Amelia

5×05. Solitario

Cuando se imaginaba el Apocalipsis, nunca pensó que fuera a ser así. En ocasiones, centenares de zombis se apoderaban de la ciudad y devoraban a todo aquel con un hálito de vida.

En otras, extraterrestres de cabeza ovoide lanzaban rayos paralizadores a la población, para después introducirse en sus cuerpos y ocuparlos, mientras los ciudadanos se sentían ajenos a sus vidas.

Así se sentía en esos momentos. Ajeno a su vida. Tras el inicio del estado de alarma, creyó que solo serían quince días de confinamiento. Hizo acopio de legumbres y papel higiénico ante la mirada atónita de sus vecinas y se encerró en casa, dispuesto a no salir hasta que las autoridades dieran permiso.

Los primeros días, le fue bien. No disponía de conexión a internet (nunca la había necesitado, se pasaba el día en el trabajo) y los gigas de datos en el móvil se esfumaron en apenas cuarenta y ocho horas. No le importó al principio, se sabía la contraseña del vecino y solo le quedaban tres capítulos de la serie que estaba viendo.

La wifi del vecino pronto empezó a dar problemas y él se cansó de comer un día alubias, otro garbanzos y otro lentejas. ¿Quién había dicho que fueran tan saludables? A él le provocaban unos gases tremendos y dolor de barriga.

De vez en cuando enchufaba la tele y veía las noticias. Que si tantos muertos, tantos contagiados y tantos sanos, que si en tal país todavía podían salir en la calle, que si en el otro se habían terminado las existencias de bebidas alcohólicas.

Recordó las botellas mediadas de algún cumpleaños lejano y se propuso terminar con ellas. También se acordó de los apuntes de la carrera y de cientos de papeles que, con cuidado, fue descartando para llevarlos al contenedor de reciclaje.

El Presidente anunció quince días más de prórroga. Bajó al supermercado y vio que las existencias de pasta, harina, huevos y levadura eran escasas. ¿Qué le pasaba a la gente? Comprobó el estante de las cremas de cacao. Vacío.

Una vecina lo miró mal. Quizá fuera por no haber tosido en el codo, o por no llevar mascarilla o por rascarse la cabeza con los guantes de plástico que le habían proporcionado a la entrada. ¡Vete tú a saber!

Llegó a casa cargado de pan, más legumbres y mucha salsa de tomate. Comprobó una vez más la wifi del vecino. Señal muy débil. Hasta dentro de un par de días no volvería a tener datos en el móvil.

No le apetecía leer, no le gustaba demasiado y tenía pocos libros en casa. Además, algunos le recordaban a su exnovia y no estaba por la labor de dedicarle ni uno solo de sus pensamientos fuera de aquellas veces en las que le subía un calorcillo por el cuerpo y se acordaba de sus labios carnosos y su habilidad con ellos.

Buscó algún juego de mesa, algo con lo que distraerse. La videoconsola le aburría, el ordenador no estaba para muchos trotes y ya había contado las alubias secas que contenían los siete paquetes adquiridos.

Encontró una baraja de cartas Bicycle e intentó recordar algún truco de magia. Fue en vano. Además, no podía hacer magia consigo mismo. Las distribuyó en varios montoncitos y se dedicó a jugar al solitario. Era lo único que podía hacer.

Amelia

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