Ana

4×51. Nueva vida

Acepté sin pensarlo mucho. Era un piso pequeño, de esos de una estancia amplia en la que se amontonaban entrada, sofá, mesa y cocina. Al fondo, una habitación diminuta y dentro un cuarto de baño. Bueno, no esperaba tener muchas visitas. Lo mejor era el amplio y soleado balcón. Y me importó bien poco que las vistas fueran sobre el cementerio. Al menos no tendría vecinos cotillas. Lo que menos me apetecía era socializar con nadie.

Cambiar de vida es lo que tiene.

La ruptura con Miguel había dejado mi moral por los suelos. Y en el barrio teníamos demasiados amigos en común. Además, me horrorizaba la idea de encontrarnos. Para nada quería que siguiéramos siendo amigos, como él sugería. Así que salir de la ciudad y afincarme en la zona metropolitana, en un pueblo pequeño, tranquilo y aburrido, me parecía una idea fantástica. No quería ver a nadie y tenía mucho trabajo. Soy programadora y la mayor parte del tiempo trabajo en casa.

Aquel pisito se adaptaba a mis necesidades y a mi bolsillo. Todo perfecto. Además, no solo estaba amueblado, sino que tenía sabanas, toallas, menaje y casi cualquier cosa que pudiera necesitar.

Solo tuve que llenar un par de maletas grandes con mi ropa y unas cuantas cajas con libros, el portátil y algunos recuerdos. Marie Kondo estaría orgullosa de mí.

Sin embargo, cuando la empresa de transporte dejó las cosas en la entrada sentí vértigo. ¿Tan poco ocupaban quince años? Quince. Ni un día más ni un día menos. Miguel había tenido el detalle de presentarme los papeles del divorcio el mismo día que deberíamos de haber celebrado nuestro aniversario.

Bienvenida a tu nueva vida.

Aquel lema estaba garabateado en un post-it y pegado en la nevera. No recordaba haberlo visto el primer día, pero debía estar ahí porque habíamos firmado el contrato y el de la inmobiliaria me había dado las llaves en el mismo momento.

Trás de la puerta del frigorífico había un limón completamente reseco, una botella de vino blanco y una garrafa de agua que deseché porque no sabía cuánto tiempo llevaba abierta. Lo primero sería llenar la despensa. Demasiado perezosa incluso para salir a hacer la compra decidí usar la app de una cadena de supermercados y pagar el suplemento para que me trajeran el pedido aquella misma tarde.

Me repantigué en una hamaca que saqué al balcón y saboreé la primera de las muchas cervezas que degustaría cada anochecer, mientras el sol desaparecía entre los nichos.

Los siguientes días me dediqué a ordenar los armarios y las estanterías, a crear un hogar donde sentirme a gusto. Y a ver series en la enorme televisión. Mi cuenta de Netflix seguía siendo mía y devoré un capítulo tras otro de las últimas novedades.

Así pasé el resto de la semana. El lunes hice una nueva compra y abrí mi portátil. Ya tocaba ponerse a trabajar. Tenía varias tareas pendientes y un montón de correos y llamadas perdidas. Ponerme al día me costó varias jornadas interminables en las que solo me detenía para comer, estirarme un poco y relajarme a la puesta de sol. El cielo rojo presagiaba viento. El silencio del vecindario era total.

Reparé en que llevaba una semana completa sin salir de casa. Quizá un paseo o un poco de running me sentarían bien. Vi un sendero que rodeaba el cementerio y se dirigía a una arboleda próxima. Rebusqué entre mi ropa hasta dar con las zapatillas de deporte, las mallas y una camiseta vieja. Ajustaba los cordones cuando oí el primer trueno. Desde el balcón divisé los nubarrones. El deporte tendría que esperar.

Charlé por teléfono con una amiga. Le pedí que viniera a visitarme. Prometió intentarlo. Pedí una pizza a domicilio y me entretuve intercambiando trivialidades sobre el mal tiempo con el repartidor. Confusa, me di cuenta de que hacía días que no hablaba con nadie. Si no fuera porque me gusta canturrear y leer en voz alta habría dado un descanso inesperado a mis cuerdas vocales.

A la mañana siguiente me llegó un encargo gordo. Tenía que diseñar una página web para un cliente importante que iba a abrir una nueva línea de negocio. Eso me ató una semana más a mi mesa de trabajo. El único aire fresco que respiraba era el que entraba por el ventanal. Cada mañana hacía unos ejercicios de yoga para combatir mi dolor de espalda y cada atardecer asistía al espectáculo de la puesta de sol.

Cuando quise darme cuenta había pasado un mes en aquel mini piso y no había puesto un pie más allá del rellano. Tampoco nadie había venido a visitarme, solo los repartidores de comida a domicilio o los del súper. Decidida, abrí la puerta y me conminé a salir a la calle. Solo bajé un tramo de escalera. La presión en el pecho y el temblor de piernas me angustiaron hasta tal punto que subí corriendo y solo me sentí a salvo cuando cerré la puerta tras de mí.

Me dirigí a la nevera para beber algo fresco. Tenía la garganta reseca. Vi otra vez aquel post-it que me daba la bienvenida. Aún temblorosa lo arrugué y lo lancé a la basura. Esa basura que podía desechar directamente desde la cocina porque «este es un edificio muy moderno», según me había indicado el tipo que me lo alquiló.

Pasé otro mes así. Periódicamente intentaba salir de la casa, pero los temblores me lo impedían. Insté a mis hermanos y a algunas amigas a que vinieran a visitarme. Pero todos me dieron largas. Hasta apelé a la supuesta amistad que debía mantener con mi ex para pedirle que viniera a ayudarme a colgar unos cuadros. Se excusó con que estaba conociendo a alguien y claro, no lo iba a entender.

Buceé en páginas de psicología que hablaban de agorafobias y otros trastornos. Quizá debía pedir consulta en alguno de aquellos especialistas, pero no estaba segura de si existiría un sistema de tele-psicólogos y no me imaginaba saliendo de allí.

Llevaba casi tres meses así cuando un día llamaron a la puerta. Un tipo de unos cincuenta años me decía que había quedado con el casero para ver el piso. Le hice pasar y sin pensarlo me puse a explicarle las bondades de la casa: era muy tranquila, tenía mucha luz y el precio estaba genial. Cuando se dio cuenta de que se había equivocado de dirección y que en realidad quería ver una en el portal de al lado ya se había enamorado de la vivienda y yo ya estaba llamando a la inmobiliaria para decirles que me había surgido un imprevisto y tenía que mudarme, pero que había encontrado a un nuevo inquilino. Cerramos el trato aquella misma tarde. La empresa de mudanza se llevó mis cosas en un par de días. Cuando repasaba la cocina en busca de alguna cosa que se me hubiera podido olvidar cogí, casi sin darme cuenta, un post-it y escribí con letras bien claras: Bienvenido a tu nueva vida.

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