Amelia

4×26. Memorias de una espía

La mujer rebuscaba en los cajones del escritorio cuando escuchó unos pasos. Se alejó con rapidez y alguien encendió la luz. Era uno de los guardaespaldas del ministro.
—¿Qué hace usted aquí? —preguntó el hombre, indignado—. Debería estar en el salón, con los demás.
La miró de arriba abajo y esbozó una sonrisa lasciva.
—Lo siento. Necesitaba… evadirme un rato —mintió ella, apoyándose en la mesa—. Hay demasiada gente, demasiado humo…
—Señorita, acompáñeme. Voy a tener que hablar con el señor ministro. Nadie debe entrar en su despacho.

—Por favor… —musitó ella, mientras lo rodeaba con sus brazos—. No irá a molestar al ministro por una mujer que se sentía levemente indispuesta.
—Señorita… —susurró, dejándose acariciar el rostro por la mano enguantada de la bella joven.
Natalia había llegado a la mansión horas antes, con los demás. Enfundada en un ceñido vestido rojo, a pesar de no llevar apenas joyas, brillaba más que cualquier otra invitada. El señor ministro mostró interés en ella y la conversación entre ambos parecía no tener fin, hasta que su esposa los interrumpió, a todas luces molesta. Aprovechó ese momento para subir con sigilo las escaleras que la separaban del despacho del anfitrión. Debía llevar a cabo su misión con prontitud, antes de que la descubrieran.
El guardaespaldas, que le bajaba la cremallera entr
e gruñidos, no le había quitado ojo desde su llegada. Era fácil engañar a brutos como él, esbirros sin estudios, encargados de la seguridad de políticos corruptos. Justo cuando empezaba a besarla en el cuello, ella le dio un certero golpe en la sien y el hombre cayó al suelo, inconsciente.
Se apresuró a colocarse el vestido y continuó registrando el cajón. Encontró lo que buscaba: el listado de proveedores de armamento. Con esa información tendrían controlado al ministro y podrían acabar con la guerra.
Dejó al guardaespaldas maniatado. Las clases de defensa personal eran muy útiles en esas ocasiones. Apagó las luces y se deslizó con sigilo por los pasillos, hasta alcanzar la escalinata principal. Debía ser muy cautelosa, aunque a esas horas, los invitados a la fiesta ya llevaban bastante alcohol en la sangre y solo prestaban atención a los más cercanos.
Observó entre las sombras cuál era el mejor camino para evitar al ministro. En esos momentos se encontraba hablando con el delegado de gobierno, mientras sus respectivas esposas parecían criticar a unas cuantas invitadas, con atuendos poco acertados.
Bajó despacio y se topó con un camarero, al que robó una copa de champán. Allí no escatimaban en gastos. Media España en guerra y aquellos elegidos, brindando y disfrutando de lo que se le negaba a los combatientes de ambos bandos.
Cruzó la sala con paso firme. A pocos metros de alcanzar la puerta, se oyó un grito:
—¡Detengan a esa mujer! —exclamó otro de los guardaespaldas, desde el piso superior.
Ella se dio la vuelta, angustiada. Se quitó los zapatos de tacón
y los lanzó al hombre que se aproximaba para apresarla. Intentó llegar a la puerta y…

Dejó de leer. Hacía ya rato que su abuela dormía profundamente, sentada en el sillón. Le acomodó la cabeza y la tapó con la manta. Ya volvería al día siguiente.

—Buenas tardes, abuela —saludó, dándole un beso en la frente.
—Buenas tardes… —dudó unos instantes.
—Sandra —le refrescó la memoria. Se sentó a su lado—. ¿Quieres que te siga leyendo un rato?
—Sí, claro. Perdona, ¿quién dices que eres? —preguntó la anciana, todavía confundida.
—Soy Sandra, tu nieta. La escritora, ya sabes.
—Ah, sí, la escritora… ¿Qué me traes hoy? ¿Has escrito un libro nuevo?
—No, bueno, sí. Es el mismo de todos los días —le dijo, mostrándole la cubierta—: Memorias de una espía.
—Ah, ¡qué interesante! Una espía… Seguro que vive muchas aventuras.
—Sí, podemos seguir por donde lo dejamos ayer.
—¿Ayer? Pero, ¿no es nuevo?
—No, abuela, ya llevo varios días leyéndotelo, pero, si quieres, volvemos a empezar…

PREFACIO

Algunos piensan que la vida de un espía está llena de glamur. Muchas personas han arriesgado lo que tenían por unos ideales y han conseguido lo que se proponían. Conocemos las historias de algunos, mientras que otras han caído en el olvido. Por eso escribo este libro, para recordar a aquellos que lucharon por su país o por lo que creían, sin que la gente de su alrededor supiera a qué se dedicaban. Escribo este libro para mi abuela, una mujer valiente y entregada, para honrar su memoria y destacar su importante papel en la historia de España.

—Ah, qué maja la chica que escribe este libro, ¿no? Se lo dedica a su abuela. Una abuela espía… A ver, lee más… —exclamó la anciana, con interés.
—Sí, abuela. Lo escribí por y para ti.

Amelia

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