Ana

Sensación de frío

―¿Nieve?

―Sí, por favor. Mucha nieve. Y abetos.

―Paquete de esquí, supongo.

―No, no. Mejor un trineo. Es que me da miedo caerme y hacerme daño. Casi mejor un plástico.

La empleada de Experiencias y más me mira como si yo estuviera loca. Todo el mundo sabe que con las vivencias de realidad virtual no puedes hacerte daño. Pero el subidón de adrenalina que me da cuando me compro un pase de alguna actividad peligrosa me genera taquicardias y una sensación de auténtico miedo. Así que prefiero algo más tranquilo. ¿Para qué pasarlo mal?

La dependienta teclea sin parar y roza pantallas holográficas que arrojan datos y más datos que no significan nada para mí. Finalmente, me muestra una en la que pone mi nombre y unos cientos de cláusulas legales que ni yo ni nadie vamos a leer. Asiento y pulso el dispositivo para que se cargue mi consentimiento.

Esta vez el viaje es un regalo de cumpleaños de mis amigas. Saben que soy una adicta a la sensación de frío. Me entusiasma ver como la piel se me llena de bultitos y el vello se me eriza. Me chiflan los pinchazos del hielo al golpearme en la cara. Me encanta el viento helado sacudiéndome el pelo. Y el temblequeo inesperado cuando la temperatura es tan baja que se me estremece el cuerpo. A veces hasta me castañetean los dientes.

¡Y qué decir de la ropa de abrigo! Enfundarme en un pesado y grueso anorak. Enrollarme una bufanda que me cubra la boca y hasta la nariz. Taparme la cabeza con un gorro de lana con una borla en la punta. Arrastrar los pies metidos en botas altas y escuchar el crujido de la nieve al pisarla.

Siento un placer inexplicable.

Quizá sea porque mi abuela me contaba que una vez pasó la Nochevieja en Islandia. Por aquella época, en invierno, el interior de la isla era casi impracticable, pues la mayor parte de los caminos permanecían helados. Junto al mar, donde la temperatura era un poco más alta, la nieve cubría la orilla de la playa. Dice que cuando volvían al hotel, después de celebrar el cambio de año junto a los islandeses, entre fuegos artificiales, cayó la nevada más grande que vio en su vida.

Cuando era niña y me acurrucaba a su lado, insistiéndole en que me lo volviera a contar, me gustaba ver cómo se le iluminaban los ojos. Por entonces, aún hacía un poco de frío en invierno y todavía se organizaban cumbres sobre el clima. Los políticos discutían sobre qué medidas tomar para evitar el cambio climático. Algunos decían que eso eran tonterías, otros que era cosa de los científicos y unos pocos más mencionaban que seguro que se trataba de intereses ocultos.

Menos mal que ahora podemos ver estas cosas gracias a la realidad virtual, mientras vivimos protegidos en nuestras inteligentes ciudades burbuja, al margen del clima, con temperaturas perfectas para nuestros cuerpos.

O eso dicen, que son perfectas.

Pero lo que yo daría por sentir los copos de nieve en la cara, una noche de fin de año, cogida de la mano de mi abuela.

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