Ana

4×45. De simios y hombres

—De niño, mi madre me pedía que trajera un coco y no había más que salir ahí fuera —dice Tsío, nuestro guía, y señala el exterior donde se adivina una plantación de palmeras—. Sin embargo, ya no quedan apenas, ahora solo hay aceite de palma.

Sin cambiar el tono, acaricia a la gatita que maúlla a sus pies y nos pide que le pongamos un nombre. Nos estrujamos el cerebro en busca de algo que suene fácil y sea ingenioso al mismo tiempo. Eva parece dar con la clave: gata, en castellano, pero a Tsío no le convence eso de llamar a las cosas por su nombre, aunque se apresura a anotarlo en su lista de términos de nuestro idioma aprendidos estos días. Su padre, que no sabe una palabra de castellano ni de inglés, pero domina perfectamente el lenguaje de anfitrión, saca los cafés. Los sostenemos a duras penas en las manos porque arden. A pequeños sorbitos noto el sabor espeso del líquido. Estamos sentados en el suelo, sobre las alfombras. Observo el montoncito de ropa doblada en un rincón de la sala. Hay algunas estanterías e incluso una televisión, sin embargo, la ausencia de mesa y sillas le da a todo un aspecto provisional.

Nos hacemos unas fotos en las que suplimos con sonrisas la falta de un idioma común. Tsío nos agradece una vez más que hayamos ido a visitar su casa. Su padre nos despide con varias inclinaciones que mezcla con estrechamientos de manos. Nosotros agradecemos que nos hayan invitado.

Es el punto final de una ruta de tres días por el Parque Nacional de Tanjung Puting, en la parte indonesa de Borneo. Hemos recorrido en klotok —una pequeña embarcación tradicional— los ríos que atraviesan esta amplia zona natural y hemos hecho cortas caminatas por la jungla hasta llegar a las áreas donde dan de comer a los orangutanes. Los animales se mueven en libertad mientras los turistas los observamos ensimismados y disparamos cámaras y móviles para atrapar apenas un instante. Reímos cuando sus comportamientos se parecen a los nuestros. Nos enternecemos con esas crías creciditas que no separan la mano del cuerpo de sus madres. Nos desesperamos cuando los machos se mantienen de forma obstinada de espaldas a nosotros.

Tsío, un indonesio joven, menudo y siempre sonriente, nos ha guiado en cada momento, y nos confiesa que este trabajo, en el que solo lleva unos meses, es para él como si estuviera siempre de vacaciones. Los parques no se pueden visitar por libre y la labor de guía se convierte en un interesante yacimiento de empleo. Le fascinan los orangutanes y cuando le preguntamos por el aceite de palma cabecea, un poco confuso.

—Es bueno que cuidemos de los animales para evitar su extinción. La tarea del parque es muy importante y recuperar el terreno que les han arrebatado… estaría bien, pero… el aceite de palma da mucho trabajo, mi padre y muchos amigos tienen ingresos gracias a esas plantaciones. Tal vez si… se repartiera el espacio…

Duda. Dudamos. He salido del centro de interpretación pensando que nunca volveré a comer nada que lleve este aceite. La deforestación para su cultivo ha destruido el hábitat de los orangutanes, esos que se parecen tanto a nosotros. Pero ¿qué hay de las personas?

Tsío nos lleva a navegar entre otras palmeras, estas son de agua salada. Vamos en una embarcación diminuta, una canoa que nos permite arrimarnos a sus raíces, detenernos junto a las hojas que luego nos enseñan a trenzar, de la manera tradicional, tal como han hecho durante siglos para construir tejados. También cogen unas cuantas frutas que nos dan a probar entre risas. Una corteza basta protege el corazón pequeño y dulce, tiene aspecto de lichi pero su sabor recuerda al coco. Ríen y nos hacen fotos.

Más tarde vemos esas fotos en la página web de la agencia que organiza las rutas. Quieren presumir de europeos haciendo turismo en sus dominios. Buscan clientes entre los occidentales. Inversiones para proporcionar un medio de vida, para que todos, orangutanes y hombres, tengan un lugar en la isla.

Paso las horas de avión hojeando revistas. En una veo un anuncio de una compañía de Malasia, señalan la visita a sus tierras como una de las mejores experiencias del mundo. La mejor vida, dice el lema de sus campos de palmeras para el aceite de palma. En la otra, una campaña ecologista para eliminar este producto de los supermercados. En una más, una deliciosa crema de cacao me hace la boca a agua. En la siguiente, una cría de orangután se agarra fuerte a la rama de un árbol.

Ana

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s