Amelia

4×02. Incompleta

—Entonces, ¿qué somos? —preguntó Tania, envolviéndole en un abrazo.

—Pues… amigos… ¿no? —contestó él. Le dio unos besitos en el hombro y la miró, divertido.

—Bueno… yo esperaba… no sé… —titubeó un par de segundos—. Como llevamos un tiempo así, viéndonos, estamos a gusto y tal… Pues podríamos hacerlo oficial, ¿no?

—Verás… Me gustas mucho, eres una tía estupenda, nos llevamos bien… pero… te falta algo, ¿sabes? No me imagino… casándome contigo, por ejemplo.

Si le hubiera dado una puñalada en el pecho y hubiera retorcido el cuchillo no se habría sentido peor. Años atrás, cuando estudiaban en la Facultad, habían tenido un escarceo, un lío sin importancia si ignoraba el hecho de que él le había puesto los cuernos a su novia con ella. Al volverse a ver unos meses antes, ella creía que la llama había resurgido de nuevo. Cenas a la luz de las velas, paseos por la playa, regalos sorpresa… Tania creía haber encontrado, por fin, al hombre de su vida.

Hizo como si no le afectara y continuó besándole. «Al menos voy a disfrutar esta noche», pensó.

—Mira, Tania, eres una chica muy competente. La verdad es que tu proyecto es muy atractivo —le dijo la directora, revisando los documentos—. Pero te falta algo… no sé cómo explicarlo. No creo que puedas hacer frente al cargo que deja Lola. Hemos pensado que Esther puede ocupar su puesto mejor que tú.

Recogió los papeles de su proyecto y se marchó del despacho. Fue al cuarto de baño y se miró en el espejo. Pelo, frente, dos orejas, dos ojos, una nariz, una boca… Tenía todas las extremidades. ¿Por qué justo ese mes dos personas le habían dicho que le faltaba algo?

Se acordó de algunos profesores de la Universidad. Varios dieces, ninguna matrícula de honor, «estás a puntito, pero hay un par de detalles que, claro, no te hacen merecedora de la matrícula».

Lo tenían claro, pero ella no. Seguía sin entender qué era ese poquito que le evitaba alcanzar sus objetivos, qué era ese poquito que, al parecer, los demás poseían y ella no.

Una mañana de domingo demasiado calurosa para el mes de noviembre salió a pasear. Con las manos en los bolsillos, se dedicó a curiosear entre los puestos diseminados por el paseo marítimo. Unas cuantas oenegés promocionaban sus proyectos y vendían sus productos para recaudar fondos.

Juguetes usados, bisutería de segunda mano y algunos libros se amontonaban junto a un puesto con un gran cartel que decía: «Rastrillo solidario». Se paró a curiosear y le preguntó al joven que lo atendía:

—¿Cuánto valen los puzles? —Su sobrina cumplía años en un par de semanas y le encantaban los rompecabezas.

—La voluntad —contestó con amabilidad, mostrándole un par de ellos.

—¿Y eso? —Tania los sopesó y miró las cubiertas: Frozen, Cars y el castillo de Neuschwanstein se repetían.

—A algunos les falta una pieza.

—¿Y por qué los vendéis? Si les falta una pieza son inservibles, ya no valen para nada —preguntó ella, dejándolos en el mostrador.

—No son inservibles. Los hemos revisado y, aunque les falten una pieza o dos, se pueden montar. Tenemos la mala costumbre de tirar a la basura lo que creemos incompleto, cuando aún es aprovechable.

—¿Y si mi sobrina se queja? A ver si va a echar de menos alguna pieza importante.

—Bueno, cualquiera te diría que todas son importantes. Pero te puedo decir que estos puzles son igualmente válidos aunque les falte una pieza. Solo hay que saber valorarlos.

Tania se rio. Se notaba que el chico quería conseguir dinero para su oenegé.

—Bueno, me has convencido. Me voy a llevar estos dos —le dijo, señalando un par de ellos y dándole un billete—. Al fin y al cabo, es por una buena causa.

—Por supuesto. Seguro que tu sobrina se lo pasará pipa montándolo.

Cuando llegó a casa, buscó papel de regalo para envolver los puzles. En la bolsa que le había dado el joven encontró un folleto informativo con un número de teléfono y un mensaje escritos a lápiz: «Si te falta alguna pieza, llámame y la buscamos juntos».

Amelia

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