Amelia

4×20. No todas pueden votar

El camarero que atiende a Victoria a diario la observa menear la cabeza, en un gesto de desaprobación. Ella repasa mentalmente el discurso frente a una taza de café humeante, cansada ante el esfuerzo dialéctico de hace unos días.

Continúa pensando que es un error permitir a las mujeres ejercer el derecho a voto. Ojalá fuesen todas obreras, ojalá fueran a la universidad o ya hubieran terminado sus estudios. Entonces serían realmente libres de conciencia, tendrían una opinión formada y podrían votar al partido que mejor representase sus ideales.

Pero las mujeres de su época viven a la sombra de sus maridos o padres; viven influidas por la Iglesia católica; viven ignorando los adelantos que ha traído la República a España, como esas veinte mil escuelas, laboratorios o universidades populares a las que las mujeres pueden confiar la enseñanza integral de sus hijos.

Sus argumentos sobre la ausencia de féminas en las calles protestando por la guerra de Marruecos, o pidiendo escuelas para sus hijos o exigiendo un mejor sistema de salud no han hecho mella entre los diputados.

Las palabras de Clara Campoamor sí que han surtido efecto. Ha basado su discurso en los principios de igualdad y no en los intereses del Estado. «Me siento ciudadano antes que mujer, y considero que sería un profundo error político dejar a la mujer al margen de ese derecho, a la mujer que espera y confía en vosotros», había dicho. Y no le faltaba razón. Aunque Victoria dudaba de la capacidad de muchas mujeres para votar, Clara había insistido en la importancia de no aplazar el voto femenino o condicionarlo. «¿Por qué el hombre, al advenimiento de la República, ha de tener sus derechos y han de ponerse en un lazareto los de la mujer?».

Lee con disgusto los titulares de los periódicos, en los que critican a ambas mujeres. Unos las apodan La Clara y la Yema, otros se regodean en el hecho de que dos mujeres tengan opiniones distintas, preguntando qué pasará cuando haya más mujeres en la cámara. Por supuesto, son hombres los que se hayan detrás de esos artículos infames, que solo ponen de manifiesto lo atrasada que está la sociedad española, que no se toma en serio a sus políticas.

Pasa las páginas con furia, en las que se mofan de ellas por su vehemencia al defender sus dispares posturas. «¡Insensatos! Se ríen de dos mujeres que solo buscan lo mejor para su país, cada una a su manera», piensa. Derrama el café, ya frío, sobre las páginas de uno de los periódicos.

El camarero, amable, le ofrece otro. Victoria le sonríe, diciéndole con un gesto que no lo necesita. Paga el que ha derramado y se dirige a su casa. Como Directora General de Prisiones, hay muchas tareas que aún puede hacer.

Con 161 votos a favor, se ha aprobado el sufragio universal femenino, a partir de los veintitrés años. Victoria suspira, resignada, mientras camina por las calles de Madrid.

Ignora que, dos años más tarde, tanto ella como Clara Campoamor perderán sus escaños como diputadas.

Amelia

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