Amelia

4×18. El retorno (y V)

Dámaris notó la punta del cuchillo muy cerca. Estaba nerviosa y dudaba de su capacidad para hacer entrar en razón a su otra. Sabía cómo se sentía. Si creía que la engañaban, la ira se apoderaba de ella en cuestión de minutos. Y podía tardar horas en abandonarla.

—Edgar es muy fantasioso. Ya lo conoces. Es escritor de ciencia ficción, experto en crear conspiraciones paranoicas en sus libros… —intentó justificar.

—Eso no es excusa para enviaros mensajes planeando matarnos y suplantarnos. ¿Por qué abandonaríais vuestro mundo por el nuestro? ¿Qué está pasando? —preguntó la otra, blandiendo el cuchillo delante de la cara de Dámaris.

—Aquí Donald Trump y Kim Jong Un viven un continuo tira y afloja. Allí estamos al borde de un ataque nuclear. En cualquier momento, puede estallar la guerra. Estamos preocupados.

—¿Y eso qué significa? ¿Creéis que podéis hacer lo que queráis en mi mundo? ¿Pensáis que sois los dueños y señores de nuestras vidas?

El enfado de Dámaris iba en aumento. La visitante carecía de argumentos para hacerla soltar el cuchillo. ¿Y si…?

En un movimiento rápido, intentó quitarle el arma. La golpeó en la mano y la otra se retorció, sin soltarlo. Cayeron al suelo y forcejearon. Las uñas arañaron la piel de la cara. Las manos rasgaron las ropas. Los pies propinaron patadas. La hoja del cuchillo se clavó en la carne y desgarró músculo. La sangre brotó de la herida. Los ojos miraron a un punto fijo, sorprendidos. La boca entreabierta, muda.

Dámaris, con las mejillas ardiendo por los cortes, contempló con horror cómo la vida se escapaba de la otra. A pesar de sus conversaciones con Edgar, nunca había sopesado realmente la idea de acabar con ella y suplantar su vida.

Verse a sí misma tirada en el suelo, en un charco de sangre, no era nada agradable. No sabía qué hacer.

Se frotó las manos con una mezcla de asco y pena. Allí sentada, le costaba pensar con claridad.

Poco a poco se fue recomponiendo. Se lavó en el baño y se cambió de ropa. Echó un último vistazo por si dejaba alguna pertenencia y dejó todo como estaba. Quizás Emilio o alguna otra persona descubriría el cuerpo sin vida de la otra.

Salió del piso y respiró el aire contaminado de la ciudad, que ahora le parecía más fresco que nunca. Caminó por las calles, absorta en sus pensamientos.

Llegó a la puerta de la librería. Al lado, en la casa abandonada, buscó la ventana rota por la que había pasado hacía varios días. Se introdujo por ella y encendió el móvil para iluminarse.

En una de las habitaciones, encontró la grieta que la llevaba a su mundo. La atravesó y llegó al sótano de la librería. Había cientos de libros esparcidos, que no recordaba haber dejado así. Subió las escaleras y se encontró con estanterías tiradas por el suelo, volúmenes quemados, hojas rotas…

La persiana autómatica estaba medio bajada, así que pudo salir por ahí. En el exterior, se quedó parada, en medio de la calle. Los edificios que rodeaban su lugar de trabajo estaban en ruinas, el sonido de las sirenas la ensordeció. Nubes de polvo se levantaban por encima de los escombros, cubriendo las casas de un manto ceniciento.

No había nadie a esas horas. Normalmente, aunque no era un barrio concurrido, los vecinos solían pasear a sus perros o quedarse en los bares tomando una copa. Los pocos edificios que quedaban en pie estaban cerrados a cal y canto.

Un camión de policía paró a su lado. Un agente descendió y la increpó:

—¿Qué hace aquí? Hay que respetar el toque de queda.

—¿Qué toque de queda? ¿Qué ha pasado?

—Señora, tras los atentados y los ataques de estos días, el Gobierno recomienda que los ciudadanos permanezcan en sus casas o en los edificios habilitados para protegerlos. ¿De dónde viene?

—Estaba… estaba en la librería —mintió, sin saber qué decir.

—Venga, la acompañaré a su casa, si es que sigue en pie.

La hizo subir al camión y se pusieron en marcha. Miró por la ventanilla y, en el horizonte, vio un resplandor anaranjado. Una nube en forma de seta invadió el cielo y Dámaris cerró los ojos antes de que la ola de fuego la engullera por completo.

Amelia.

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