Ana

4×39. Clave de baile (I)

—Correcto —confirmó el recepcionista, sin apartar la mirada del enorme libro de registro, abierto sobre el mostrador—. Hay una habitación reservada a nombre de Olivia White.

Yo no podía apartar la mirada de los ojos del recepcionista. Uno de ellos era completamente blanco, y parecía tener vida propia, mientras el otro repasaba las anotaciones en la última página escrita.

—Estupendo —balbuceé cuando ambos, el blanco y el color avellana, se fijaron en mí.

—¡Y nada menos que una de las suites! —anunció.

—Vaa…yaaa…

Había llegado hasta allí siguiendo las pistas de la yincana que me había preparado Alan, mi novio, para celebrar nuestro primer año de convivencia. Él llevaba unos días de viaje, pero me había prometido que pasaríamos la noche de aniversario juntos y que sería inolvidable. Lo primero había sido un wasap de buenos días, en el que me decía que el juego comenzaba y que las instrucciones llegarían en un email. Tras recibirlo, me estrujé un buen rato las neuronas para desgranar una a una las claves que me fue dejando por la casa y no las tenía todas conmigo cuando llegué al Hotel Caronte, un alojamiento centenario que, sin duda, había conocido tiempos mejores. No parecía un sitio muy romántico, al contrario, resultaba más bien siniestro. Hasta que el recepcionista —Harold ponía en la tarjeta identificativa que lucía en la solapa— confirmó la reserva, estaba bastante segura de que había interpretado mal los mensajes.

Harold puso encima del mostrador la hoja de registro, con mis datos, indicándome que firmara. Al mismo tiempo me explicaba dónde se servía el desayuno, o cómo llegar al bar de la terraza.

—Perfecto, Miss Olivia. Su habitación es la 182. El ascensor está justo allí enfrente. Puede subir y ponerse cómoda. En unos minutos le llevarán su equipaje… si es que… ha traído —dijo mientras en su frente se dibujaba una arruga más, si eso era posible, pues aquel hombre parecía llevar en el hotel desde el día de la inauguración.

—¡Oh! Mi maleta está en el taxi —recordé—. ¡El taxi! No estaba segura de que este fuera el hotel —expliqué—. Voy a pagarlo y yo la traeré, no se preocupe.

—¡No, no, no! De ninguna manera. Suba, suba a la habitación, nosotros nos encargaremos —insistió Harold, mientras salía desde detrás del mostrador y me empujaba con amabilidad, y quizá demasiada firmeza, hacia el ascensor.

Lo cierto es que empezaba a estar un poco harta. Odio los trámites en general y en particular los de los hoteles. Benditos móviles que ahora te dejan hacer casi todo a través de una aplicación, sin necesidad de contacto humano. Así que recogí la llave, tan pesada y suntuosa como cabía esperar, y me encaminé al ascensor.

Miss Olivia. —Me detuvo justo cuando entraba en el habitáculo, en el que eché de menos que no hubiera un rancio ascensorista para pulsar los botones—. Hoy es jueves y, como todos los jueves, a las nueve habrá baile en el hall. Espero que haya traído ropa elegante y zapatos de tacón para el evento.

Cerré la herrumbrosa verja y el ascensor se puso en marcha con una sacudida. Pude resoplar sin disimulo. ¿Zapatos de tacón? Había pensado mucho en qué ponerme para la noche inolvidable prometida por Alan, pero no era precisamente en el calzado en lo que más me había esmerado. De hecho, no tenía ninguna intención de poner un pie fuera del dormitorio.

La habitación 182 estaba casi al final de un largo y oscuro pasillo por el que había que torcer varias veces. El suelo enmoquetado, las paredes con tapices polvorientos y cuadros de marcos recargados me trajeron el picor a nariz y garganta. Confié en que en mi neceser quedara algún antihistamínico pues, mucho me temía, me iba a hacer falta. Metí la llave en la cerradura y estuve un buen rato decidiendo cuál de los lados sería el correcto, pues no parecía fácil hacerla girar hacia ninguno de los dos. Agobiada, me quité el abrigo y me aparté el pelo de la cara. Miré hacia atrás al escuchar una risita a mi espalda. Una niña vestida de blanco corría pasillo abajo y desaparecía tras la esquina más próxima. ¿Por qué Alan no habría elegido uno de esos hoteles donde los críos están prohibidos?

Con un último forcejeo, la llave al fin giró en la cerradura y la puerta se abrió. La habitación era muy espaciosa. La cama debía tener como dos metros o más de ancha. Estaba llena de almohadones de color rojo y en el centro descansaban una rosa y unos bombones. Las cortinas oscuras y pesadas estaban recogidas a los lados, dejando libres los enormes ventanales que daban a una pequeña terraza. Todavía entraba mucha luz y eso le daba un aire mucho más agradable de lo que había temido. Quizá, después de todo, Alan no tenía tan mal gusto. Eché un vistazo al cuarto de baño. El tamaño de la bañera, sostenida por cuatro patitas doradas, me hizo sonreír. Al lado de los grifos había una amplia repisa en la que una botella de champán se enfriaba en una cubitera. O se debería haber enfriado porque no había ni rastro de hielo y el agua donde se balanceaba la botella estaba a temperatura ambiente. Aun así, me pareció un detalle. Había un albornoz rosa y otro azul colgados en el perchero de detrás de la puerta. Y unas zapatillas a juego colocadas cuidadosamente en los bolsillos.

