Ana

4×01. Capítulo 1. El cuadro

—¿Es un antepasado tuyo?

Estaba sobre mí, mis piernas rodeaban su cintura y, por un momento, dejó de prestarme atención. Su mirada se entretuvo en la pared.

—¿Qué?

Me sentía al borde del paroxismo. Los espasmos se abrían paso ya en la parte baja de mi abdomen, pero su incongruente comentario me despistó.

Hugo bajó el ritmo y el agradable cosquilleo se me escapó de la piel. Señalaba con firmeza algo detrás de mi cabeza mientras inclinaba un poco la suya. Noté cómo su erección disminuía y con ella mi excitación. Lo empujé un poco para que me dejara moverme. Me envolví con la manta del sofá, no porque de repente sintiera una ilógica vergüenza de película americana, sino porque la ausencia del calor de su cuerpo me hacía tiritar.

Seguí su mirada hasta el cuadro de la entrada, junto a la puerta, entre el telefonillo y el perchero, del que colgaba desordenada mi ropa.

—¿Es tu abuela?

En el lienzo, un hombre con sombrero y capa daba de comer un puñado de hierba a un caballo.

—¿Cómo va a ser mi abuela? Es un señor.

—¡No! Ja ja.

Hugo se levantó y caminó descalzo para señalar las figuras de la esquina.

—Esta. Es idéntica a ti.

Yo me había quedado mirando su espalda. El tatuaje de una rama de olivo le bajaba desde el omóplato hasta la nalga derecha. Aparté con desgana la vista para observar lo que señalaba con vehemencia.

—Dime, ¿quién es?

Un grupo de mujeres observaba la escena del caballero. Una de ella, un poco más joven que el resto, se apartaba el pelo de la cara con una mano, mientras con la otra se arremangaba la falda

—No sé, este cuadro estaba ya en la casa cuando la alquilé. No tiene nada que ver conmigo.

La casa era extraña. Crujía y, a menudo, el viento golpeaba con tanta violencia las paredes que parecía a punto de salir volando. Por no hablar de los aparatos eléctricos que se encendían o se apagaban sin que nadie los accionara. Más de una noche, la televisión o la radio se ponían en marcha o se desconectaban educadamente cuando yo me quedaba dormida en el sofá. Pero era barata y no me podía permitir nada mejor. Además, tenía unas maravillosas vistas a la montaña.

Suponía que en primavera y verano el pueblo debía de llenarse de senderistas y antiguos vecinos. Pero, a las puertas del invierno, apenas un centenar de personas ocupaban las casas. Me habían advertido de que con las nieves se quedaba aislado. Sin embargo, no pensaba quedarme tanto tiempo. Solo necesitaba dos meses de trabajo intensivo para acabar, de una vez, con la corrección de la novela. La editorial me había advertido de que si no entraba para la campaña de Navidad no se comprometían a presentarla. Mi último libro apenas se había vendido y el contrato pendía de un hilo.

Encendí la luz general, suponiendo que los fantasmas del cuadro se evaporarían y Hugo querría volver a la faena. Cogí una de las copas de tinto que se habían quedado sin tocar y me mojé los labios.

—No me parezco en nada —dije, poniéndome a su lado—. Pero este de aquí se parece a mi exmarido.

Detrás de las mujeres había un bosquecillo del que emergían algunos hombres. El enorme cuadro, como la mayor parte de la decoración de la casa, me parecía rancio y un poco inquietante. Aunque no tanto como para molestarme en quitarlo.

—¿En serio?

—Sí. Se dejó un bigote así de ridículo. Decía que le hacía más atractivo. Igual a su amante le ponía —resoplé. Lo cierto es que no había pensado en Guillermo desde hacía mucho y aquel no era el mejor momento para recordarlo.

Hugo se acercó a besarme pero yo ladeé la cabeza, sonreí por compromiso y mentí, diciéndole que estaba cansada. Eran poco más de las doce y sabía que él prefería no volver a su hostal, pero mi libido se había precipitado, sin que nada la retuviese.

—Vamos… —susurró y su mano volvió a estar entre mis piernas.

Aunque desganada, le dejé seguir. Era un amante delicado y certero y me supo demostrar que su lengua era hábil no solo para hablar.

Nos habíamos conocido unas horas antes, en el único bar abierto del pueblo. A pesar de que no me gustan esos tugurios, donde los hombres juegan al dominó o a las cartas mientras un único café se enfría durante toda la tarde, me había acercado, al borde del colapso. Llevaba diez horas seguidas de cara al ordenador, tratando sin éxito de reconstruir una escena, peleando con los gerundios que salían de debajo de las comas. Ni siquiera había parado a comer y lo último que me apetecía era ponerme a cocinar. Cuando estoy cansada no atino a acertar con los ingredientes y acabo obteniendo resultados incomibles.

Así que bajé al bar, pedí un pincho de tortilla y me arrellané en la barra con una caña bien servida y el wasap echando humo. En la única mesa ocupada se jugaba un ajedrez, y no vi que Hugo era uno de los contrincantes hasta que el público prorrumpió en exclamaciones, cuando hizo un jaque mate inesperado. O eso me explicó cuando empezó a parlotear a mi lado.

Era fotógrafo. Le habían encargado un reportaje sobre rincones encantadores de otoño y huía de los más típicos. Al día siguiente se internaría en los hayedos. Para evitar que se le echara la noche encima había buscado alojamiento en el pueblo de sus abuelos, por donde hacía más de veinte años que no pasaba. Me contó que era freelance y que tenía varios proyectos pendientes. Y se interesó por mi novela. Fingió haber leído alguno de mis libros. Con habilidad y sin disimulo se hizo el interesante y unas cañas más tarde me acompañó a casa con la excusa de bebernos una de las botellas de vino que había comprado en la cooperativa, a la entrada del pueblo.

Fue agradable dormirme en sus brazos, al calor de su cuerpo. Le agradecí que no me despertara para despedirse. Lo más probable es que no volviéramos a vernos.

Por la mañana, despejada y de buen humor, preparé café y me senté otra vez frente al ordenador.

continuará…

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