Ana

4×40. Clave de baile (II)

Al abrir la maleta, en lugar de con transparencias y rasos, me encontré con cuchillos de todos los tamaños, de afiladas y brillantes hojas y, lo peor de todo, algunas estaban manchadas de rojo, el rojo que impregnaba la lona pues, de alguna manera, había llegado al exterior. Tiré la maleta al suelo, antes de que ensuciara la colcha, y me lancé sobre el móvil. Proferí todas las maldiciones y exabruptos que conocía y algunos, incluso, que desconocía, al comprobar que la cobertura seguía brillando por su ausencia.

Recordé haber visto sobre la mesilla un teléfono fijo. Era, cómo no, un aparato viejo, digno de un museo. Descolgué y escuché unos gritos antes de poder decir nada. Parecía una pareja discutiendo. Se insultaban y se escuchaban golpes. Ignoraba si estaban tirando cosas al suelo o el uno al otro. Traté de hacerme oír en medio de la algarabía, pero nadie parecía dispuesto a contestar. Apreté varios botones antes de ver el cartel donde se indicaba que solo había que marcar el cero para comunicar con recepción. Harold debía haberse tomado su hora de descanso porque fue una voz femenina la que tartamudeó, cuando yo empecé a gritar que habían matado a alguien, que estaba todo lleno de sangre y que había gente peleándose en algún lugar del hotel. La mujer consiguió preguntarme el número de la habitación y me prometió que enseguida subía alguien.

Asustada y temblorosa, pulsé de nuevo para llamar a la policía. Cuando marqué el 112 me contestó un hombre quejándose de que el servicio de habitaciones estaba siendo muy lento. Estuve un buen rato pulsando botones y no hubo manera de conseguir línea al exterior. Entonces llamaron a la puerta.

Miss White, ¿está usted bien?

Reconocí la voz de Harold y me precipité a abrir. Con él había un chico muy joven, ataviado con un uniforme rojo y dorado. Cuando lo vi abrir mucho los ojos, fijos en mi escote, recordé que aún iba con el esponjoso albornoz en el que me había envuelto al salir del baño, y comprobé que, con el ajetreo, estaba mucho más abierto de lo prudente. Me arrebujé en él para cubrirme y me aparté de la puerta para dejarlos pasar, incapaz de que me saliera la voz.

—¿Qué ha ocurrido, Miss White? Hanna dice que ha llamado usted muy alterada. ¿Ha ocurrido algo? ¡Oh! ¡Dios mío! —exclamó al ver los cuchillos desparramados por el suelo, que yo le señalaba.

—Llame a la policía, rápido. Está todo lleno de sangre. ¡Oh!, pero no toque nada. Puede haber huellas.

Harold se había agachado para examinar la etiqueta, a la que prestó más atención que a los cuchillos. Mientras tanto, el botones observaba el vestido azul, extendido sobre la cama y luego me miraba a mí con una sonrisilla lasciva.

—Oh, lo siento muchísimo Miss White, creo que ha habido un terrible error. ¡Harry! —exclamó con voz severa dirigiéndose al muchacho—: Has traído la maleta de Oscar Walsh a la señorita. Recógela y llévatela a la habitación 78 ahora mismo.

—Pero, pero… un momento —dije, y me puse en medio para evitar que el chico se acercara. Este no protestó y de nuevo se fijó en mi escote—. Esa sangre… esos cuchillos. ¡Ese hombre es un asesino!

—¡Noooo! No, no es eso. —Emitió una débil carcajada—. Perdone. Entiendo su confusión. —Se agachó y metió él mismo los cuchillos en la maleta—. El señor Walsh es representante de una fábrica de cuchillos. Es un cliente habitual del Hotel Caronte. A menudo pasa aquí la noche, entre semana. Vende cuchillos de mesa, juegos de cocina, utensilios para carniceros. Puede parecer un poco impresionante, lo entiendo, pero es, sencillamente, un comercial. Un hombre educado, que no haría daño a una mosca.

Me agaché, mientras veía al recepcionista cerrar la cremallera. Le señalé la mancha, que ya se había secado.

—¡Eso es sangre!

—No, noo, ¿qué dice? No es más que un poco de barro.

Levantó la bolsa y se la entregó a Harry y lo empujó fuera de la habitación. Luego me miró y sonrió.