Regresé al dormitorio y lo repasé en busca de más mensajes. No me cupo duda de que Alan habría dejado alguno allí para mí. Sobre el escritorio había unos folios desordenados y una pluma colorida y hortera de pavo real. La punta, como supuse, era una plumilla antigua, el tintero, sin embargo, estaba vacío. Puro atrezzo. Revisé las hojas y la de abajo del todo estaba escrita con la inconfundible y casi indescifrable letra de Alan. Me invitaba a ponerme cómoda, a darme un baño de burbujas en el jacuzzi —¿esa antigualla de bañera tenía jacuzzi?— y a disfrutar de los lujos del hotel: «Está todo pagado. No te preocupes por nada. Nos vemos esta noche en el baile. No olvides mirar en el armario. Te sorprenderé. Mi amor…». Me reí. Así que después de todo Harold tenía razón e iba a necesitar unos zapatos de baile.

Tenía sed. Abrí el minibar y, aliviada, encontré un par de cervezas. El champán era demasiado sofisticado para media tarde. Me hice también con unas galletitas saladas y eché un vistazo a la pantalla de mi móvil. Como era de esperar, no había ninguna señal de wifi y la cobertura era de una o ninguna rayita. Abrí los ventanales para salir, pero fuera la cosa no mejoraba. Al menos, las vistas al bosque eran espectaculares. Había dos sillas de mimbre, que parecían en buenas condiciones, y una mesa con un mantelito de ganchillo de un tono amarillento. Me acomodé en uno de los asientos y estiré los pies sobre el otro, mientras destapaba la botella. Era una de esas cervezas artesanales, de sabor intenso y alta graduación, para disfrutar sin prisa.

Antes de terminar la segunda, me adormilé. Cuando abrí los ojos el sol ya estaba muy bajo y yo me había quedado helada. Corrí dentro de la habitación. Junto a la puerta estaba mi maleta. Ni siquiera había oído cómo entraban a dejarla. Me metí en la boca uno de los bombones y empecé a descorrer la cremallera. Me detuve al ver que la tela tenía un rodal oscuro y un desgarrón en el costado. Al tocarla, los dedos se me mancharon. Parecía que alguien había derramado vino o algo similar por encima. Era una maleta vieja, pero me había acompañado por medio mundo. Su estructura apenas pesaba y eso me había ayudado a llenarla con todas mis cosas sin temor a los controles de peso de los aeropuertos. Además, contaba con un montón de bolsillos en la parte delantera, a los lados e incluso uno, bien disimulado, detrás. Se había puesto muy de moda unos años antes, pues la vendía una conocida tienda de deportes, y yo solía ponerle una etiqueta con mis iniciales, así como un lazo en el asa para distinguirla. La etiqueta estaba allí, con su OW en negro, pero la cinta había desaparecido. Suspiré, molesta. Seguro que se había quedado en el maletero del taxi.

El sonido de un lamento me hizo saltar. Parecía un niño llorando en algún rincón de la habitación. Miré a uno y otro lado, tratando de dar con el origen del sonido, pero ya no se oía y no estaba segura de dónde había venido. Me pareció que las cortinas se movían. Me acerqué y cuando estaba a punto de apartarlas algo pequeño, negro y peludo salió corriendo, se me coló entre los pies y se metió debajo de la cama. Con el corazón desbocado, me agaché para ver qué era. Aliviada descubrí un gato que volvía a maullar de forma lastimera. Supuse que se había colado por la terraza. Bisbiseé para atraerlo. Poco a poco fue acercándose mientras me miraba con sus ojos amarillos. No dejó que lo tocara. Se colocó junto a la puerta y empezó a arañarla. Le abrí y lo vi desaparecer pasillo arriba. Me encogí de hombros. No era mi problema.

Todavía sobresaltada, rebusqué infructuosamente en el minibar en busca de otra cerveza. Pensé que lo mejor era darme una ducha rápida y subir al bar de la terraza. Quizá allí habría algo de cobertura con la que entretenerme mientras Alan llegaba. Me serví un chupito de crema de orujo que saboreé mientras me quitaba la ropa. Recordé que en la nota mi novio me pedía que mirara en el armario. Lo abrí y encontré un vestido azul de fiesta. Asombrada, lo descolgué y me lo puse por encima. Era de un color intenso y lo pegué a mi piel tratando de adivinar si iba a venirme pues parecía tremendamente ajustado. Aunque Alan tenía muy buen ojo para las tallas. Como él decía, tenía mi cuerpo muy medido.

Dejé la prenda sobre la cama. En uno de los cajones encontré también un chal y, ¡oh, sorpresa!, en la parte baja había unas maravillosas sandalias. Afortunadamente el tacón no era muy alto. Alan sabía de sobra que soy un poco patosa.

Mientras abría el grifo de la bañera, eché de menos un poco de música. A falta de Internet y sin televisión, tuve que conformarme con una vieja radio que parecía más parte de la decoración que otra cosa. «Bingo», exclamé mientras pulsaba los botones y conseguía hacerla funcionar. No es que fuera el último éxito de reguetón, pero conseguí dar con una emisora que daba viejos éxitos de rock de los años cincuenta. Al son de Great balls of fire dejé que el agua caliente corriera por mi espalda.

Regresé a la habitación pensando en el sujetador que me iba a poner. Me preocupaba que el vestido que Alan me había regalado fuera tan ajustado que se me notara el encaje o asomaran las puntillas. Quizá sería mejor escoger uno más sencillo. Puse la maleta encima de la cama y descorrí la cremallera, dispuesta a sacar los diferentes conjuntos de ropa interior y probármelos todos. En lugar de eso grité, con todas mis fuerzas, tantas que me sorprendió que alguien no echara abajo la puerta de mi habitación, convencido de que me estaban descuartizando.

Continuará…

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