Ana

4×31. Las cenizas

Cuando llegué, Hugo se había marchado. No quedaba en los armarios ni una sola de sus prendas. Los libros habían abandonado las estanterías dejando surcos polvorientos. Junto a la televisión solo estaban los DVDs antiguos, de dibujos animados, mi única aportación a nuestra videoteca. De los CDs de música electrónica que llenaran mi piso de sonidos metálicos no quedaba ni el eco.

Recorrí las habitaciones, buscando algún rastro de su presencia. Ni tan siquiera el olor de su colonia, que al principio me hacía estornudar, impregnaba ahora ningún rincón de la casa. Me dejé caer en el sofá, confusa, preguntándome si estaba loca. Hugo y yo habíamos convivido entre aquellas paredes durante diez meses. Aparte de los típicos roces, nos llevábamos bien. O eso creía yo. Y ahora parecía que nunca había existido. ¿Me lo había imaginado todo?

Llamé un centenar de veces a su móvil. La inverosímil respuesta de una voz impersonal se repetía cada vez con la misma cadencia: «El número marcado no existe». Lo busqué en Facebook. Me encontré con un perfil blindado en el que se me invitaba a enviar una solicitud de amistad. ¿Dónde estaban todas las fotos que nos habíamos hecho juntos? ¿Los me gusta de sus amigos y los míos que competíamos por recibir?

Busqué en mi tablet y allí, al menos, estaban las fotos que él me había hecho y algunas donde se le veía oculto tras sombreros, bufandas o yo misma. No encontré ni una imagen de su rostro.

No supe a quién acudir. Apenas había coincidido un par de veces con sus amigos y no sabía dónde localizarlos. Nunca me había presentado a su familia. Por no saber, no sabía ni dónde trabajaba. Investigué en Google el nombre de la empresa en la que decía pasar las horas. No encontré nada que se le pareciera ni remotamente, al menos en mi ciudad.

Temí lo peor. Rebusqué en el cajón donde guardo los ahorros. Él sabía de mi inquina hacia los bancos. Pero allí estaban, hasta el último de los billetes, tal y como los había dejado. Mis pendientes de oro. El collar de perlas de mi madre.

Volví al comedor y en la mesita de la esquina, junto al televisor, vi la urna de incineración de los restos de su abuelo. Tenía forma de balón de fútbol. Yo odiaba tener aquello en mi casa, pero Hugo me había convencido de que era muy importante para él. Decía que toda su infancia estaba marcada por los partidos con su abuelo, se había criado en su casa y su pérdida, unos años atrás, lo había sumido en una depresión. Tener las cenizas cerca lo hacía sentir mejor y por ello su madre se las había confiado. Decía que le daban calma. Que tuviera forma de balón hacía que a veces me olvidara de lo que guardaba, pero las primeras semanas me inquietaba tanto que era incapaz de tener sexo en el sofá. Me parecía algo sucio o irreverente.

¿Cómo podía ser que las hubiera olvidado? Aquello alimentó mis esperanzas de volverlo a ver. Pasé semanas frecuentando los lugares que sabía que a él le gustaban. Parecía que nunca había existido. Me encerré en casa y supliqué a su abuelo que me lo trajera de vuelta.

El tiempo y el silencio me cerraron las heridas. Muy despacio pero, al fin, las cerraron.

La primera noche que Óscar entró en mi casa, cuando me creyó forofa del fútbol, supe que tenía que deshacerme de aquello. Lo metí en el trastero, pero saberlo allí también me incomodaba. Cada ruido producido por el viento me hacía imaginar al abuelo golpeando la puerta, exigiendo su lugar en el salón.

Diez meses después de que Hugo me abandonara empaqueté mis cosas para mudarme a casa de Óscar. Vivía en un chaletito, en una urbanización de las afueras, pagaba su hipoteca y no tenía mucho sentido que yo pagara mi alquiler cuando me pasaba allí las horas. Cuando vacié los armarios encontré la urna y mi primera intención fue bajarla directamente al contenedor. En el último momento, antes de salir de casa, decidí abrirla. Era morboso, pero pensé que tenía que hacerlo.

El interior olía a rancio, a algo estropeado. En lugar del polvo gris que yo esperaba encontré dos mecheros, algunos papeles de liar tabaco y unos restos verdes, ya muy resecos. Volví a cerrarla y la dejé junto a la tele. Donde había estado siempre. Me senté. Muy despacio. Hasta en eso me había mentido Hugo. Descubrí, sorprendida, que ya no me dolía demasiado y, casi sin darme cuenta, empaqueté el balón con el resto de mis cosas.

A Óscar le encantó y lo colocó en un lugar destacado de su salón. Una noche de borrachera le conté que contenía las cenizas de mi abuela. Le relaté, muy seria, cómo ella había sido una de las pocas jugadoras de su generación y que de niña me había enseñado a hacer regates. Le confesé, sin avergonzarme, que mi infancia estaba marcada por esos partidos con mi abuela, que me había criado en su casa y su pérdida, unos años atrás, me había sumido en una depresión. Tener las cenizas cerca me hacía sentir mejor y por ello mi madre me las había confiado. Me daban calma. Óscar me abrazó y me aseguró que no había ningún problema. Y desde aquel día se mostró todavía un poco más cariñoso y atento que antes.

Tanto que me está agobiando. Llevamos muchos meses conviviendo, ya casi diez. Así que estoy empezando a borrar, con discreción, todas las fotos en las que aparecemos juntos en las redes sociales.

Ana

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