Amelia

3×52. Punto y aparte

Marina se miró en el espejo. Se vio atractiva, a pesar de las canas que asomaban en las sienes, las arruguitas de los ojos y los kilos de más. Estaba harta de que le echaran en cara sus defectos. Cada vez que quería comenzar una relación, la persona en cuestión parecía anotar solo aquellas imprecisiones que la hacían ser ella misma.

«Te falta algo» le había dicho su última pareja, un compañero de trabajo. Y se quedó pensativa, repasando mentalmente su cuerpo, por si acaso era cierta aquella afirmación.

Cogió la maleta de la estantería superior del armario y suspiró. Se merecía aquel viaje. Lo tenía todo planeado. Comenzó a sacar la ropa. Se quedó inmóvil, con la mano metida en el cajón.

El viento soplaba con fuerza en aquel desierto de arena roja. Tapado hasta las orejas, un hombre trataba de avanzar. Las botas se hundían a cada paso que daba y el cansancio hacía mella en él. Necesitaba llegar a la Urbe antes del toque de queda. De lo contrario, cerrarían las puertas y quedaría a merced de los No Vivos.

Llevaba noticias de la Aldea. En un tubo escondido entre sus ropas se hallaba la posible cura para el virus que había mermado la población. Ese día el aire se había aliado en su contra y parecía querer impedirle su objetivo. Un golpe de viento lo dejó parado, con los pies metidos en la arena.

—Vamos a jugar a los Hombres Lobo —imploró Patricia.

—Vale, hago yo de narrador—dijo David, cogiendo las cartas—. ¿Qué dejamos? ¿Tres Aldeanos, dos Hombres Lobo, la Vidente, la Bruja, el Cazador y la Niña Pequeña?

—No, cambia a la Niña Pequeña por Cupido —dijo Bea—. Que la Niña Pequeña es un rollo. Eso de intentar que los Hombres Lobo no te pillen es muy complicado.

David se dispuso a repartir las cartas y se quedó congelado, con la mano dirigida hacia Sonia, que también se había quedado paralizada, esperando a que él le diera su personaje.

La puerta se abrió. Al otro lado no había nada. Vera tuvo miedo de traspasar el umbral. Olía a nada. Ni un leve olor a madera, a lejía, o a antiséptico. La ausencia de colores y olores la atemorizaba, pero sabía que debía pasar al Otro Lado si quería descubrir la verdad sobre su familia. Demasiados años esperando ese momento. Por fin la puerta estaba abierta. Puso un pie frente a ella. Se quedó petrificada, con la decisión pintada en su rostro.

—¿Qué tal el viaje por Tanzania? —preguntó Amelia, mientras sorbía la horchata con granizado de café y vigilaba de cerca a Sofía.

—Muy bien —contestó Ana—. Aunque he visto pocos animales. Me gustó más el del año pasado. Y tú, ¿qué tal?

—Pues nada, nos fuimos a un balneario en Alhama de Aragón y luego estuvimos en Benicasim, en la playa. Sofía disfruta mucho del agua.

—¡Y de andar! —exclamó Ana, señalando a la niña, que perseguía a las palomas de alrededor.

—Sí, jajaja. Oye, ¿qué vamos a hacer con el blog? Nos falta poco para terminar.

—Pues, no sé. Por un lado me parece que no deberíamos dejarlo, pero, por otro, creo que deberíamos dedicarnos a escribir más en serio, presentarnos a concursos…

—Sí, tienes razón. Llevamos ya tres años de relatos, pero es verdad que, al final, nos falta tiempo para escribir más enfocadas a concursos, o nuestra novela… ¡Sofía! —dijo Amelia, corriendo a por la niña, que se había alejado—. Y, encima, yo me voy a incorporar a jornada completa y Sofía está creciendo… Buf, es complicado.

—Entonces, ¿qué hacemos? Cuando lleguemos al relato cincuenta y dos de la tercera temporada, ¿ponemos punto final?

—Mmm, no sé. Me gusta escribir y llevar el blog nos obliga un poco…

—¿Qué te parece si continuamos, pero no tan seguido? En vez de cada dos semanas, una vez al mes cada una… —reflexionó Ana, mientras terminaba su horchata.

—Vale. Y podemos hacer reseñas cortas de libros que leamos o hayamos leído, aunque este verano poca cosa he podido leer.

—Me gusta la idea. Ponemos un punto y aparte cuando lleguemos al relato cincuenta y dos y revisamos los relatos que tengamos a medias… y nos organizamos.

—¡Genial! Cuéntame más cosas de tu viaje, anda.

Amelia

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