Amelia

4×28. Escape room

—Ha sido una experiencia fascinante. ¡Qué miedo hemos pasado! ¡Muchísimas gracias!

—Gracias a vosotros. No dejéis de recomendarnos en nuestras redes sociales. Esta noche subiré las fotos a Facebook.

Greta despidió a los últimos clientes y cerró la puerta. Eran las nueve y llevaba todo el día recibiendo a equipos de jugadores, que se adentraban en los enigmas y acertijos de La casa encantada.

Cuando su novio Dimitri le propuso la idea, le pareció genial. Buscaron un local que se ajustara a su presupuesto y el que encontraron les iba como anillo al dedo. El bajo donde se había cometido un asesinato en extrañas circunstancias era perfecto para las pruebas, que giraban en torno a una historia de fantasmas. A Greta le dio un poco de reparo, pero Dimitri se mostró encantado con la idea.

—Acudirán como moscas a nuestra escape room. Fíjate, si hasta nos han dejado muebles y cuadros originales de la casa. Vamos a sacarle mucho partido.

Y así había sido. Llevaban casi un año abiertos y ya sacaban unos jugosos beneficios, para ir amortizando la hipoteca del piso que acababan de comprar juntos.

Le desagradaba encargarse de la sala de escape ella sola. Al principio, ambos acudían juntos a recibir a los equipos y se turnaban para encargarse de ellos. Al poco tiempo, Dimitri ya se había escaqueado y solo se ocupaba de la sala los días entre semana.

Entró a la primera habitación para recoger las pistas y colocarlas en su lugar. El lunes Dimitri tenía una sesión a las cuatro de la tarde y no le gustaba salir de casa justo después de comer. Le encantaban las siestas y prefería echar una cabezadita antes de coger el metro que lo llevaba al centro de la ciudad.

Encontró la linterna de luz ultravioleta y la encendió para comprobar si le quedaban pilas. La apuntó al techo, donde habían escrito con tinta invisible uno de los códigos de los candados. Además del número, se veía un mensaje: «Vas a morir». Se sobresaltó. Había vigilado los pasos de los anteriores clientes y ninguno disponía de un bolígrafo de tinta invisible, ni nadie había podido subirse para escribirlo. Al entrar en la habitación, ella observaba sus movimientos desde el ordenador de la oficina.

«Habrá sido Dimitri», pensó. «Los clientes no habrán dicho nada al pensar que formaba parte del juego».

Terminó de revisar el resto de pruebas y acertijos y de organizarlos en sus respectivos lugares. Colocó la tecla falsa del piano y, justo cuando introducía los discos en sus fundas, el gramófono empezó a sonar.

«La Sinfonía Nº9 de Dvořák», recordó. Greta había estudiado piano en sus años mozos, en su Praga natal, y conocía las obras del compositor checo.

Sintió un escalofrío. «Mejor será que me vaya de aquí. Voy a llamar a Dimitri y decirle que se deje de bromas pesadas». Su novio adoraba la tecnología y, con total seguridad, había conectado algún dispositivo para asustarla. Él era el responsable de que saltara la tecla del piano, descubriendo un mensaje, y de las diversas trampillas situadas en el falso techo, que también dejaban caer pistas.

Entró en la tercera habitación, la última en la que los clientes debían hallar la llave para salir. Esta se encontraba en la cerradura, así que la sacó para ponerla en su escondrijo. Se giró para ordenar los cuadros del decorado y oyó un portazo.

Se dirigió a la puerta e intentó abrirla. No pudo. Volvió a por la llave y continuó forcejeando.

—¡Dimitri! ¡Dimitri! ¡Basta de bromas! —gritó, medio enfadada, medio asustada.

Se había dejado el móvil en la oficina, así que no podía escapar de allí hasta que su novio fuera a buscarla. Contaba con que, si era él el causante de aquella broma, acudiría en seguida. Y si no era él… debería echarla de menos e ir a por ella.

Deambuló por la pequeña habitación. En ella se contaba la “historia” de por qué la hija había acabado con la vida de sus padres y, después, con la suya propia. Un falso cadáver colgaba del techo y, en las paredes, unos cuadros antiguos y un gran espejo daban pistas para encontrar la llave. En el espejo, vio cómo se dibujaban, poco a poco, unas letras con lo que parecía sangre: «Vas a morir».

El lunes a mediodía Dimitri acudió a la sala de escape. El sábado había llamado a su novia por teléfono, pero no le contestó. Le mandó un wasap avisándola de que no cenarían juntos, pues se iba a celebrar la despedida de soltero de Daniel. Cuando llegó a casa, a las tantas de la madrugada, se quedó en el sofá por no molestarla. A mediodía, tras despertar de la borrachera, vio que no estaba y la llamó varias veces, en vano.

El domingo por la noche ella seguía sin contestar y, aunque las amigas de Greta le dieron largas y le aseguraron que no estaba con ellas, sabía que estaba pasando el fin de semana con alguna, contándole lo cabrón que era.

Llegó al local, esperando encontrarla. Seguro que había acudido a limpiar, al menos, y a demostrarle su enfado. La puerta estaba abierta. En la oficina encontró su móvil apagado y su bolso. Recorrió las estancias y llegó a la última habitación. Ni rastro de su novia.

Volvió a la oficina y buscó los vídeos del sábado. Les gustaba ofrecer el servicio de vídeo a los jugadores, por si querían tener su aventura grabada.

Siguió los pasos de su novia y, justo en el momento en que ella miraba aterrada el espejo de la última habitación, el vídeo dejó de mostrar imágenes.

Asustado, fue a la habitación. Comprobó la cámara de vídeo. Funcionaba perfectamente. No se percató de que, desde uno de los cuadros, una mujer idéntica a su novia gritaba, golpeando la pared invisible que los separaba.

Amelia

Un comentario sobre “4×28. Escape room

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s