Amelia

4×34. El lugar en el que vivimos

—Oliver está en casa. Le acompañan dos agentes de la Sociedad de la Tierra Plana —dijo la voz de Alexa.

Ada escondió el libro que leía debajo de los cojines y se acercó a la puerta. No esperó a que llamaran, abrió en seguida.

—Buenas tardes. ¿Qué ha pasado? —preguntó a los dos hombres que escoltaban a su hijo. Ambos vestían el uniforme azul oscuro de la Sociedad. En una de las solapas se veía el logo bordado en blanco: un mapamundi estirado en horizontal, iluminado por un sol y dos estrellas.

—Venimos por un incidente que se ha producido en el instituto, señora Love —explicó el mayor, con voz grave—. Su hijo ha atentado contra los principios del terraplanismo.

—Pasen, por favor. No sé qué habrá podido suceder esta vez —dijo ella, mirando a su hijo de manera desaprobadora.

Oliver dejó la mochila en un rincón. Cuando su madre le echaba la bronca, lo mejor era callar y esperar.

—Verá —continuó—, su hijo ha explicado en clase que la Tierra no es plana, sino redonda  y achatada por los polos. ¡Incluso ha hecho un vídeo y pretendía difundirlo por las redes!

Oliver miró a las paredes, a las estanterías repletas de libros, mientras su madre lo excusaba ante los agentes, argumentaba con ellos y prometía castigarlo hasta que fuera mayor de edad.

Ada prometió, juró y volvió a jurar que su hijo se comportaría como un adolescente normal, jugaría con sus consolas de videojuegos y se dejaría de teorías falsas sobre la Tierra. Los dos agentes parecieron estar conformes y se marcharon. Antes de salir, uno de ellos le dijo:

—Oliver, no olvides que, con esta, ya son dos las amonestaciones en tu expediente.

El adolescente asintió, apesadumbrado. Su madre cerró la puerta y lo miró de arriba abajo.

—¿Qué te has creído, Oliver? ¿Que puedes andar por ahí diciendo tonterías sin sentido?

—Pero, mamá… —empezó a explicar el niño—. Tú siempre quieres que se sepa la verdad. Estoy harto de estudiar a falsos científicos.

Los ojos de Ada desprendían furia. Meneó la cabeza varias veces, negando lo que oía.

—Oliver, cariño, sé que eres listo, que eres inteligente, pero te estás metiendo en problemas que van más allá de tu comprensión. Tienes dos amonestaciones. Si vuelves a desafiar a la Sociedad de la Tierra Plana, te expulsarán del instituto.

–¿Y qué más da? ¡Solo estudiamos mentiras! ¿Y las leyes de la Física? —protestó, alterado. Le dio un golpe a la mesa y tiró uno de los jarrones, que se hizo añicos contra el suelo.

Su madre se quedó parada en medio del comedor, sin saber qué decirle.

Él se marchó corriendo a su habitación y cerró de un portazo.

Ada suspiró, resignada. No quería discutir con su hijo y menos cuando él tenía razón. Le pidió a Alexa que preparara la cena.

Mientras el robot de cocina ejecutaba las instrucciones de Alexa, Ada recuperó el libro de debajo de los cojines, de Carl Sagan, y lo ocultó en la estantería, detrás de otros libros con el sello de la Sociedad de la Tierra Plana.

Recordó sus años de estudio en el instituto. Al principio no eran tan estrictos y algunos alumnos se mostraban rebeldes, justo como su hijo. Pero, poco a poco, los terraplanistas fueron tomando las aulas, los gobiernos… y la gente acabó convencida de que la Tierra era plana.

Con una sencillez apabullante, miles de vídeos en YouTube comenzaron a tener éxito entre la población: la Tierra no era más que un esferoide oblato, como una lenteja, rodeado por un muro de hielo impenetrable, conocido como la Antártida; lo probaban distintos experimentos, como los que pretendían explicar por qué la Tierra no era redonda. Por ejemplo, rebatieron la existencia de la gravedad y concluyeron que, si el mar estaba nivelado y no lo veíamos curvo, nuestro planeta no podía ser redondo.

Ada era adolescente cuando fletaron el crucero Flat Earth, con la misión de viajar al borde de la Tierra. Sus padres se habían reído durante varios meses de la ocurrencia de los terraplanistas, de los folletos recibidos en casa y de la publicidad de distintas cadenas de televisión, que los habían bombardeado sin piedad. Una tarde de verano de 2020, esas cadenas, YouTube y otras plataformas habían conectado en directo con la nave. Sentados en el sofá de su casa, presenciaron la llegada del barco al muro de hielo que indicaba el fin del planeta.

A pesar de las protestas de científicos de renombre, de astronautas que habían viajado al espacio, de dirigentes que se negaban a aceptar lo visto en las imágenes, la población mundial se sentía estafada, engañada por lo que llamaron la Gran Conspiración. Los medios de comunicación dieron pábulo a las voces que se elevaron en contra de los científicos «que nos habían engañado durante tanto tiempo sobre el lugar en el que vivimos».

El pitido del robot de cocina y la voz de Alexa la avisaron de que la cena estaba lista. Fue a llamar a Oliver a la habitación. No respondió.

Entró. Su hijo había desaparecido. Sus cosas seguían allí: los peluches Eratos y Tenes, un tigre y un león que lo habían acompañado desde su infancia; las regletas cuisenaire, con las que aprendió matemáticas; la lámpara esférica y azul sin la que no podía conciliar el sueño…

Un ruido la hizo mirar por la ventana. Oliver estaba en el jardín, sentado sobre una manta, mirando las estrellas.

Salió y fue a su encuentro. Se sentó a su lado y le acarició el pelo.

—Oliver, cariño… —comenzó a decir.

—Mamá, ¿tú no crees que la Tierra es redonda? —le preguntó, sin dejar de mirar al cielo.

—Hijo, hay que hacer caso de lo que dicen las autoridades —suspiró, resignada.

—Pues yo creo que se equivocan… He leído tus libros —confesó.

—¿Qué libros?

—Los que tienes escondidos detrás de los de la Sociedad de la Tierra Plana. Yo sé que tú no crees esa sarta de mentiras que nos cuentan. ¿Por qué no haces nada?

—Oliver, es difícil. ¿Recuerdas que te dije que papá estaba de viaje de negocios? —comenzó a explicar.

—Sí. Y ya lleva bastante tiempo.

—Confía en mí. No puedo decirte más, pero papá volverá pronto. Y todo volverá a ser como antes.

—Así que… ¿es cierto que hay una Resistencia al Terraplanismo? Lo había oído en las redes. ¿Papá forma parte de ellos? —preguntó, esperanzado.

Ada asintió.

—Pero debes ser prudente. Si no, tendremos problemas. Ni una palabra dentro de casa. Nos pueden oír.

Oliver se levantó, visiblemente más contento.

—Vamos adentro. Está refrescando y la cena está lista —dijo su madre.

Cenaron en la cocina, sin hacer referencia a lo que había pasado.

Cuando lo acostó, Ada le contó el mismo cuento de todas las noches: el del crucero que llegó al fin de la Tierra y probó que era plana. Pero le susurró al oído: Eppur si muove. Oliver sonrió.

Amelia.

 

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