Amelia

5×03. Los hombres lobo de Castronegro

Conecta el ordenador y la webcam. Bosteza mientras espera a que se cargue el programa de videollamada. Los chats con sus amigas y el gin-tonic cargado que ha depositado en la mesa son lo único que la animan en estos días de cuarentena forzosa.

—¡Hola, Carmen! —saludan sus amigas, meneando la mano y sonriendo.

—¡Hola! —contesta ella, sin muchas ganas.

—¿Hoy tampoco se conecta Edu? —pregunta Vero, en la penumbra de su sala de estar.

—No, tiene que arreglar unas cosas del trabajo y está encerrado en la habitación. No quiere que le molestemos.

—Vale. ¿A quién le toca ser la narradora? —pregunta Tamara, mientras se asoma su marido por la pantalla y saluda—. José juega hoy, que ya ha enviado los deberes por correo a sus alumnnos.

—Que sea Yolanda, ¿no? Ella lo hace muy bien y, además, no tiene niños que la molesten para enviar mensajes —dice Cristina, mientras sus dos hijos pequeños gritan y saltan en su regazo.

Carmen suspira y mira el móvil. Al rato, Yolanda le envía un wasap: «Te ha tocado ser uno de los Hombres Lobo». Da un salto en la silla. Cierra los ojos para seguir el juego mientras escucha la voz de Yolanda dando las instrucciones a través de la videollamada: «La aldea de Castronegro cierra los ojos». «La Vidente despierta y me indica qué identidad quiere descubrir».

Carmen está nerviosa. Piensa que podrá disimular, como otras veces en el juego. Ya ha mentido antes, diciendo que Edu estaba trabajando. Llevan siete días de encierro y la convivencia se ha hecho difícil. Esas pequeñas cosas de Edu que le molestaban un poco han pasado a convertirse en montañas.

Semanas atrás, encontrar pelos en la ducha o platos en el fregadero tenía su excusa: el pobre se levantaba muy pronto por la mañana y carecía de tiempo para recoger las cosas antes de marcharse al trabajo.

Cuando llegaba por la noche, cansado, era normal hacerle la cena y no pedirle ni siquiera que recogiera la mesa.

En estos días de encierro, su marido no había movido ni un dedo. Cambiaba un canal tras otro, se quejaba cuando salía el Presidente del Gobierno o el director del Centro de Coordinación de Emergencias y Alertas Sanitarias y echaba pestes contra todas las medidas que se estaban tomando. No paraba de enviar memes y vídeos a sus contactos y se enfadaba cuando ella le insistía en que necesitaba ancho de banda para teletrabajar.

«Los Hombres Lobo eligen a su presa». Carmen tiene que ponerse de acuerdo con José, el otro Hombre Lobo, para ver a quién matan en el juego.

«Si estuviera Edu, nos lo cargábamos», dice él en un mensaje. Carmen se siente intranquila. Cuando jugaban en verano, borrachos de gin-tonics, a José le divertía deshacerse de Edu el primero, si le tocaba ser Hombre Lobo. Se enfadaba muchísimo porque quería jugar y no quedarse inmóvil, sin poder participar en las discusiones sobre quiénes eran los Hombres Lobo.

A Carmen le hizo gracia un mensaje que recibió en el móvil, días atrás:

«Cuando acabe la cuarentena, esta será tu situación:

  1. Pesarás 10 kilos más.
  2. Te habrás divorciado.
  3. Estarás esperando un bebé».

Se lo dijo a Edu. Ella siempre había querido tener hijos y sentía que el tiempo pasaba deprisa. A él, la idea de ser padres no le fascinaba. Le parecía de locos preocuparse por esas cosas, viendo el panorama mundial. Además, justo ese día el Presidente había anunciado que las empresas podían acogerse a expedientes reguladores de empleo y su jefe le había mandado los papeles.

Esa misma tarde, intentó hacer el amor con él. Le dijo que estaba cansado. Carmen se enfadó. ¿Cansado tras cinco días de ver películas tirado en el sofá?

«Los Hombres Lobo han elegido a su presa y la despedazan, saboreando cada parte de su cuerpo». Yolanda hace ruiditos como de una fiera descuartizando a su víctima.

Carmen piensa en cómo va a deshacerse del cuerpo de Edu. Quizás descuartizarlo no sea una mala idea. Lo hará mañana, mientras el vecino del quinto los deleita con su heavy metal desde el balcón. La motosierra que Edu se empeñó en comprar por Wallapop la ayudará en su cometido.

Bajará un trozo de su marido cada día, con la basura correspondiente. Para cuando acabe la cuarentena, ya se habrá encargado de no dejar huellas. La alacena está llena de productos de limpieza. Lo único que hizo Edu antes de encerrarse en casa: ir a comprar al supermercado como si fueran ocho personas que se van un mes de cámping.

«Venga, chicos. Ahora toca votar, a ver quiénes creéis que son los Hombres Lobo», dice la voz de Yolanda, que la despierta de su ensoñación. Se toma un trago de ginebra y prepara su papel. Fingir siempre se le ha dado bien.

Amelia

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