Amelia

4×52. Fin

—¿Qué desean tomar los señores?

Se miraron y se encogieron de hombros. Sus citas siempre estaban llenas de indecisiones. El camarero, vestido de negro, con solo una corbata roja que le daba color, les explicó:

—Verán, tenemos distintos platos para escoger a la carta. Aunque, si tienen hambre, puedo recomendarles nuestro menú degustación.

—Déjenos echar un vistazo, por favor. Por ahora, sírvanos un par de cervezas bien frescas —dijo ella.

—De acuerdo. Vuelvo en un momento.

—Estoy cansada de ensaladas, huevos y raciones. Me apetece probar algo distinto.

—Yo también estoy harto de raciones y algo de pasta. Todos los días igual, necesito una dieta diferente.

—Mmm, la verdad es que no sé qué escoger. Necesito algo de inspiración.

El camarero pareció haberles oído, pues no se conformó con servirles las dos cervezas, sino que les indicó varios platos que pensó podrían ser del gusto de los comensales. Eran jóvenes y parecían no conocerse mucho, como si estuvieran en una cita a ciegas.

—¿Me permiten recomendarles el pez globo?

—¿No es tóxico? —se alarmó él.

—Sí, pero nuestro chef es japonés y es experto en prepararlo. Lo acompañamos con verduritas del huerto y nuestra salsa especial.

—Ya veo —dijo él—. ¿Te apetece probarlo?

—¿Por qué no? Al fin y al cabo, es el último día que vamos a pasar juntos.

Él asintió. Le daba pena separarse de Verónica. Se habían conocido en la cena de empresa, justo hacía seis meses. Él siempre había pensado que era cuestión de suerte conocer a la persona ideal y justo aquella vez la fortuna le había sonreído. O eso había creído.

Ella se levantó de la mesa para ir al baño. Con aquella ola de calor en el mes de junio se le estaba derritiendo el maquillaje. A pesar de ser un restaurante de postín, no tenían encendido el aire acondicionado. Mientras se contemplaba en el espejo, reflexionó sobre las tardes de miércoles que habían pasado Jordi y ella: en el museo de muñecas, en la fiesta after-work que preparaban sus jefes de la fábrica cada semana, en emergencias cuando sufrió un accidente al bajar del autobús, cuando la acompañaba a rehabilitación, en el escape room A la caza del asesino … En fin, no merecía la pena hacerse mala sangre. No se puede tener todo en esta vida y el trabajo que le habían ofrecido en Alemania era más importante que una relación incipiente con…

Con un chico adicto a las nuevas tecnologías, como comprobó al volver a la mesa. Apenas habían pasado unos minutos y él ya estaba pegado al móvil, tuiteando o Dios sabe qué.

Date la vuelta —susurró ella en su oído.

Él se estremeció y se encontró con sus labios a medio milímetro.

—Deja el móvil o no te beso —dijo ella, soplándole en la boca.

—Vale, mensaje recibido.—La besó largamente, saboreándola despacio.

Verónica se sentó frente a él y lo contempló. Era guapo, de esos chicos que no se fijan en una así como así. Sus relaciones hasta ese momento se basaban en vivir el presente y no hacer planes a largo plazo con nadie. Con Jordi le había pasado por la cabeza la idea de cambiar, de irse a vivir con él y ordenar la confusión que reinaba en su vida.

Pero el trabajo nuevo, el ascenso y sus ganas de aventura podían con ella. Esas eran sus prioridades.

Jordi comió despacio mientras charlaban de cosas intrascendentes. Quería decirle que se quedara, que era especial, que era la mujer con la que siempre había soñado, pero no se atrevía. Pensaba que la había pifiado el día que le dijo que vieran una peli porno juntos o cuando le había propuesto jugar con un consolador último modelo.

Degustaron una mousse de arroz con leche que les supo a gloria. Ella pidió cuentas separadas, pero él insistió en pagar. Afuera, donde los adoquines despedían un calor intenso, como si ardieran por el fuego, la invitó a tomar un mojito moreno, de esos que tanto les gustaban a ambos.

Sentados en una terraza, muertos de calor, disfrutaron de sus bebidas.

—¿Vienes a mi casa? —preguntó él, dudoso, tomándola de la mano.

Verónica tardó poco en contestar. Pagaron las bebidas y se marcharon al piso de Jordi, a pocas manzanas de allí.

Él dio unos pasos de baile mientras se despojaba de la ropa. Ella lo miró, divertida. Se le daban bien los preliminares. Una vez, incluso había bailado para ella You can leave your hat on, solo ataviado con un sombrero. El sexo con él era excelente y le encantaba la manera que tenía de moverse. Era un chico tranquilo, inteligente, interesante, todo lo que una mujer podría pedir, aunque a veces podía parecer posesivo. Sin embargo, a su lado se sentía incompleta. Le faltaba algo.

Jordi pensó que nunca querría a nadie como la quería a ella.

—¿Podré ir a visitarte? —le preguntó, antes de apagar la luz.

—Bueno, perdóname si te digo que no… Recuerda que no me gustan las ataduras —dijo ella, dándose la vuelta en la cama.

Él se quedó quieto. Cogió un ejemplar del libro de su vecina, la escritora, 52 relatos y medio, y se puso a leer, intentando tranquilizar sus pensamientos. No lo consiguió.

—Vero, te quiero —le susurró al oído, pensando que no lo oía y que llevaba un rato dormida.

Una lágrima se deslizó por la mejilla de la joven. «La decisión está tomada», pensó.

Mientras dormían, abrazados, eran ajenos a que estaban viviendo la última noche del mundo. Las señales en el cielo habían pasado desapercibidas, incluso para los mejores científicos, y un meteorito se acercaba poco a poco para poner fin a la vida en la Tierra.

Amelia

Un comentario sobre “4×52. Fin

  1. Un relato de altura a la idem de las circunstancias. Ese mousse de arroz con leche me ha emocionado. Enhorabuena a ambas. Todo camino tiene siempre un primer paso. Seguro que con este 52 relatos y medio vendrán cosas fantásticas. Bravo. Un saludo emotivo.

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