—¡Lo siento tanto! Voy a pedirle algo de beber, mientras espera su equipaje. No tardaremos en traérselo. El señor Walsh debe estar descansando, sino me habría avisado ya del error. Harry es un buen chico, pero a veces se despista por los pasillos. Es un poco lento, pobre muchacho, pero es el hijo de Hanna, mi empleada, y ambos necesitan el dinero. Han tenido una vida muy dura. Su marido la abandonó cuando el chico era apenas un crío… ¿Vino? ¿Champán? —me preguntó, mientras descolgaba el teléfono.

—Un Martini blanco —respondí, no muy convencida—. Con aceitunas, por favor.

Me parecía increíble, pero… ¿qué podía hacer? Estaba claro que no podía llamar a la policía y aunque consiguiera salir fuera ¿qué pruebas tenía? Ahora que los cuchillos y la maleta habían desaparecido la historia resultaba absurda.

—¿En algún lugar del hotel hay cobertura, Harold? Me gustaría llamar a mi novio y preguntarle a qué hora va a venir. —Eché un vistazo al reloj, eran casi las ocho y media.

—No hay demasiada… El hotel es muy viejo. Tal vez en la terraza. Si no, puede llamar en el teléfono de recepción, los de las habitaciones son solo para llamadas internas. La prioridad de los huéspedes siempre es la tranquilidad. A veces conviene desconectar del mundo exterior…

Harold se fue, no sin antes disculparse un par de veces más y hacerme prometer que me pondría en contacto con él si tenía ese o cualquier otro problema.

La bebida llegó al instante y ya me la había terminado cuando Harry golpeó la puerta para darme, al fin, mi maleta. Se quedó un momento mirándome, creo que valorando si pedirme propina. Pero mi cara de pocos amigos no le dio opción y desapareció pasillo abajo. Antes de cerrar la puerta volví a escuchar risitas. Me asomé y allí estaba otra vez la niña de blanco. Era rubita y llevaba el pelo mojado y pegado a la cara. Pensé que, como yo, acababa de darse un baño y se había escapado de la habitación de sus padres. Miré alrededor por si veía alguna puerta abierta.

—Vuelve a tu cuarto o te resfriarás —le aconsejé. Me miraba desde la esquina, estaba tan pálida que su sonrisa me sobrecogió.

En aquel momento, la puerta de enfrente se abrió y un tipo alto, vestido con una camiseta negra sin mangas, y un enorme tatuaje en el antebrazo me miró de arriba abajo con el ceño fruncido. El saludo se me atragantó y no abrí la boca. Lo vi pasar por al lado de la niña sin mirarla y a ella correr detrás.

Volví al interior, cerrando tras de mí, y maldiciendo, una vez más, a Alan por su maldita elección. ¿No podíamos estar en uno de esos hoteles-spa? O simplemente disfrutando de una cena, aunque fuera en el restaurante mexicano que tanto nos gustaba. Me relajé al comprobar que en el asa de mi maleta estaba anudada la cinta blanca, azul y roja. Aun así la abrí y la visión de la lencería de encaje y satén me hizo respirar tranquila. Confiaba en que ese tal Oscar no hubiera llegado a hurgar entre ella. Me dejé caer en el sillón mientras mordisqueaba una de las aceitunas con sabor a vermú.

Ya eran casi las diez cuando salí de la habitación. Mi idea era subir al bar de la terraza. Me encontré la puerta cerrada, aunque había luz y se veía gente. Atisbé por los cristales. Una docena de personas vestidas de riguroso negro charlaban entre ellas. Empujé y tiré de la puerta sin conseguir moverla. Me di la vuelta, un poco frustrada, para darme de bruces con una pareja muy joven con piercings e incontables tatuajes que pasaba por mi lado y franqueaba la entrada. Me quedé mirando con cara de boba cómo la puerta se cerraba delante de mí. Pensaba en golpearla para que alguien me abriera cuando me fijé en que todos los que veía dentro llevaban un tatuaje exactamente igual, una estrella de cinco puntas. Resoplé. Aquello tenía pinta de secta o algo así y me daba bastante mala espina.

