Eva

5×04. El dilema de la colada

El americano lo ha sabido mientras tomábamos el té especiado de media tarde. Ha estado esperando esa llamada más de siete días, al igual que nosotros. Ahora ya no hay dudas; él y los suyos serán los siguientes.

Los primeros fueron los alemanes. El resto vivimos en la incertidumbre. Puede tocarte en cualquier momento. ¿Serán horas? ¿Días? ¿Semanas? Nadie lo sabe.

Pero sí sabemos algo: cuando recibes la llamada, es inmediato. En cuestión de pocas horas, tiene que darte tiempo a hacer las maletas y acudir al punto de encuentro.

Esa incertidumbre nos hace estar de los nervios. Nos cuesta establecernos en nuestro hogar provisional. Ya llevamos más de una semana y ni siquiera hemos puesto la ropa en los armarios. Si nos llaman, tendremos que hacer la mochila a toda prisa.

Tampoco es que el lugar sea muy acogedor. Los colchones de la habitación compartida son durísimos. Hacemos nuestras necesidades en las letrinas. Por supuesto, no hay grandes comodidades del primer mundo, como lavadoras o lavavajillas. Los cortes de luz y agua son frecuentes.

En realidad, lo que llevo peor, además de la incertidumbre, es la falta de caprichos. No podemos elegir las comidas, que se repiten día tras día. Nos alimentamos a base de arroz, lentejas y patatas. Y picante. Mucho picante. ¡Cuánto echo de menos unas tostadas con tomate y un café!

La familia que nos acoge hace lo imposible para que nos sintamos como en casa. Y funciona. Gracias a ellos, Carlos y yo llevamos mejor el encierro. Hemos aprendido a cocinar sus platos típicos. Nos sacan cubiertos para comer. Tenemos interesantes conversaciones con ellos, aunque la brecha del idioma nos lo ponga difícil.

Pero con el americano no lo han conseguido. Solo se dedica a quejarse. También se ha escapado algún día para estirar las piernas, aunque sabe que está prohibido. Supongo que no es fácil estar solo. A mí también me carcomen la rabia y la impotencia por dentro. Pero al estar con mi pareja se lleva mejor.

He intentado ser más comprensiva con él. Establecer alguna conversación. No ha habido manera. Simplemente no le interesamos, solo piensa en salvarse él. Los pájaros que vuelan libres en el exterior son lo único que le hace levantar los ojos del móvil.

Nosotros tampoco nos separamos del teléfono, pues sabemos que esa llamada es la única posibilidad de salir de aquí. Y no queremos perder la oportunidad.

A él le ha funcionado. A los alemanes también. Solo hemos de tener paciencia. Aunque a veces sea desesperante. Nos asaltan las dudas. ¿Sabrán los nuestros organizar algo tan complejo? Ni siquiera nos dejan hacer nada para ayudar. ¡Es frustrante!

Se ha despedido sin desearnos buena suerte. Creo que no ha llegado a aprenderse nuestros nombres. Horas después veo pasar el avión de los americanos mientras tiendo la ropa en la terraza. Hoy me he atrevido al fin a hacer la colada. La decisión ha sido difícil, ¿qué pasará si recibimos la llamada justo en este momento? ¡Tendremos que marchar de inmediato con toda la ropa mojada! Y se calcula que el viaje de repatriación durará más de dos días. No hay muchas conexiones Nepal-Valencia.

Eva

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