaba de ir a comprar, aunque en su despensa quedaban latas y dulces como para sobrevivir a varios confinamientos más. Algunas tardes, sus amigas organizaban una videollamada por Zoom. Ella se preparaba la cerveza o el vermú y lo sorbía en silencio mientras veía a Lucía y a Clara interrumpirse la una a la otra para contar detalladamente cómo pasaban los días, la cantidad de charlas interesantes y de conciertos de cantantes desde sus casas que se podían ver en las redes o, aún peor, lo buenísimo que les estaba saliendo el pan casero. Solo en ocasiones se daban cuenta de lo callada que estaba, y ella mentía diciendo que le preocupaba su madre o que su hermana mayor llevaba algunos días con fiebre, pero no iban a hacerle el test.

Después se despedía y abría otra cerveza y se dormía con la ropa puesta, en el sofá, hasta que la noche la despertaba.

Empezó con la limpieza de cajones y armarios por el botiquín. Revisó las medicinas y apartó las caducadas. Entre ellas había unas cajas de Orfidal. Debían ser de Jaime, un exnovio del que hacía años que no sabía nada. Estaban caducadas. Recordó a una doctora en Química que había conocido en un viaje. Le había asegurado que los medicamentos sólidos no caducan, que como mucho pierden un poco de su efectividad. Jaime solía tomar un par para dormir las noches que estaba muy nervioso. Ella tomó la misma dosis, aunque un rato después decidió tomar una más, por si acaso.

Durmió doce horas seguidas. Y se sintió bien, con energía. Hasta llegar la noche y volver a estar en blanco. Así que repitió la operación. Un día tras otro. A veces las tomaba antes de cenar, otras justo a la hora de ir a dormir y otras cuando despertaba del pequeño sesteo, sin poder recordar si había tomado la dosis anterior o no. El vino la amodorraba aún más, tanto que no sentía hambre.

Cuando ve en el telediario al presidente del Gobierno en rueda de prensa anunciando que va a dar comienzo la segunda fase de la desescalada del confinamiento, tiene que hacer un gran esfuerzo para averiguar no solo en qué día, sino en qué mes se encuentra.

Ese no reírse nunca ese no llorar por nada (Deprimencia, Revolver)

Ana

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