Ana

4×29. El encuentro

La maleta daba vueltas, solitaria, en la cinta de recogida, sin que nadie mostrara interés. Lorea la cogió por impulso. Quizá porque también ella llevaba un buen rato dando vueltas por el aeropuerto sin que a nadie le interesara. Su avión había sido de los últimos del día, y en la sala ya solo quedaba el personal de seguridad y algún auxiliar de vuelo, rezagado.

Así que Lorea arrastró la maleta azul, vieja e impersonal, y se dirigió a la salida con paso firme. Una vocecita le advertía de que estaba cometiendo un delito al llevarse un equipaje que no era suyo y otra incluso le gritó que estaba mal de la cabeza, que podía ser peligroso, que a saber qué contenía, igual era de un loco terrorista.

Pero Lorea pensaba que el fin de semana se había tornado de excitante a tedioso y tenía demasiadas ganas de llorar. Aquella maleta triste le proporcionaba algo a lo que agarrarse. Algo sólido que la minúscula mochila de su espalda no contenía.

El autobús la dejó en la ciudad baja de Bérgamo. El hostal que había reservado estaba a tan solo cinco minutos. Tenía previsto degustar unos deliciosos casoncelli para cenar, uno de los platos de pasta típicos de la región. Pero le dolía el estómago y las lágrimas amenazaban con desbordar sus contenidos ojos. No le apetecía escuchar el zalamero parloteo italiano.

El encuentro tenía que haberse producido casi al pie del avión. Sus vuelos llegaban en un lapso de diez minutos. Como, evidentemente, no iban a permitirles abrazarse en la pista de aterrizaje, decidieron encontrarse en la sala de recogida de maletas. Lorea había fantaseado durante semanas con lo que sentiría al fundirse en los brazos del corpulento Matías. Se habían conocido, virtualmente, en un grupo de Facebook de aficionados a la novela negra. Disfrutaron muchas madrugadas descuartizando tramas, buscando errores de verosimilitud y razonando argumentos.

De las conversaciones públicas pasaron a los mensajes privados. Del Messenger al wasap y a las llamadas por Skype. Se mandaron fotos, charlaron, se contaron la vida. ¡Eran tan iguales! Un matrimonio fallido. Una separación dura. Una depresión larga. Una ristra de citas infructuosas. Una gran sensación de soledad.

El único problema era que vivían en ciudades diferentes y a ninguno de los dos le sobraba el dinero. La relación on-line les proporcionaba mucha compañía. Pero ansiaban el contacto físico, al menos una vez tenían que verse, y sentirse.

Fue Lorea quien sugirió Bérgamo. Años atrás, la había visitado de camino a Milán y se había enamorado de su sencillez, sus calles empedradas y su pequeño tamaño. Y de los vuelos baratos. Pasaron meses buscando un fin de semana que les fuera bien a ambos. Semanas planificando. Días deseando. Estaban ansiosos.

Y Matías no apareció.

Los wasaps que Lorea le envió mostraron un único y desamparado tic. El muro de Facebook estaba desasosegadamente vacío.

Durmió toda la noche, inquieta a pesar del somnífero. Se despertó pesada, con dolor de cabeza y la boca muy seca. Miró el móvil. Algunos wasaps de grupo. Un par de amigas preguntándole por su viaje. Su madre, que la trataba como a una cría, abroncándole: «¿Cómo se te ocurre irte sola? No hagas tonterías. Ahora que estás mejor…».

Saltó de la cama, desnuda. Optimista, había supuesto que no iba a necesitar pijama. Solo un cepillo de dientes, ropa interior atrevida y un poco de maquillaje.

Miró la maleta azul a los pies de la cama. Pesaba poco y no llevaba candado. Probablemente su dueño había querido pasarla como equipaje de mano, pero la compañía low cost hacía tiempo que metía todos los bultos en la bodega. Seguramente iba con prisas, para coger el último autobús a Milán, y olvidó recogerla.

Lorea descorrió la cremallera y la abrió del todo. Dentro, un pantalón vaquero y un par de camisas de hombre. El llamativo estampado resultaba familiar. Una tenía pequeños pingüinos que andaban en distintas direcciones. Ella había comprado una camisa así para enviársela a Matías.

Una toalla, unas zapatillas de deporte, un cargador de móvil…

Un libro de Fred Vargas.

Una foto en la mitad, quizá haciendo de punto de lectura. El rostro de Lorea, sonriendo. Era del año pasado, de una escapada playera. Se la veía distendida y muy morena. Le gustaba la forma de su barbilla en esa instantánea. Se encontraba guapa. Fue la primera foto que le envió a Matías.

Ana

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