Ana

4×33. Paciente cero

Soy el paciente cero. Al menos uno de ellos. Estaba en el grupo donde se originó la epidemia. Un conjunto patético de tipos con fobias sociales, para probar un medicamento experimental que nos sacara del aislamiento. Ninguno contesta a mis mensajes. Algo salió mal.

Veo los recortes de prensa. He dejado un reguero de contagiados en mis rutas habituales de metro, en mi empresa, entre los vecinos.

Me acerco la copa a los labios y saboreo la bebida. Es un licor raro, espeso, de Sudáfrica. Marta me vició, traía una botella cada noche que pasaba conmigo. Me contaba sus viajes. Construíamos castillos en el aire. Lo que haríamos juntos. Me prometía un futuro de aventuras mientras yo me aventuraba por los recovecos de su cuerpo

Ahora no sé dónde está. Se fue justo unos días antes de que empezara la epidemia. Y no ha vuelto de su retiro de silencio. Solía contarme que necesitaba periodos de desintoxicación: «Nada de alcohol, azúcar o grasas, porque eso —decía—, nos mata despacio».

Yo antes nunca bebía. Ahora no puedo dejar de hacerlo. Es lo único que alivia mi espera. A veces pienso que es eso lo que, quizá me mantiene con vida. Porque, por mucho que me sorprenda, yo no presento síntomas.

Ana

 

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