Ana

4×35. Cambio de imagen

Cuando Néstor abre los ojos, deslumbrado por la luz que entra a raudales por la ventana, lo primero que siente es un intenso dolor de cabeza. Punzadas en las sienes que le recuerdan que la noche anterior no fue de una copa y nos vamos como había planeado. Al incorporarse, su estómago se une a la lista de malestares, junto a la boca pastosa y la desorientación.

—Venga, dormilón, vas a llegar tarde —dice una voz que no reconoce.

Ve una figura femenina que se mueve con agilidad por la habitación. Clara está de viaje. Asiste a un congreso y estará fuera toda la semana. Así que la persona que abre la ventana y se sienta en el borde de la cama para calzarse no es, evidentemente, su esposa.

Con el corazón desbocado rebusca en la mesilla sus gafas, para tratar de definir a la mujer que canturrea desafinada pero de indudable buen humor. Vale que decidió aprovechar sus días de rodríguez para salir con los colegas a tomar una cerveza entre semana, pero de ahí a llevarse un ligue a casa…

La mujer, todavía difusa, le tiende las lentes mientras suelta una pequeña carcajada.

—Eres un despiste. Un día de estos perderás la cabeza. Acuérdate de que esta noche llegaré tarde. Tengo cena.

Se inclina hacia él, le da un beso ligero en los labios y le acaricia con descuido la mejilla. Néstor se apresura a ponerse las gafas. Justo a tiempo de ver a la mujer atravesar el umbral de la habitación. Salta de la cama y corre tras ella.

—Espera, espera.

Cuando se da la vuelta la ve con nitidez y confirma sus sospechas: ese rostro es el de la vecina del tercero. Una pelirroja espectacular que siempre tontea con él cuando coinciden en el ascensor, porque sabe que se pone nervioso y tartamudea. Vale, le pone muchísimo. Pero fuera de su imaginación jamás se le ocurriría tener nada con ella. Está loco por su mujer y nunca la engañaría. Ni borracho. O eso pensaba.

—¿Qué pasa, Néstor? Madre mía, no te voy a dejar salir más entre semana. Te sienta fatal. Date una ducha y lárgate que ya son más de las ocho. Llegarás tardísimo.

Otro beso y se va.

Néstor, desconcertado, deja caer el agua sobre su cabeza. Se viste a toda prisa y traga un par de paracetamoles. No se afeita. Ni siquiera se mira al espejo. Lleva el pelo tan corto que no necesita peinarse.

La suerte le sonríe y llega al autobús un segundo antes de que cierre las puertas. El conductor le abre aunque le mira con cara de pocos amigos. A Néstor se le congelan las gracias en la boca. El chófer es clavadito a su jefe de servicio. Y tiene la misma mala leche.

—Pase hacia dentro, no bloquee la entrada —le ordena sin amabilidad—. ¿Pasa algo? —pregunta cuando ve que Néstor no se mueve.

—No, no —balbucea—. Es solo que… me recuerda usted a alguien. Perdone.

Oye protestar al conductor mientras él se dirige a los asientos del fondo. Cuando llega al trabajo ya son casi las nueve. Ficha la entrada, pero va directamente a la cafetería. O se chuta un poco de cafeína o se dormirá sobre su mesa y hoy va a ser un día intenso. Acaban de salir publicadas las listas de admitidos a la universidad y las quejas, las reclamaciones y las consultas se van a multiplicar.

—¿Y tú qué haces aquí? —pregunta a la camarera que pone sobre la barra un café con hielo antes de que Néstor se lo pida.

—Mira, no sabía qué hacer esta mañana —responde ella con sorna.

—No sabía que trabajabas aquí —le dice mientras rasga el sobre de azúcar, lo vierte en el café y lo remueve.

—Estás graciosillo hoy, ¿eh? —dice de no muy buen humor. Pero no se espera a que Néstor le conteste y se va a atender a otros clientes.

La camarera es Marta, una amiga de la infancia. Se ven a menudo porque forma parte del grupo de exalumnos del cole que se reencontraron por Facebook y quedan, como mínimo, una vez al mes. Recuerda que está en paro, la habían despedido hace tiempo de su empresa por culpa de un ERE y le está costando mucho conseguir algo. Pero le parece asombroso que esté en la cafetería del campus. ¿Se lo habrá contado y él lo ha olvidado? Realmente es muy despistado, pero ¿tanto?

