Ana

4×17. Tardes de miércoles

Cuando nos dijeron niña, apreté los dedos de Lola y estampé un beso en su mejilla. Sonreí para fingir que me alegraba. Y ella me miró y sonrió, para fingir que me creía.

La paternidad me pillaba por sorpresa. Tras siete años intentándolo con mi ex, había llegado a suponer que era estéril. Sobre todo después del precioso retoño de rasgos orientales que había tenido nueves meses escasos después de divorciarnos. Evidentemente, no procedía de mis espermatozoides.

Lola y yo nos conocimos en una sesión de citas rápidas. Teníamos una edad similar —rozábamos los cuarenta—, un trabajo parecido —yo celador y ella auxiliar de enfermería—, y una forma afín de divertirnos: viajes, copas, bailes, cines. Nos lo pusimos fácil. Ni malos rollos, ni exigencias, ni reproches. Solo risas y sexo.

Y el embarazo llegó. Mucho antes de lo que ella esperaba —ansiaba ser madre pero, a su edad, no creía poder conseguirlo de forma natural,— e inesperado para mí.

No habíamos hablado de tener hijos. En realidad no habíamos hablado de nada serio. Simplemente, yo dormía a diario en su piso, pequeño y muy céntrico, y los fines de semana que no teníamos guardia retozábamos entre las sábanas en mi adosado a las afueras o hacíamos escapadas a la montaña.

Teníamos un viaje a Nepal medio organizado cuando Lola me dijo que estaba de dos meses. Me dejé contagiar por su ilusión, compré peucos, sonajeros y hasta una cuna. Pero cuando en la ecografía se distinguió «con total claridad» que era una niña, me decepcioné. ¿Qué iba a hacer yo con una niña?

Me había criado entre niños. Mis hermanos y la mayor parte de mis primos eran chicos. Y, por supuesto, mis amigos. Las niñas eran unas extrañas molestas en las que solo nos fijamos cuando se despertaron nuestras hormonas. Ni siquiera los años de noviazgo y matrimonio habían cambiado mi relación con las mujeres. Había sido educado, galante y seductor, para estar con ellas. O un bruto insensible, vago y egoísta, si le preguntabas a mi ex.

Lola era todavía una aventura excitante y divertida. El embarazo una tentadora posibilidad de cambio.

Fracasé. Aunque me gustaba mirar a Lía cuando se quedaba dormida en su cuna agarrada a mi dedo o cuando abría los ojos y se reía solo porque yo le acariciaba la barbilla, lo cierto es que me sentía como un invitado en aquella casa en la que la niña marcaba todos los horarios y Lola los cumplía a rajatabla. Yo me escaqueaba lo más posible, no cambiaba pañales, ni daba biberones, ni la bañaba, ni nada. Cuando me pidió que me fuera de su piso fue casi un alivio. Luché por la custodia más por orgullo y por la exigencia de mi madre, que temía perder su papel de abuela, que por ganas.

Acepté el régimen de visitas, el pago de la pensión y el reparto de vacaciones. La abuela se encargaba de ella los fines de semana que me tocaba. Las tardes de los miércoles, sin embargo, era mía. Al principio la recogía de la guardería y daba un paseo. A veces quedaba con amigos que estaban locos por conocerla y me decían lo guapa que era o comparaban su crecimiento con el de sus propios retoños. Yo los dejaba hacer, aburrido, y aprovechaba para tomar una cerveza.

En invierno, veíamos dibujos absurdos en la tele mientras trataba sin éxito de que comiera la merienda sin manchar la ropa impoluta que su madre le ponía.

El primer verano coincidió con sus primeros pasos. El segundo le mostré la playa y lo divertido que era rebozarse en la arena, el tercero y el cuarto traté de enseñarle a jugar al fútbol y maldije de nuevo que fuera una niña.

Los años pasaban y, aunque nos tolerábamos, a menudo nos mirábamos con extrañeza, como dos desconocidos. Yo le dejaba hacer cualquier cosa que quisiera, no marcaba normas ni horarios y, sin embargo, conmigo era tranquila y obediente, mientras que su madre se quejaba de que nunca le hacía ni caso. A veces, me miraba de reojo mientras pintaba en la pared con un rotulador que había cogido, con disimulo, de mi escritorio. Yo me sentaba a su lado y le dibujaba el pelo a los monigotes, pintaba largas trenzas o pelos con rastas y Lía esbozaba tímidas sonrisas al principio para acabar en carcajadas cuando yo pintaba tonterías como perros con botas o árboles con manos.

Cuando Lola me dijo que se iba a vivir a trescientos kilómetros de casa, que se llevaba a la niña y que ya solucionaríamos las visitas de alguna manera, tampoco peleé mucho. Pensé que los miércoles eran perfectos para jugar al pádel con unos colegas del trabajo que buscaban a un cuarto para completar el equipo. Después nos iríamos de cervezas y, con suerte, quedaría con alguno para el fin de semana.

Hoy es miércoles y les he dicho que tengo algo de gripe, un poco de fiebre y dolor muscular. No les he hablado, sin embargo, de mis ojos vidriosos ni del temblor de las manos al sujetar el muñeco preferido de Lía: un playmobil egipcio que formaba parte de mi colección antes de que la niña decidiera redecorar las pirámides a su modo. Estoy sentado en el suelo, hay una cerveza a mi lado, a la que apenas he dado un trago, mastico una de las gominolas en forma de plátano que tanto le gustan a la pequeña y veo en la pared ese monigote desgarbado al que ha pintado una larga coleta y ha puesto un lazo raro, al lado del que ha escrito, en letras muy separadas, mi papá.

Ana

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