Amelia

3×48. El último día

Martina recorrió la orilla con los pies desnudos, dando pequeños pasos. Dejaba que las olas la acariciaran de tanto en cuando y respiraba la brisa húmeda procedente del mar.

Esa misma mañana, Xavi se había largado con la peña ciclista, como acostumbraba a hacer todos los años, y la había dejado sola con los niños y la faena de recoger el apartamento. Cada 31 de agosto, la misma historia: marido a la fuga en bicicleta, dos pequeños estorbos a la hora de limpiar y una mujer cansada del mes de “vacaciones” que terminaba.

Cuando se disponía a poner lavadoras y hacer camas con la ropa limpia, su vecina Karen había aparecido como un ángel salvador. «Anda, vete a darte una vuelta a la playa. Yo me quedo con los niños un rato». A pesar de sus protestas, había conseguido que Martina se enfundase en el bikini y luciese un pareo nuevo que no había visto la luz aún.

Hacía tiempo que las vacaciones eran solo para los demás. Al llegar Pol a sus vidas, ella y Xavi habían dejado de viajar. «El niño cuesta mucho dinero, mejor alquilamos un apartamento y así disfrutamos de la playa que tanto te gusta», le había dicho. El trato le pareció bueno. El primer año disfrutaron del niño y la playa. El vecino de al lado montaba en bici por las mañanas y convenció a Xavi para comprarse una. Un día sí y otro también, su marido salía con la peña ciclista: paseo de cuarenta kilómetros, almuerzo en el bar del pueblo… Así que sus vacaciones se redujeron a dar el desayuno a Pol, arreglarlo, vestirlo, bajarlo a la playa, jugar con él, preparar la comida, pasar la tarde junto a la piscina mientras su marido dormía la siesta y hacer la cena.

Con Iris la faena se había duplicado. Xavi pasaba las horas con la bicicleta, ella las pasaba en el apartamento lidiando con los dos pequeños. El último día siempre era de despedida de la peña ciclista, con un almuerzo mastodóntico. Ella se despedía con una limpieza a fondo y la preparación de las maletas.

Aspiró profundamente el aire, como si pudiera contenerlo en los pulmones y llevárselo a la ciudad. Se despojó del pareo y las chanclas y se adentró en el agua. Dejó que las olas la mecieran y acunaran y soñó con alargar las vacaciones. En un mundo ideal, Xavi y ella pasaban tiempo juntos, se ocupaban de los niños y no había bicicleta ni almuerzos fuera de casa.

Salió del agua y recogió sus cosas. Ignoraba la hora, pero pasar más rato paseando sería abusar de Karen. De camino al apartamento no se encontró con apenas gente y pensó: «Cómo se nota que es 31 de agosto y ya estamos haciendo las maletas».

Junto a la puerta estaba la bicicleta de Xavi. Se extrañó, no creía haber estado tanto rato en la playa. Entró y no vio a Karen ni a los niños. Se asustó y fue a la habitación. En la cuna descansaba Iris y, a su lado, en una cama pegada a la pared, Pol. ¿Dónde estaba su amiga?

Un ruido detrás de ella la alertó y se giró, sobresaltada. Su marido la miraba con cara soñolienta.

—¿Qué haces? Para un día que no se levantan antes que nosotros… Anda, vuelve a la cama —dijo él, abrazándola—. ¡Ay, estás mojada!

—Sí… Es que… he ido a la playa a bañarme —contestó ella, sin entender nada.

Miró la muñeca de su marido, en la que brillaba un reloj. Las seis de la mañana. 31 de agosto. ¿Cómo era posible? Xavi la cogió de la mano y la dirigió a la habitación.

—Aún me quedan dos horas para dormir antes de irme con los chicos. Ya sabes, hoy es el último día y toca despedida —le dijo él.

—Sí, claro. Ahora iré, voy a ducharme.

Se deshizo de su abrazo y esperó hasta que oyó a su marido tumbarse en la cama. Salió del apartamento con sigilo y contempló la bicicleta. Suspiró. Se sabía de memoria las partes de su gran enemiga, tras los múltiples monólogos de Xavi comentando sus bondades. Localizó la puntera desmontable de cambio y le quitó el tornillo. No contenta con eso, pinchó ambas ruedas. Buscó la mochila de Xavi y escondió los parches. Quizás era una oportunidad para pasar en familia el último día de vacaciones.

Amelia

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