Amelia

4×50. Jordi

Se llamaba Jordi. Íbamos a la misma clase y nos gustaban las matemáticas. La profesora nos felicitaba por igual cuando realizábamos cálculos que a los demás les parecían muy difíciles. En el colegio era mejor o sobresalir o pasar completamente desapercibido. Yo sobresalía solo en matemáticas. Él, en casi todo. Solo se le daba mal la educación física, porque no le gustaba correr y le parecía estúpido esforzarse en ser el que más flexiones hacía en un minuto.

Era guapo. No de esos guapos que quitan el hipo, como decía mi abuela, sino de esos chicos atractivos que crees que nunca envejecerán. Guardé la foto de la orla, esa que nos hicieron a todos los alumnos de octavo en las escaleras del centro, posando ante un fotógrafo que, en aquella época, no sabía decirnos si saldríamos bien o mal. Mi cara salía algo desenfocada, pero Jordi estaba guapo igual.

Recuerdo con claridad aquel día que llovía a mares al salir de clase. Muchos padres se habían congregado a la puerta del colegio con sus coches. En mi casa trabajaban hasta tarde y nadie podía venir a buscarme para evitar que me mojara.

Pensé en quedarme un rato en el zaguán, esperando a que la lluvia cesase. Alguien pasó por mi lado y me dijo que me fuera a casa, aunque me mojase, porque aquello no tenía pinta de parar.

Jordi sí que paró. A mi lado. Llevaba un paraguas inmenso, con los colores del arcoíris. Me reí de él.

—Tú ríete, pero aquí debajo cabemos los dos. ¿Vives muy lejos?

Le dije que no, que en realidad vivía a dos manzanas de allí. Me dijo que me acompañaría y me cobijé bajo su paraguas.

Saltamos varios charcos como pudimos, pues cada vez llovía más y parecía que iba a producirse una riada de un momento a otro. Yo vivía en la parte menos glamurosa del barrio, en unos pisos de protección oficial donde se alojaban familias numerosas, gitanos y algún que otro vendedor de droga. Me pareció curioso que Jordi se atreviera a acercarse por allí, cuando su casa estaba más hacia el centro de la ciudad, en la zona que llamábamos “de los pijos”.

Una vez llegamos a mi edificio, le agradecí que me acompañara. Saqué las llaves y, no sé por qué, me acerqué a darle un beso en la mejilla. Él giró la cara y nos besamos largamente. Nuestras lenguas se unieron y nos abrazamos. El sonido de la lluvia fue la banda sonora de nuestro primer beso.

Nos despedimos algo ruborizados, sin decir nada.

Al día siguiente suspendieron las clases por las lluvias y pasó el fin de semana sin que supiera de Jordi. En tiempos de teléfono fijo, yo no tenía el suyo ni él el mío, así que había que esperar al lunes. Nunca tuve tantas ganas de que llegara el lunes como aquella vez.

En el colegio, la actitud de Jordi cambió. Pidió permiso a nuestra tutora para cambiarse de sitio y ya no formamos equipo en las clases de matemáticas. Parecía como si se hubiese enfadado conmigo y hasta algunos de nuestros compañeros nos preguntaron. Otros se conformaron con reírse de nosotros a nuestras espaldas.

Terminó el curso y supe por los demás que Jordi se iría a Cataluña. Su padre era ictiólogo en el CSIC y le habían dado plaza cerca de su lugar de origen, así que se mudaba de nuevo con toda la familia.

Nunca más tuve noticias de Jordi.

Hasta hace unos pocos meses. Unas compañeras se empeñaron en celebrar una comida por el veinticinco aniversario de haber terminado la EGB y se dedicaron a buscarnos a todos en redes sociales. Cuando vi su nombre en el grupo de wasap, algo saltó dentro de mí. Parco en palabras, solo contestó que sí que vendría.

Aún tengo el recuerdo de aquel primer y único beso guardado en lo más profundo de mi memoria.

Ayer fuimos a la comida, a un restaurante barato, pero donde cabíamos los casi ochenta alumnos de las dos clases. La comida y el vino no eran de mucha calidad, pero cualquier cosa valía para pasar una tarde recordando viejos tiempos.

Cuando vi a Jordi, comprobé que era tan guapo como antes, que los años no habían pasado por él, como creía que ocurriría.

Una de las organizadoras se jactó de haberlo encontrado gracias a que su mujer trabajaba con ella.

—Siempre pensé que seguías viviendo en Cataluña —le dije, durante los cafés.

—Estuve unos diez años en Barcelona, pero luego volví —dijo él—. Monté un negocio de exportación de frutas y verduras y no me va mal.

—Y te has casado… —dije yo, con pena.

—Sí. Y tengo dos hijos preciosos —me dijo. Sacó la cartera y me enseñó una foto de ambos—. Y tú… ¿te has casado?

—No —le contesté—. Yo sigo soltero.

Amelia

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