Ana

4×27. Notificaciones

Repasé las notificaciones de Facebook con los ojos aún pegados. «Nunca más tomaré vino entre semana», me prometí, mientras rebuscaba en el cajón, en busca de una caja de paracetamol. Me llamó la atención un nombre, Alfredo HerCar. La red social me avisaba de que era su cumpleaños y me invitaba a felicitarlo. No recordaba a ningún Alfredo y en los últimos tiempos me había vuelto muy estricta con las amistades virtuales. A fans, curiosos y demás los había desviado a la página del grupo. Mi perfil personal quedaba solo para amigos reales.

Mientras engullía dos analgésicos y metía una cápsula de café fuerte en la Nespresso, pinché en su nombre para averiguar de quién se trataba Solo necesité una foto para reconocerlo. Era Freddy. ¡Cuánto tiempo! Al menos tres o cuatro años, pero no parecía haber cambiado nada o, quizá, no se había molestado en renovar su foto de perfil.

Lo conocí en un concierto memorable, el primero de mi grupo, las Killer Juliettes, con llenazo total. En aquella época, andábamos un poco desanimadas porque no vendíamos ni una entrada y, ni tan siquiera cuando actuábamos gratis en locales pequeños, conseguíamos atraer a más de una docena de parroquianos. Sin embargo, aquella noche se alinearon todos los astros. Un amigo de una amiga de una de las guitarras dijo que se lo diría a su grupo de senderismo, otra conocida nos prometió que irían allí después de la cena con sus excompañeras de colegio y así un buen puñado de promesas de asistencia que, por una vez, se cumplieron. El pub estaba a reventar. Hubo gente que se quedó en la calle y las existencias de cerveza se agotaron a la mitad del concierto. Incluso los que nunca nos habían visto se desgañitaban en los estribillos y coreaban nuestras letras más reivindicativas como si fueran suyas.

Tras la actuación, unos cuantos vinieron a que les firmáramos los discos y las camisetas que vendíamos, los flyers y hasta los posavasos cuando estos se acabaron. Al final, nos quedamos con unos veinte de los más incondicionales, entre amigos y nuevos fans.

Freddy fue uno de ellos. Estuvimos tomando copas y acabé en su casa. Era divertido, aunque un poco impertinente. La cosa no pasó de unos besos, porque habíamos bebido tanto que ninguno de los dos daba para mucho más.

Al día siguiente salí huyendo, prometiéndole llamarlo, invitarlo a mi siguiente concierto y preguntándome qué había visto en él. Por lo visto, durante la noche, lo acepté como amigo de Facebook, porque empezaron a llegarme notificaciones suyas: desde comentarios en mi muro a me gustas en todas mis fotos, pasando por múltiples mensajes en el Messenger con piropos y poemas e, incluso, sugerencias sobre que podía escribir las letras de mis futuras canciones.

Al principio, le di evasivas amables. Luego empecé a cortarle de forma más seca y al final, meses después, amenacé con bloquearle. Sin embargo, me extrañó no volver a verlo en ninguno de mis conciertos, aunque fueron dos años de bonanza, en los que disfrutamos de un relativo éxito, plagados de grabaciones, bolos y entrevistas.

Bueno, pensé que no debía ser mal chico. Solo un poco pesado. Además me había pillado en una época en la que yo era más bien estirada y me hacía la inaccesible. Seguro que en otro momento habríamos congeniado. Escribí en su muro un «Felicidades, espero que estés bien» neutral y, por curiosidad, eché un vistazo a sus últimas publicaciones. Estaba lleno de mensajes de amigos suyos que le deseaban que fuera feliz, allí donde estuviera, que le echaban de menos y se lamentaban de que siempre se iban los buenos. Me pregunté, confusa, si habría ido a trabajar fuera. Recordaba vagamente que estaba terminando alguna ingeniería y que me contó que, con la crisis, lo tenía muy difícil para encontrar trabajo.

Pero el tono de los mensajes era demasiado lúgubre y no había, en cambio, ninguna foto de Freddy en aquel lugar maravilloso del que hablaban.

Retrocedí semanas y meses en los que algunas personas comentaban su ausencia hasta llegar a un post en el que los compañeros de clase lamentaban comunicar la hora del funeral de Freddy, fallecido trágicamente en un accidente de tráfico. Desconcertada, leí que la fecha del dramático suceso era del día siguiente a la noche en la que nos conocimos.

Ana

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