Amelia

4×04. El cumpleaños

Sentía pinchazos en la cabeza y dolor en las sienes. Abrió los ojos y miró al techo. La fiesta de cumpleaños se le había ido de las manos. No debería haber bebido tanto cubata «para recordar viejos tiempos».

Se levantó y se dirigió a la ducha. Si se daba prisa, aún llegaría a tiempo al trabajo. El agua caliente se deslizó por su cuerpo y, mientras se lavaba el pelo, pensó en su vida durante esos últimos cuarenta años.

Sus padres habían sufrido mucho para traerla al mundo. Hasta el día de su nacimiento, su gestación había traído dolores de cabeza y causado múltiples desavenencias entre ellos. Así se lo habían contado a lo largo de su vida, aunque, finalmente, se sentían felices de haberla tenido.

Cuando era pequeña, muchos niños se reían de ella y recibía empujones y codazos en el patio de recreo. En su adolescencia, los típicos «te falta algo», «tienes que cambiar» y «no sirves para nada» la hicieron plantearse su existencia. A los catorce años sus padres la enviaron a un campamento de verano en Holanda y lo que aprendió allí la ayudó a centrarse en sus estudios y a ser un poco más abierta con el resto del mundo.

A pesar de aquella experiencia, nunca más se atrevió a visitar el extranjero, por mucho que sus padres la apoyaran e inculcaran el sentido de la independencia. Le parecía que su sitio estaba en España y que debía forjarse un porvenir en su país de origen.

La crisis hizo tambalear su economía. Aunque era especialista en Derecho Civil, de pronto se vio sin trabajo. A los treinta y tres años tuvo que modificar sus hábitos de vida y reorganizar sus gastos con el fin de llegar a un equilibrio económico que le permitiera vivir con desahogo.

Celebraba sus cumpleaños con una energía inusitada, como si se fuera a terminar el mundo. Un concierto, una gran cena, baile toda la noche… Se rodeaba de gente que la quería y la respetaba, pero sus amigas a veces se equivocaban de compañía. El año anterior, sin ir más lejos, una amiga había invitado a unos tipos que habían terminado en la cárcel por propasarse.

Recordó haber tenido miedo de ellos y de sus afirmaciones. La insultaron, llamándola vieja sosa, antigua y otras lindezas.

Mientras se vestía, observó las arruguitas que se le habían formado bajo los ojos. Se notaba cansada. Tenía el cuerpo algo flácido. Quizá no le vendría mal una inyección de bótox, una liposucción o, simplemente, una mascarilla relajante. No le apetecía un aumento de pecho ni una rinoplastia, como habían hecho algunas de sus amigas. Le parecía que eran cambios demasiado drásticos y, al fin y al cabo, Constitución era como era y no le gustaba mucho innovar.

Aunque quizás una renovación no le vendría mal…

Amelia.

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