Amelia

4×12. El intercambio (II)

Lunes por la mañana. Dámaris contempló una vez más a su doble, que dormía plácidamente en la cama. Habían comentado durante el fin de semana las semejanzas y diferencias entre ambos mundos. Eran bastante parecidos y solo pequeños detalles los hacían diferentes.

Repasó mentalmente la charla. En el lugar del que venía, Rajoy continuaba de presidente de España; ella trabajaba en Ediciones Gigamesh de editora jefa y Emilio era solo un compañero de trabajo. Aparte de eso, había alguna que otra disparidad de escasa importancia.

—¿Por qué no vas tú a mi trabajo mañana? —había sugerido la Dámaris de este mundo—. Estoy cansada de vender libros y me parece que he cogido la gripe.

—Lo sé, a mí me pasaba lo mismo, pero tuve la oportunidad de ocupar el puesto de Aurora cuando se quedó embarazada. Después ya no quiso volver. A ver, voy a tomarte la temperatura.

Se quedó pensativa mientras la otra iba a por el termómetro. En este mundo, la editora jefa había sufrido un aborto y no había habido oportunidad de ascenso. Le pareció fascinante que ambas vivieran en el mismo sitio, aunque con gustos diferentes.

—¿Dónde tienes el termómetro? —gritó la otra desde el cuarto de baño.

—En la mesita de noche —contestó ella. La casa era la misma, pero algunas cosas las guardaban en sitios diferentes.

Se preguntó cuántos mundos paralelos habría y por qué Dámaris habría escogido este. Ella habría ido quizás a otro más exótico.

Tras comprobar que tenía fiebre y mocos en abundancia, la Dámaris visitante accedió a ir a trabajar en su lugar.

—Así descubro un poco más de este mundo. Tú ponte buena.

Se sabía el camino de memoria. En el autobús respiró el sudor de algún que otro usuario, de los habituales que no se suelen duchar por la mañana —y quizás por la noche tampoco. En eso no se diferenciaban los dos lugares.

Llegó diez minutos antes de la apertura de la librería y miró los escaparates. Los superventas eran desconocidos para ella, tendría que ponerse las pilas por si alguien le preguntaba por alguno.

—¿A qué esperas? —preguntó una voz detrás de ella—. ¿No has traído la llave?

Se giró y vio a Emilio, su compañero de trabajo. Este la besó largamente y saboreó su beso.

—Uy, hoy me sabes diferente —le dijo él, volviendo a besarla—. Ah, no, eres tú. Pensé que te habían cambiado.

Un escalofrío recorrió su espalda mientras abría la puerta. Había olvidado que era la encargada, a pesar de que su doble le había dado las instrucciones necesarias.

En este mundo, abría a las diez y cerraba a las ocho y media de la tarde. Emilio y ella se turnaban para ir a comer, aunque a veces uno de los dos improvisaba un picnic entre los libros y aprovechaban para comerse a besos y disfrutar de un rato juntos.

En ocasiones le daban un extra por corregir algún manuscrito y entonces se perdía durante horas en el despacho de la todopoderosa Aurora, dejando a Emilio al mando.

—Venga, entra. ¿Qué te pasa? —La empujó Emilio, entre risas.

Se había quedado parada. La librería olía diferente. No sabía por qué, puesto que los libros deberían oler todos igual, pero esta tenía algo especial.

—Nada, nada. Es que creo que estoy incubando la gripe —contestó ella.

Pasaron la mañana atendiendo a clientes, respondiendo correos de pedidos y haciendo llamadas para indicar que tal o cual libro solicitado ya estaba en tienda y podían pasar a recogerlo.

Cuando llegó la hora de comer, Emilio le guiñó el ojo.

—Hoy tenemos vía libre en el despacho de Aurora. Ha quedado con Edgar Buero en Elsa y Fred. Supongo que se tomará la tarde libre con la excusa de que las entrevistas con estos autores majaretas la cansan —le dijo, sacando su kit de picnic.

Dámaris le había dicho que el tímido y apocado librero era un excelente cocinero, que la sorprendía de vez en cuando con sus creaciones y un botellín de cerveza artesanal o un vino ecológico.

Degustaron una estupenda ensalada de pasta y una tarta de queso con mermelada de arándanos que le supo a gloria, mientras charlaban sobre tal o cual libro, este o aquel autor y algunos clientes especiales.

—Hoy te noto algo rara —dijo él y comenzó a mordisquearle el lóbulo de la oreja.

—¿Yo? ¿Qué dices? —intentó disimular ella, apartándolo suavemente.

Él había liderado la conversación en todo momento, mientras ella capeaba el temporal como podía. Algunas personas le sonaban, pero no quería explayarse demasiado por si eran muy diferentes de las que conocía.

—Mmm… Estoy algo griposa, me temo.

—Bueno, no pasa nada. Yo te quiero igual —dijo él, sorprendiéndola al meterle la mano debajo de la falda—. Tenemos el despacho de Aurora para nosotros solos. He cerrado con llave y a estas horas no viene nadie.

Un torbellino de sensaciones que no pudo parar la inundó cuando los dedos expertos de Emilio la recorrieron. En su último gemido, él se desabrochó los pantalones y la penetró con firmeza. Se apoyaron en la mesa de su jefa y tiraron los botellines al suelo.

Emilio terminó y jadeó en su oído: «Eres la mejor. Te quiero». Dámaris se sintió feliz y triste a un tiempo. Acababa de disfrutar de una sesión de sexo con el hombre que le gustaba, pero no era él, sino su alter ego en un mundo paralelo. Ni él le había hecho el amor a ella, sino a la otra. O eso creía. Y, además, ¿qué le iba a decir esa noche a la Dámaris de este mundo, cuando le preguntara qué tal le había ido el día?

Pasó la tarde en la librería, haciendo cuentas y vendiendo libros, mientras Emilio la miraba sonriente y feliz.

Al llegar la hora del cierre, él la acompañó un rato.

—¿Adónde vas? —le preguntó Dámaris, temiendo que quisiera ir a su casa.

—Tranquila. No te voy a pedir que me dejes dormir en tu casa. Entiendo tu manía de tener tu espacio y bla bla bla —le dijo, agarrándola por la cintura y dándole un largo beso—. Pero déjame acompañarte un rato.

Fueron en silencio hasta la parada. Ella se sentía extraña y no sabía si hablar o callar. Enseguida llegó su autobús y se despidieron con otro beso.

De camino, Dámaris se preguntó cómo podría ocultarle a la otra lo que había pasado. Y si podría llegar a olvidarlo.

Continuará…

Amelia

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