Ana

4×41. Clave de baile (III)

—¡Hola! ¿Tan aburrido como yo?

Me dijo que no, que le encantaba ver bailar a los demás y durante un rato miré con él a una pareja de ancianos, ella vestida de rosa y él de negro y con pajarita.

—¡Qué cracks! —murmuré—. Yo debería estar haciendo lo mismo que ellos —dije con un poco de envidia—. Disfrutando con mi pareja, pero parece que, otra vez, me ha dejado plantada. Soy Olivia, Olivia White. —Le tendí la mano, pero él la ignoró, estaba mirando mi escote.

—Oscar. Oscar Walsh. Encantado.

—¡Ohhh! ¡Eres el de los cuchillos! ¡Ja! Tenemos las misma inciales: OW.

Me puse a contarle lo del error del botones y lo amable que había sido Harold. Hablé y hablé como hago siempre que bebo. De normal soy muy tímida, pero el alcohol me saca de mi ensimismamiento. El tal Oscar me miraba con desconfianza. Parecía a punto de salir corriendo. Pensé que era un tipo atractivo. Eché un vistazo a la sala. Alan se merecía llegar en ese momento y verme flirteando con otro.

—Perdona, creo que llevo ya demasiadas copas… —Con los dedos le indiqué que tres, aunque en realidad llevaba varias más—. Pero no voy a rechazarte otra —dije, y le guiñé un ojo—. Me he asustado mucho al ver lo que había en tu maleta…

—Lo siento mucho —dijo, pero me pareció que pensaba en otra cosa porque tenía los ojos fijos en algún punto a mi espalda. Me giré y vi a unas niñas de unos diez o doce años imitando los pasos de baile de los mayores.

—Harold me ha dicho que trabajas en una empresa de cuchillos.

—Sí, es un trabajo un poco aburrido, pero ya ve…

Me giré hacia el barman y le pedí otra copa. El tal Oscar parecía más interesado en los bailarines que en trabar conversación conmigo. Hacía mucho que nadie me hablaba poniendo tanta distancia. Estuve a punto de darme por vencida, pero decidí intentarlo una vez más.

—Mi novio siempre dice que soy una peliculera, pero cuando vi esa colección de cuchillos, y sobre todo esos pequeñitos manchados de sangre… Bueno, ya sé que no sería sangre, pero pensé que había usted matado a alguien.

Le hablé también de usted para que se sintiera más cómodo y pareció funcionar. Me miró serio y yo, en cambio, me reí.

—Una pena que no sea un asesino a sueldo… Yo le contrataría.

—¿Sí? ¿A quién querría que matara?

—A mi novio, por supuesto. Estoy cansada de que me engañe. «Pasaremos una noche inolvidable, Olivia». «Te quiero, Olivia». ¡Bah! —Moví la mano e hice un gesto de asco—. Estoy harta. Pero no consigo librarme de él. Lo he dejado al menos una docena de veces y viene con sus ojitos tiernos y sus palabras dulces y me embauca otra vez: «Todo va a cambiar, Olivia. Esta vez sí». Mira —dije, cogiendo el móvil—, voy a enseñarte una foto.

Estuve un buen rato contándole cosas de Alan. Dónde vivíamos, sus costumbres. El pobre tipo no sabía dónde meterse. Incluso intenté sacarle a bailar, pero me pagó una copa y se fue, alegando que tenía cosas que hacer.

Cuando llegaron las doce, los niños y la mayor parte de los mayores desparecieron, dejando la pista a los huéspedes más jóvenes que se lanzaron entonces a bailar, al ritmo de Beach Boys. Me dejé contagiar por ellos. No sé a qué hora volví a la habitación. Sé que en algún momento miraba fotos antiguas colgadas en las paredes del pasillo. Una chica que se identificó como Amelia me dijo que era periodista y me narró la espeluznante historia del hotel. Durante años había sido refugio de asesinos y otros malhechores. Según me contó, el recepcionista los escondía e incluso les proporcionaba coartadas falsas. Creo que le hablé de Oscar y sus cuchillos y ella se mostró tan interesada que fingí tener una llamada y desaparecí por los pasillos. En la puerta de la habitación, la pequeña de blanco acariciaba al gato negro de ojos amarillos. Los dos me miraron con expresión de pena y en aquel momento me sentí tan sola y tan desgraciada que pensé que incluso los fantasmas me tenían lástima.

El sol estaba muy alto cuando desperté con todos los horribles síntomas de una resaca: dolor de cabeza, estómago revuelto, boca pastosa y la habitación moviéndose a mi alrededor. Estuve cerca de diez minutos bajo el agua, tratando de despejarme. El vestido azul estaba en el suelo del cuarto de baño y no me molesté en recogerlo. Me puse una camiseta y unos vaqueros y me calcé unas zapatillas.

Horace, el barman, ya estaba en su puesto o seguía allí desde anoche. Le pedí un café y rechacé el sándwich de pastrami que me ofreció, no me sentía capaz de comer nada. Tragué dos paracetamoles y arrastré mi maleta hasta recepción para pedirle a Harold que me llamara un taxi.

—¿Algún recado de mi novio? ¿Alguna llamada?

—No, lo siento Miss Whi… Olivia. No tengo ningún mensaje. ¿Lo pasó bien anoche? ¿Ha podido descansar?

—Sí, muy bien. Conocí a Oscar. Un tipo estupendo.

Estuve tentada a contarle que le había pedido que matara a Alan, pero me pareció un humor demasiado negro, incluso para mí. Le di las gracias por todo y me despedí. En realidad, no lo había pasado tan mal. El Caronte tenía algo de acogedor.

Cuando el taxi me dejó en el portal de casa vi a dos policías saliendo de un coche aparcado, justo enfrente. Se aproximaron con decisión, interrumpiendo mi camino hacia la puerta.

—¿Es usted, Olivia White?

—Sí, soy yo. ¿Ha pasado algo?

—¿Conoce a Alan Lan?

—Claro. Es mi pareja.

Me pareció que sus gestos eran demasiado serios. ¿Qué habría hecho esta vez Alan? Seguro que se había metido en algún lío. Pues a mí que no me mezclara, no le iba a pasar ni una. Iba a ser el último mal rollo con él, había tomado una decisión.

—Lamento decirle que su novio fue encontrado muerto anoche. Todo apunta a un ajuste de cuentas. Tenía un cuchillo clavado en el costado y numerosos golpes. ¿Sabe usted si estaba metido en algo ilegal? ¿Se encuentra bien?

Las piernas dejaron de sostenerme. La maleta, el abrigo y las llaves cayeron de mis manos. El dolor de cabeza se hizo más agudo y la sonrisa de Oscar Walsh, cuando le propuse que asesinara a mi novio, se dibujó con claridad en mi recuerdo.

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