En Recepción, dejé que Harold me adulara un rato. Es cierto que el vestido azul de fiesta me quedaba perfecto. Era ceñido allí donde debía serlo y suelto en el resto, de manera que me disimulaba con habilidad los michelines. Me había dejado el pelo suelto y me había maquillado lo imprescindible para realzar mis ojos, con diferencia lo mejor de mi cara. Desde allí el hall parecía muy animado. Sonaba Cheek to Cheek, que combinaba bastante más con el aspecto del hotel que con mi atuendo. Pero el recepcionista insistió en que estaba guapísima. Marcó el número de teléfono que le pedí y ambos escuchamos hasta seis tonos sin que hubiera respuesta. Alan había desconectado el buzón de voz meses atrás, así que ni siquiera pude dejarle grabados unos improperios.

—¿Puede volver a marcar, por favor? —Intenté ser amable.

—Vaya a la fiesta, Miss White. Le pediré a Hanna que siga llamando a su novio. Seguro que le ha pillado conduciendo y por eso no contesta.

—Seguro —murmuré, aún a sabiendas de que Alan llevaba muchos meses sin conducir porque le habían retirado el carnet.

—Cuando lo localice la avisaremos. Disfrute un poco, Miss White. Está preciosa. Y estoy seguro de que baila usted muy bien.

—Olivia, por favor, Harold. Llámame Olivia. Bailo fatal… pero me tomaré una copa…

Me dirigí hasta la zona del hall donde se celebraba la fiesta. Los músicos tocaban entonces las primeras notas de My baby just cares for me y me reí, porque casi parecía moderna.

Pedí un gin-tonic y picoteé unos canapés solitarios que había en una bandeja, sobre la barra, a disposición de casi un centenar de personas que bailaban o charlaban animadamente. Recorrí el salón, dudando entre sentarme en uno de los sillones o fingir que bailaba. Rechacé a un par de señores de unos doscientos años que me ofrecieron su brazo para dar pasos rápidos al ritmo de Nina Simone. Después sonó Chuck Berry y hui de la pista, horrorizada. Tenía la vaga esperanza de que Alan estuviera allí, esperándome, con un elegante frac oscuro. Se quitaría el sombrero de copa y me sacaría a bailar. Entonces sonaría un tango y dejaríamos a todo el público anonadado con nuestros pasos. ¡Qué tonta! Alan siempre me decía que las cosas iban a ir bien y siempre se estropeaban.

Nos habíamos conocido, casi cuatro años atrás, en un centro de deshabituación para alcohólicos. Nos emborrachamos el uno del otro y aguantamos sobrios durante meses. Creo que fui yo la primera que caí. Dije lo de «yo controlo» y quise creer que él también controlaba. Así que siempre le daba otra oportunidad porque me sentía culpable. «Ahora irán las cosas mejor que ya tengo trabajo», hasta que lo despedían porque acudía borracho. «Si vivo contigo no necesitaré beber», y nos pasábamos la noche sin dormir empalmando una bebida tras otra y mezclando, en alguna ocasión, unas rayas de coca. Los últimos meses habían sido buenos. Habíamos reducido el alcohol solo a los momentos de ocio de los fines de semana. La celebración era casi más por el tiempo sin discusiones ni malos rollos que por el año que llevaba acoplado en mi casa. Quería creerme que esta vez era la definitiva, que por fin íbamos a tener una relación de verdad, sana y cordial. Y ahí estaba yo. Sola. Y pidiéndome otra copa.

Me senté en un taburete en la barra. Tras ella, un tipo alto, vestido con un rancio traje gris, me sonrió y me preguntó qué me ponía. Pedí otro vermú, fingiendo creer que eso era más suave que la ginebra. Lo apuré casi de un trago y jugué con la aceituna, preguntándome si debía irme a dormir o debía tener un poco más de paciencia. «Eres una exagerada —me decía Alan cuando me enfadaba por sus plantones—solo me he retrasado un poco. ¿Tú nunca llegas tarde?».

Alguien se sentó a mi lado, distrayéndome de mis pensamientos. Era un hombre unos pocos años mayor que yo, apuesto a pesar de una cicatriz que le partía en dos la ceja derecha o, quizá, justo por eso. Llevaba unas ojeras muy marcadas y dudé entre preguntarle si estaba cansado por el trabajo o es que llevaba varias juergas de empalmada. Fui más comedida y solo le dije:

Continuara…

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