Ana

4×05. Capítulo 3. Habladurías

Me refugié en el hostal. La corrección de mi novela estaba ya casi terminada. ¿Qué remedio? Las llamadas de apremio del editor eran diarias. Necesitaba concentración y mi cabeza estaba aún más dispersa de lo habitual.

Al principio, pensé que acabaría allí mi estancia en el pueblo. La casa ya me incomodaba antes y, encima, encontrar el origen de la avería en las cañerías no estaba siendo nada fácil. Me cansé de los «seguro que mañana la encontramos» y de los «vamos a tener que picar un poco más».

Sin embargo, no me sentía acogida en la pensión. La dueña me exigió un pago por adelantado y refunfuñaba, cada vez que me veía, sobre los forasteros que se largan sin pasar por caja.

Pronto me di cuenta de que tampoco en la calle era bien vista por los vecinos. Les pillé en más de una ocasión observándome con poco disimulo y murmurando entre ellos al cruzarnos. Temí que me creyeran una esnob estirada de la capital y traté de ser amable, de socializar un poco, sonreírles e incluso iniciar alguna conversación. Pero mostraron una cerrazón inesperada.

Julio, el único al que parecía caerle bien, me dijo que no era por mí sino por la casa.

—Nadie esperaba que alguien la ocupara otra vez. Ha estado cerrada mucho tiempo —me explicó cuando volvimos a encontrarnos en la biblioteca—. A la gente del pueblo no le gusta esa vivienda. Se cuentan todo tipo de historias sobre ella. Me imagino que la mayoría son inventos, pero… tú misma dijiste que tiene algo raro…

Me angustié pensando que habrían asesinado a alguien allí. Aunque nunca he creído mucho en fantasmas, me pregunté si un espíritu se dedicaba al zapeo con mi televisión y a encender y apagar las luces a su antojo.

Julio me contó que en realidad nadie conocía a los dueños de la casa. Ni los vecinos más mayores, ni tan siquiera los más cercanos recordaban que alguien hubiera vivido allí más de unos meses. A veces, tenía inquilinos, como yo, que solían dejar el pueblo de forma precipitada.

—¿Cómo la encontraste tú? —me preguntó, mientras cerraba sus apuntes, dando por concluido el día.

—Bueno, la encontré por casualidad. Conozco un poco esta zona por Guillermo, mi exmarido. Él es de por aquí, de Villar de algo… no recuerdo el nombre. Cuando éramos novios, se empeñó en enseñarme todos los escenarios de su infancia.

—¿Y te la buscó él?

—¡No! No, qué va. Hace muchos años que no le veo.

Por alguna extraña razón me molestaba que Julio pensara que aún me relacionaba con él. Julio era alto, fornido, de cabello muy oscuro. No podía ser más diferente a mi exmarido, que pasó de ser flaco a gordito pero nunca fue una gran cosa. Aunque era divertido, e imaginativo, y a menudo inventaba historias, algunas de las cuales yo plagiaba en mis relatos de entonces. De hecho, recordé algo de una casa, de una casa extraña que había devorado a sus dueños…

—¿Cómo la encontraste entonces? —preguntó Julio, sacándome de mis recuerdos.

—Mi agente me convenció de que me fuera unas semanas fuera para corregir el libro. Sabe que me distraigo con cualquier cosa y que estar sentada delante del ordenador es lo que más me cuesta. Así que le pedí que me buscara algo rural. Esta calma me exaspera y no soy muy de caminar por el monte. Sin nada que hacer, es mucho más probable que me concentre —reconocí, un poco avergonzada.

—¿Tienes un agente? ¿Para qué?

Sonreí.

—Una agente literaria. Me facilita el contacto con las editoriales, me prepara las presentaciones, las firmas, las giras…

—¡Guau! Eres una escritora famosa.

—Bueno… No me conoces, no debo ser muy famosa —apunté, picajosa—. Gané un par de concursos con mis primeras novelas y las siguientes fueron superventas: La trilogía de las sombras. Incluso se habló de hacer una serie sobre ella aunque no llegó a cuajar el proyecto. ¿No te suena?

—Hum… Creo que sí. ¿Terror?

—Bueno, es una mezcla de policiaco y romántico. Ya te regalaré un ejemplar —dije, guiñándole un ojo—. ¿Por qué no me invitas a cenar?

Cerré el ordenador y salí con Julio de la biblioteca, que ya estaba a punto de cerrar.

Mientras dábamos cuenta de un buen vino de la comarca, le conté que había sido una inmobiliaria quien se puso en contacto conmigo.

—Nunca traté con los dueños directamente. Sin embargo, sí se refirieron al casero en varias ocasiones y cuando firmé el contrato había otra firma e incluso un nombre en el lugar del arrendador. De alguien tiene que ser…

El piso, cuando me lo enseñaron, no me había enamorado pero era extremadamente barato y lo cierto es que los primeros días, antes de que empezaran los crujidos y las luces, me había dado toda la calma que necesitaba para ponerme a trabajar. Bien pensado, me sentí bien allí hasta la noche que invité a subir a Hugo…

continuará…

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