Ve que son cerca de las nueve y cuarto. Bebe el café de un trago y se apresura a llegar a su oficina. Ya hay cola de futuros alumnos esperando a que sea la media y abran la atención al público.

Joer, tío, mira que te dijimos ayer que fueras puntual.

Mira a la persona que le echa la bronca sin reconocerla. De hecho, mira a los compañeros que, absortos en las pantallas de sus ordenadores no le prestan atención, y no reconoce a ninguno. Bueno, solo al del fondo, que se parece muchísimo a su fisioterapeuta. Es pensar en él y sentir una punzada en la lumbar que le hace emitir un profundo quejido.

—¿Qué pasa Néstor? —dice alguien que sale del despacho del director, pero que tampoco le suena de nada—. Vaya cara traes.

—Sí, perdona pero… no, no me encuentro muy bien.

La mañana es una sucesión de consultas telefónicas y presenciales, con rostros difusos que a veces lo tratan como si se conocieran de siempre y otros familiares que actúan como si fuera la primera vez que se ven. Néstor está confuso. Siempre ha presumido de ser un gran fisonomista y nunca olvidar una cara.

Sobre las doce no puede más y comenta al desconocido que se sienta en la mesa de al lado que lo excuse ante el jefe, porque va al servicio médico a que lo examinen. El dolor de cabeza no ha remitido y la lumbar sigue dándole pinchazos.

Camina sin mirar a nadie para evitar nuevos malentendidos. Cuando la doctora lo hace pasar ya no le sorprende demasiado contemplar el rostro que él recuerda como el de su madre.

Casi es una suerte, él nunca tuvo secretos con su progenitora. Así que cuando le pregunta qué le pasa, sin pensarlo le suelta eso:

—Que la miro y a quien veo es a mi madre y no entiendo nada.

La doctora sonríe y Néstor derrama sobre ella todas sus inquietudes que, verbalizadas, suenan extremadamente ridículas. Piensa que ella le dirá que no le tome el pelo. Se enfadará. O amenazará con darle con la zapatilla, cualquiera sabe.

Sin embargo ella lo escucha sin interrumpirlo y cuando termina asiente.

—¿Has tenido mucho estrés últimamente?

—Un poco —admite—. Fin de curso, mucho trabajo. Algunos problemas con los padres de mi mujer, que están muy mayores. Discusiones por las vacaciones. Pero vamos, nada grave… ¿Qué me pasa?

—Yo no soy psiquiatra ni psicóloga, pero parece un caso agudo de prosopagnosia, quizá por ese estrés, quizá por un golpe. ¿Has tenido algún accidente? —Néstor niega con la cabeza—. Lo normal es que desaparezca de manera espontánea. Pero creo que deberías ir a que te visite un especialista. Coge hora con tu médico de cabecera o, mejor aún, ve directamente a urgencias.

—Proso… ¿qué?

—Prosopagnosia. Es un trastorno por el que no se pueden reconocer los rostros de las personas. Aunque nunca había oído que se identificaran unas personas con otras. Quizá sea alguna variedad de la enfermedad. Ya te digo que no sé demasiado de esto, solo recuerdo que nos lo enseñaron en la Facultad.

Néstor sale de la consulta con un justificante de la médica para su jefe. Dice que se tome un par de días de descanso. Que vaya al especialista si no desaparece. Antes de entrar en su oficina pasa por el servicio. Se lava las manos en el lavabo y solo entonces mira al espejo para contemplar su rostro. El tipo que lo observa desde allí es atractivo, mucho más que el Néstor que él conoce. Tiene los rasgos simétricos, los ojos grandes y una mandíbula pronunciada. Los labios son carnosos, nada que ver con los labios finos y ridículos que él tiene. Y está muy moreno. Además luce una asombrosa pelambrera en lugar de las pronunciadas entradas que, de normal, le acomplejan un poco.

Se encoge de hombros. ¿Cómo lo verán los demás? Arruga el parte que le ha entregado la doctora. Al fin y al cabo no está tan mal tener ese aspecto, ni pasar la noche con su vecina pelirroja. A los demás… ya los irá conociendo poco a poco.

Ana

 

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