Ana

3×51. No se puede tener todo

El día que desaparecí se armó mucho revuelo. Mi madre puso el grito en el cielo. Le echó la culpa a Víctor por no prestarme atención. Víctor dijo que yo era mayorcita, que no podía estar vigilándome todo el día y acusó a mi padre de malcriarme. Elevó mucho el tono mientras se quejaba de mi falta de orientación, de mi mala memoria y de mi incapacidad para tomar decisiones por mí misma. Según él, la responsabilidad era de mis progenitores, especialmente de la parte masculina, que siempre temía que a su niñita le hicieran daño, y pasó toda mi adolescencia recogiéndome en coche de cualquier sitio al que a mí se me hubiera ocurrido ir.

Víctor gritaba, pero papá no le escuchaba. No porque tuviera algún problema de oído, lo cual tampoco habría sido tan raro, a sus ochenta y dos años, sino porque, como de costumbre, su cuerpo andaba en un sitio y su mente en otra.

Esa habilidad me daba cierta envidia. No porque aspirara a estar enferma, claro, sino porque siempre creí que el caso de mi padre no era un alzhéimer al uso. Nunca parecía triste ni nos miraba sin reconocernos. Cuando le preguntabas algo te contestaba de forma pausada, tal y como lo había hecho toda su vida. Pero la mayor parte del tiempo no prestaba atención a lo que tenía a su alrededor. Siempre habíamos hablado mucho de lo maravilloso que sería poder dejar nuestras vidas rutinarias y recolocarnos en otras, más a nuestro gusto. Papá y yo éramos mucho de divagar.

Víctor tenía algo de razón cuando se quejaba de mi poca independencia. Siempre me resultó más fácil dejar que otros tomaran las decisiones por mí. Incluso nos hicimos novios y luego nos casamos porque él se empeñó. No es que no me gustara pero tampoco me despertaba ningún sentimiento especial. Simplemente, me dejé llevar.

Cuando tuvimos a Hugo, pareció que aprendí a elegir, porque me volví muy resolutiva con sus cosas. Aunque, en realidad, siempre acababa por hacer lo que al niño le hacía más feliz. Pero eso no quiere decir que lo malcriara, para nada. Se convirtió en un chico maravilloso y muy capaz de tomar sus decisiones. Víctor no entendía cómo yo podía transmitir algo que, según él, no tenía.

Hugo se asustó mucho cuando yo desaparecí. Pobre, me había acompañado a hacer la compra para la cena de aniversario. Su padre y yo cumplíamos veinticinco años y a él le hacía ilusión celebrarlo con toda la familia. Se subió las bolsas mientras yo buscaba aparcamiento. Habían bloqueado la entrada al parquin del edificio y en algún sitio había que dejar el coche.

Víctor rugió que cómo se le ocurría dejarme sola y aventuraba que yo daría vueltas con el coche por las calles sin decidir nunca qué sitio era el adecuado. Demasiado lejos, demasiado estrecho, una parte del barrio con mala pinta… seguro que yo iba poniéndole pegas a todo.

Sin embargo, cuando la policía empezó a buscarme, encontraron el coche correctamente estacionado en la calle de atrás, a menos de trescientos metros del portal. ¿Entonces? ¿Dónde estaba? ¿Me habría atacado alguien?

La verdad es que me gustó saber que se preocupaban. A la madre de Víctor le inquietaba que la tarta que había traído para el postre se pusiera blanda antes de que me encontraran. Por su parte, mi cuñada empezó a llamarme por teléfono, pero al comprobar que mi móvil estaba fuera de cobertura se distrajo leyendo los últimos tuits. Tal vez pensaba que los foros de opinión estaban debatiendo ya las razones de mi ausencia.

Yo pensé que no estaba muy bien desaparecer sin despedirme. Que es feo cuando los demás no saben por qué ya no haces lo mismo de siempre. Es cierto que mi vida no era muy excitante y llevaba tiempo deseando cambiar. Pero tampoco pensé que todo fuera así, tan rápido. Una noche vas caminando a la luz de las farolas, pensando en que se te han olvidado las tostadas y que dónde vas a untar el paté y ese humus tan rico que has preparado y de repente estás tirándote en paracaídas y el Serengueti se extiende a tus pies, mientras en tu cabeza surgen los recuerdos de todas esas experiencias exóticas a la que te has apuntado en los últimos años, «porque la vida es muy corta y hay que exprimir todo el jugo».

En esta otra vida, Víctor se llama Lucas y admira mi decisión y mis ganas de aventura. En este mundo del revés Hugo no existe, porque decidimos no tener hijos. Lo echo un poco de menos, porque esa conexión que tienes con tu vástago es difícil de experimentar de otra manera. A cambio, papá está despierto todo el tiempo y su mente no vaga lejos de su cuerpo sino que mantiene ambos en forma. Es raro, porque mi padre es la única persona de mi otra vida que se repite en esta.

El revuelo que se montó cuando desaparecí antes de untar los canapés lo vi en un sueño. Lucas se ríe cuando le cuento estos sueños tan vívidos que tengo, en los que nunca he salido de mi ciudad, dejo que otros decidan por mí y un mocetón de veintitrés años me llama a diario desde Dinamarca, donde está de erasmus, porque no puede vivir sin su madre.

Supongo que no se puede tener todo…

Ana

 

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