Amelia

4×06. Cena de empresa

Vera llegó con la respiración entrecortada. Le dolían los pies por culpa de los zapatos nuevos, tras casi dos horas de plantón en el concierto navideño de su sobrino. Iba por obligación, porque su hermana se enfadaba, pero siempre llegaba tarde a la cena de empresa, pues solían coincidir las fechas.

Abrió la puerta del restaurante y buscó con la mirada. Sus compañeras de la oficina se encogieron de hombros: no habían podido guardarle sitio.

Tuvo que ocupar una silla en la esquina de la mesa, entre un tipo pálido de ojos verdes al que no había visto nunca y un árbol de Navidad decorado con bolas de colores. Había dos sitios vacíos frente a ellos y la gente de alrededor no parecía hacerles caso. El hombre le sonrió cuando colgó el abrigo y el bolso, aunque ella no le correspondió. Miró con cara de fastidio a sus compañeras, que reían y charlaban sin prestarle atención.

Se arrepintió de haberse apuntado a la cena. Las que la habían convencido bebían sin parar, como cada año, contaban chistes y se carcajeaban. Siempre acababa yéndose temprano, incapaz de seguirles el ritmo. Esta vez le tocaba pasar la velada junto a un desconocido.

—Hola. ¿En qué departamento estás? —preguntó él, con amabilidad—. Yo estoy en Publicidad. Me llamo Carlos.

—Hola. Yo, en Finanzas y Contabilidad. —Intentó mostrarse cortés—. No te he visto nunca.

—Suelo viajar mucho. A ferias y congresos, ya sabes. ¿Quieres cerveza? —le dijo, mirándola a los ojos mientras le pedía la copa.

—Sí, gracias.

—La verdad es que no me gustan mucho las cenas de empresa, pero siempre piensas que no está mal socializar un poco —confesó Carlos.

—Ya. A mí me pasa igual. Aunque este año no hay mucha gente con la que hacerlo.

—Quítate los zapatos. Nadie se dará cuenta —dijo él, guiñándole un ojo, ante su gesto de dolor.

—Gracias. Me están matando.

Carlos demostró ser un excelente conversador. Mientras los platos se sucedían, intercambiaron impresiones y anécdotas sobre los distintos lugares que habían visitado.

—¿Has estado alguna vez en Menorca? —preguntó él, mientras hurgaba en el plato de polvorones, buscando uno de su agrado.

—No. Mis padres vivieron allí un par de años, cuando mi hermana era pequeña. Siempre he querido ir.

—Pues… Yo suelo ir en junio, a un apartamento que fue de mis padres. Si quieres, vamos este verano.

—Para… para… —dijo ella, divertida—. ¿No estás yendo demasiado deprisa? Nos acabamos de conocer.

—Bueno, tienes razón. ¿Y si vamos esta Nochevieja? —bromeó él, llenándose la copa.

—Bueno, si sobrevivo a la Nochebuena, hablamos —contestó Vera.

Al finalizar la cena, se acercaron sus compañeras, con gorritos de Papá Noel y guirnaldas doradas al cuello.

—¿Qué tal, Vera? ¿Te vienes al pub de al lado a hacernos unos gin-tonics? —le dijo una, agarrándola del brazo—. Has estado muy sola toda la noche.

Vera se deshizo de ella con dificultad.

—No sé, creo que no. —Miró a Carlos y él le hizo un gesto negativo con la cabeza.

No le insistieron.

—¿Vives lejos? ¿Te pido un taxi? —preguntó Carlos.

—La verdad es que no. Podemos ir dando un paseo —dijo ella, cogiendo el abrigo.

—Ah, entonces, ¿no te duelen los pies? —se rio él.

—No, que he descansado ya. Pero si no quieres acompañarme…

—No, no. Vámonos. Yo tampoco tengo más ganas de fiesta.

El camino se hizo corto. Cuando llegaron al portal, Vera se puso nerviosa al buscar las llaves en el bolso. «Ay, qué tonta estoy. ¿Por qué me pongo así?».

—Bueno… Podríamos quedar algún día —dijo él, al ver su cara de apuro.

—Sí, claro. Si quieres te doy mi número de teléfono —dijo ella.

—No tengo el móvil aquí, pero apúntamelo en la mano. —Sacó un bolígrafo dorado y se lo tendió.

—Buenas noches. Encantada de conocerte —le dijo Vera.

Carlos se inclinó y le dio un beso leve en los labios.

—Igualmente. Recuerda, tenemos pendiente un viaje a Menorca.

Vera abrió la puerta y, cuando se giró para decirle algo a Carlos, este ya había desaparecido. Se dio cuenta de que se había quedado con el bolígrafo y lo metió en el bolso.

Pasado el fin de semana, el lunes de Nochebuena le tocaba trabajar de mañana. Carlos no había dado señales de vida y pensó que sería debido a los días festivos.

Durante el almuerzo, no pudo resistir la tentación de preguntar por él en Recursos Humanos.

—¿Carlos? ¿No sabes el apellido?

—No. Pero está en Publicidad —recordó Vera.

—Hay dos Carlos en Publicidad. López en el despacho 31 y Díaz-Jiménez en el 37.

—¡Gracias! —Cogió el ascensor y se dirigió a la tercera planta.

En el despacho 31 no había nadie y en el 37, un hombre de unos cincuenta años le indicó que él era Carlos.

—Y, ¿sabe si el del despacho 31 ha venido hoy? —preguntó, ansiosa.

—No. Me comentó que tenía un viaje con su mujer y sus hijos.

Vera se quedó de piedra. Murmuró un «gracias» algo forzado y se fue a su lugar de trabajo.

Pasó la mañana sin apenas tocar el ordenador, medio enfadada consigo misma por ilusionarse como una tonta. Contempló largo rato el bolígrafo de Carlos haciéndose toda clase de preguntas.

Llegó la hora de irse. Esa noche cenaba en casa de su hermana. Pasó por el mostrador y saludó a la recepcionista. Frente a ella se amontonaban los boletines de empresa que se editaban varias veces al año. Se fijó en uno de ellos, del año anterior. En la portada, entre las fotos de los empleados del mes de cada departamento, vio a un Carlos sonriente, con una nota: «Fallece en accidente de tráfico nuestro publicista más internacional, Carlos Santángel. D.E.P.».

—Oye, ¿conocías a este chico? ¿Qué pasó? —preguntó apurada a la recepcionista.

—Pues creo que venía corriendo a la cena de empresa, no miró al cruzar y lo atropellaron. Una lástima.

Amelia.

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