Amelia

4×30. Voy a morir esta noche

La primera vez que me pasó tenía unos seis o siete años. Jugaba con mi hermano Óscar a indios y vaqueros. Aprovechó que era más fuerte que yo y me ató a la silla.

–Yo ganar, tú morir, rostro pálido —me dijo, con la cara pintada de rojo.

Allí me dejó durante dos horas, en las cuales mi cuerpecillo se agitaba tratando de desligar las ataduras. Grité y grité mientras él veía los dibujos animados en la tele, ajeno a mis protestas.

—Voy a morir esta noche —le espeté, cuando terminó y volvió para comprobar cómo estaba.

—Pero, ¿qué dices? Tú no te vas a morir, esto es un juego —contestó él.

Me pasé la siguiente hora repitiendo sin cesar esa frase: «Voy a morir, voy a morir».

Mi hermano se tapaba los oídos mientras jugaba con los Madelman. Al final me desató, aunque se fue corriendo, pensando que le iba a pegar.

Llegó mamá, cenamos y nos acostamos. Nos dio un beso a cada uno, nos acarició la cabeza y le dije:

—Voy a morir esta noche.

—Alejandro, cariño, no digas tonterías. ¿Estás malito? —me preguntó, un poco preocupada.

—No, pero me voy a morir. Me queda poco tiempo en esta casa.

Mamá me dio otro beso y me dijo:

—Mañana por la mañana hablamos, cariño.

Mi hermano Óscar pasó la noche en vela. Yo lo observaba desde el techo de la habitación y me alegraba de que estuviera intranquilo. Así me vengaba del mal rato que me había hecho pasar atado a la silla.

Cuando se despertó, mamá pasó a vernos, como siempre, antes de ir a preparar café. Profirió un grito muy fuerte cuando comprobó que no respiraba. Avisó a papá, que comenzó a realizarme un masaje cardíaco. Ahí fue cuando decidí volver a mi cuerpo.

Tras el susto que se llevaron, mi hermano empezó a tratarme mejor y me dejaba comer los yogures de fresa, mis favoritos, me prestaba sus Madelman e, incluso, me pasaba el balón cuando jugábamos con sus amigos.

La segunda vez fue haciendo la mili. El idiota del capitán nos había castigado a dar vueltas corriendo hasta caer extenuados. Poco después, lo único que nos ofreció para cenar fue un caldo limpio.

—Así sabréis lo que es bueno —amenazó, prohibiéndole al cocinero que nos sirviera nada más.

—Voy a morir esta noche —le dije, todo lo serio que pude.

Se rio en mi cara.

—No diga gilipolleces, Castejón. Es usted un niñato.

Esa noche, contemplé a mis compañeros durmiendo en los camastros. Nadie se había dirigido a mí tras mis palabras al capitán. Estaban demasiado cansados y hambrientos como para preguntarme. Liberado de mi cuerpo, vagaba por la estancia, entre ronquidos y suspiros. De vez en cuando paraba a departir con otros que aún seguían allí, porque no habían llegado a tiempo de reocupar sus cuerpos.

Mi espíritu se limitó a revolotear por la gran habitación hasta que llegó la mañana. Con ella, el susto generalizado del resto de la soldadesca cuando no pudo despertarme ni con el toque de corneta.

No dejé que el capitán tratara de reanimarme, volví a mi cuerpo en cuanto me puso un dedo encima.

El resto de la mili lo pasé en la oficina, organizando papeleos varios, sin castigos, y con ración extra de carne en todas las comidas.

No me había vuelto a pasar hasta ayer. Mi jefe se empeñó en que debía trabajar horas extra y me negué. Una cosa es que uno deba ganarse el pan con el sudor de la frente y, otra distinta, pasar las horas en la oficina enfrascado en un proyecto que no es mío para que lo firme otro.

—¡Pues te despediré! Necesitas el dinero para la boda, tendrás que hacer lo que yo te ordene.

—Voy a morir esta noche —le dije.

Se cachondeó de mí y me dio una palmada en la espalda tan fuerte que exhalé el espíritu. Contemplé cómo trataba de reanimarme y quise volver a mi cuerpo, pero no pude. Algo me mantenía suspendido en el aire, como si fuera una mota de polvo.

Esta vez mi corazón no me avisó disminuyendo su velocidad. Ni esa sensación extraña que me indicaba que iba a morir se adueñó de mí. Simplemente, mi espíritu salió de mi envoltura mortal.

He visto cómo se llevaban mi cuerpo, sin poder hacer nada. Mi novia estará destrozada. Tras veinte años juntos y dos hijos en común, por fin me había atrevido a darle el «sí, quiero». Supongo que podrá arreglárselas sin mí. Aunque creo que lo peor es quedarme atrapado en la oficina para siempre.

Amelia

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