Amelia

5×01. Sambori

Cuando el viernes bajamos al parque, Sofía descubrió dos samboris o rayuelas pintados con tiza al lado de los columpios. Yo nunca había jugado, así que miré en el móvil las reglas del juego. Al poco rato, apareció un niño de unos diez años, que se puso a jugar con nosotras.

A falta de piedra o teja, yo lanzaba las llaves de casa, a ver si caían en la casilla adecuada. Cuando le correspondía a Sofía, lanzaba las llaves y se dedicaba a trotar, independientemente de dónde cayeran. El otro niño, moreno, gordito, se reía cuando la veía saltar por encima de los dos samboris con ambas piernas. Fue él quien nos dijo que buscásemos una piedra en los árboles, ya que, cada vez que tirábamos nosotros, Sofía nos cogía las llaves y nos impedía saltar. Así lo hicimos, y la que encontramos nos sirvió para jugar un buen rato, mientras el niño me hablaba de su cole y los deberes, de lo que pensaba acerca de la cuarentena y de cómo su abuela, que padecía cáncer, no podía aceptar sus visitas.

El sábado fuimos otra vez al parque. Sofía montó en su bici roja sin pedales y llegó a la valla verde que lo rodea. Allí me miró y dijo: «¡Toogán!». Se apeó de la bici y subió los peldaños metálicos para tirarse por el tobogán. Vio los columpios y me pidió: «¡Suir, suir!». La ayudé a trepar al destinado a niños de su edad y me acomodé en el otro. Cuando yo era pequeña, los columpios eran iguales y debías apañártelas para encaramarte a ellos, tuvieras la edad adecuada o no.

Vimos al niño, que ignoró a otras dos de su edad que parecían divertirse, sin tocarse, escuchando canciones en el móvil y cantándolas a grito pelado. Siendo la única adulta a la vista, me sentí rara mientras ayudaba a Sofía a bajar del columpio y buscar la piedra del día anterior. Tras saltar un rato, la volvimos a dejar al pie de un árbol y nos fuimos, corriendo, con la bici.

El domingo, el parque seguía vacío. Un vecino del barrio me miraba desde el balcón y no sé si nos hizo un vídeo o una foto para enviarlo a la Policía. Nada más entrar, Sofía dejó la bicicleta y quiso subir al columpio. “¡Mpuja, mpuja!”, me decía, mientras una suave brisa mecía las hojas de los árboles.

La brisa también hacía ondear los banderines que decoran el barrio. Ayer era el día de la romería de la Magdalena, la fiesta grande de Castellón, y las calles estaban vacías por el estado de alarma. Apenas pasaba algún coche y me sentí una infractora por llevar a mi hija al parque. Pero una niña de dos años y medio se aburre en casa, más si ha de permanecer en ella aislada.

Sofía intentó encontrar la piedra del viernes. Fue en vano. Tuvo que conformarse con las llaves, así que volvimos a jugar al sambori las dos solas. Esa vez, en lugar de saltar con ambas piernas, tiraba las llaves y corría hasta el final de la valla, gritando: “¡Core, core!”.  Yo le hacía gestos de que se callara, pues su voz era lo único que se oía en los alrededores, aparte del silbo de las hojas y los banderines mecidos por el viento. Le dije que subiera por última vez al tobogán y, mientras lo hacía, oí al vecino asomado al balcón discutir con alguien, a quien contaba a voz en grito lo que hacíamos las infractoras.

La salida del domingo duró solo media hora. Tuve que coger a mi hija como si fuera un saco, me la cargué al hombro y cogí la bici y el casco con una mano. Recorrí el trecho que me faltaba para llegar a casa temiendo que apareciera la Policía en cualquier momento y me pusiera una multa por salir de casa con la niña.

Hoy llueve. La lluvia siempre me parece una bendición, pero dicen que es mejor el buen tiempo para acabar con el virus. Nos consolamos pensando que se hubiera suspendido el pregón infantil, ese en el que tenía que salir Sofía de la mano de su amiguito Xavi, los dos vestidos con el traje regional, lanzando caramelos.

Intento distraerla sacando la ropa vieja de los armarios, clasificándola en me la volveré a poner, no sé por qué la guardo, pero la sigo guardando y esto debe ir a la basura pero ya. Sofía dice, con voz alta y clara: «Quiero calle, quiero calle». La distraigo ofreciéndole un cuento, luego otro, y otro… Ya hemos visto los capítulos de su cerda rosa favorita, le he puesto Barrio Sésamo y no sé cuántos dibujos más. Cuando salgamos de esta, visitaremos al oculista. Ambas habremos perdido vista.

Cuando por fin se duerme, aprovecho para bajar a la calle y tirar la basura. Espero que no me pillen haciendo eso. Digo yo que no tendré que quedarme en casa con el pañal cagado de mi hija.

Llueve ligeramente y me pongo la capucha. Aprovecho mi calidad de furtiva para acercarme al parque y ver si lo han clausurado, como el de mi amiga Patricia. Por fortuna, no hay cintas de policía que cierren la entrada. Me acerco a los samboris y veo que la lluvia los ha borrado. Ignoro cuándo volveremos a saltar en el asfalto, pero sí sé que pasaremos esta cuarentena, aunque sea a la pata coja.

Amelia

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