Ana

4×15. Sonidos

«Son las ocho de la mañana, las siete en Canarias. El día es frío en la mayor parte del país, mientras el panorama político se calienta…».

La voz de la locutora, tras el breve parte informativo, da paso a Show must go on, de Queen. Las notas golpean las paredes de la vivienda. La temperatura es cálida. Treinta minutos antes, la calefacción se ha conectado. El radio despertador sigue funcionando durante una hora, después enmudece. Sobre la isla de la cocina, la taza de café cremoso deja de humear.

La casa está en silencio.

A las diez, las luces de la Roomba parpadean. La aspiradora estudia el espacio y se desplaza con un ronroneo. Absorbe las migas de pan, las pelusas rebeldes y unos largos cabellos pelirrojos. Recorre el pasillo dejando el suelo impoluto a su paso. Tropieza con unas zapatillas fuera de lugar. Las esquiva y sigue su camino. Cuando termina el trabajo regresa al punto de carga y detiene el funcionamiento.

La casa está en silencio.

La lavadora inicia un programa para ropa delicada. El ciclo completo dura apenas una hora. Una tonada suave indica que la colada está lista para tender. El reloj marca las dos del mediodía y el robot de cocina comienza el triturado de las verduras de su interior con un zumbido. Al poco, empieza la fase de cocina y el olor del guiso se extiende por las habitaciones.

El tiempo pasa y la comida queda fría en el vaso. Ninguna cuchara la sirve. Los platos permanecen vacíos.

La casa está en silencio.

La televisión se enciende. Una tertulia intrascendente analiza las meteduras de pata de los presentadores de otros programas. Las imágenes más impactantes de internet —según anuncia una rubia de  generoso escote— son mostradas a los telespectadores. Sobre el sofá nadie mira la pantalla de cincuenta y cinco pulgadas.

El teléfono móvil se ilumina. Hay una llamada entrante. No suena porque el no molestar está activado. En una ventana emergente puede verse que hay setenta y ocho mensajes de siete chats sin leer. Un minuto después la pantalla vuelve al negro.

La televisión se apaga de forma automática. La casa queda de nuevo en silencio.

Una libreta abierta en la mesilla. Varias páginas garabateadas. Un bolígrafo en el suelo. Sobre la cama, la ropa revuelta. La colcha arrancada cae por un lado. Unos pies descalzos. Las uñas pintadas de granate. Unas piernas desnudas. Un cuerpo inmóvil. Una camiseta corta, muy ancha. Una mano rígida apoyada en el pecho. Una melena pelirroja sin brillo, pegada a un rostro ceniciento. Una boca entreabierta en un rictus. Un hilillo de sangre reseca debajo de la nariz. Unos ojos vacíos.

La casa es silencio.

Ana

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