Amelia

3×44. Viejas glorias

Se contempló en el espejo. La imagen que le devolvió no le gustaba, así que se echó polvos, se puso colorete y se pintó los labios. Quería estar presentable.

—Adelante —indicó, cuando llamaron a la puerta.

—Buenos días, soy Jerry, su nuevo auxiliar —se presentó.

Ella entornó los ojos y, suspirando, tomó las gafas y se las puso. Por más que se empeñara, su vista no era la de antes. Miró al joven de arriba abajo. Era alto y moreno, con una sonrisa que le resultaba acogedora. Vestía el uniforme azul de los auxiliares de la residencia Muttering Heights y lucía una plaquita con su nombre de pila en un bolsillo a la altura del pecho. Quizás le iba a gustar más que el anterior, un tipo que la trataba como si fuera una vieja chocha.

—Buenos días, Jerry. Soy Betty. Aunque eso ya lo sabes.

—Sí, señora. Ya me han informado de los pacientes que debo atender.

—¿Y qué te han dicho de mí? ¿Que soy una vieja amargada y rencorosa? —Los ojos azules de la anciana chispearon por unos instantes.

—No, señora. Que tiene usted un humor… peculiar —contestó él, haciendo una pausa para buscar el adjetivo—. Pero no hago caso de lo que me dicen. Prefiero conocerla en persona y formarme mi propia opinión.

—Bien dicho. En mis tiempos, habrías sido un ayudante estupendo. Anda, ayúdame a levantarme.

Jerry se acercó a ella y la colocó en la silla de ruedas. Acto seguido, se dispuso a salir de la habitación.

—¡Eh! ¿Adónde me llevas? —protestó la anciana.

—Pues al fisioterapeuta. Es lo que indica el horario —contestó, señalando unas hojas situadas en la puerta.

—Ni hablar. A mí no me toca nadie sin que haya desayunado, así que llévame al comedor.

—Si son las diez de la mañana. El comedor está cerrado. Pensé que ya le habían traído el desayuno…

—Esos inútiles del comedor no se aclaran. Me han traído una birria de leche malteada y una tostada con mantequilla. Yo quiero unos buenos huevos fritos con beicon, judías y salchichas. Así que arréglatelas como puedas.

Jerry suspiró. Ya le habían advertido del carácter de la famosa Betty Foster, actriz de Hollywood que ahora pasaba sus días en la exclusiva residencia de ancianos. En realidad, su fama se debía más a su carácter insoportable que a sus papeles en la gran pantalla. Trataba de manera despótica a sus ayudantes, les hacía jugarretas a otras actrices para hacerles quedar mal y llegaba tarde a los rodajes a propósito, para enfadar a directores y productores.

Su enemistad con otra actriz, Joanne Carter, había sido legendaria. Fue la única en plantarle cara y los dueños de la Warner se aprovecharon de aquella no-relación para ganar dinero a costa de ellas. Las unieron en varios taquillazos, fruto de rodajes de pesadilla para el resto de actores y actrices, hasta que Joanne decidió dejar el cine, casarse con el multimillonario George Jefferson y abandonar su vida pública.

Los años no habían pasado en balde. La bruja se había convertido en una vieja bruja y había sobrevivido a sus compañeras. Se dedicaba a hacerle la vida imposible a los que la rodeaban, pues no sabía hacer otra cosa.

Incluso quiso el azar que Joanne Carter pasase sus últimos meses en la misma residencia aunque, de manera inexplicable, su comportamiento con ella había sido el de una vieja buena amiga.

Las primeras semanas, Jerry se esforzó por contentarla. Su labia y sus buenas maneras consiguieron que le sirvieran el desayuno a la hora que quisiera, que se saltase el horario del fisioterapeuta, que le abrieran la sala de cine para ver sus antiguas películas… Al no ver al joven rechistar, la vieja bruja fue suavizando su carácter y dejó de lado sus exigencias, a menudo incongruentes.

Las charlas con el joven, además, le interesaban. Su formación era excelente y no entendía qué hacía en aquella residencia de ancianos, cuidando de «viejas glorias», como se llamaba a sí misma y a sus compañeros.

—¿Sabes, Jerry? Ojalá hubieras estado aquí antes… Me cuidas como nadie —le dijo ella un día, mientras la llevaba a pasear paseaban por el jardín.

—Gracias, señora Foster.

—Te he dicho que me llames Betty… ¡Solo a ti te lo permito! —protestó ella. Continuó, bajando el tono de voz—: Ven aquí, que voy a contarte un secreto.

El joven dejó de empujar la silla de ruedas y la situó bajo un árbol frondoso, donde daba la sombra.

—¡Soy todo oídos!

—Supongo que sabrás quién fue Joanne Carter… —Ante el gesto de asentimiento de Jerry, prosiguió—: La verdad es que nunca fuimos amigas y menos aún en sus últimos días…

»Ignoro si sabes que los pasó aquí, en Muttering Heights, y que hice lo posible por que fueran los menos posibles. No me mires así. Fue fácil engañar al idiota de su cuidador, se pasaba el rato cortejando a mi Mary Rose. Le cambié las pastillas unas cuantas veces hasta que murió, la muy perra. Lo mejor fue que sus últimas palabras fueron de agradecimiento… ¡a mí! No, no exagero. Despidieron a su cuidador y a Mary Rose, les echaron la culpa del cambio de medicación. Pobres… ¿Soy tan mala?

Jerry había guardado silencio todo el rato. Reflexionaba sobre si hablar o no. Al fin dijo:

—Entonces, ¿Joanne Carter murió por su culpa?

—Sí, claro. Yo me encargué de esa vieja bruja. No podía permitir que la trataran mejor que a mí, que fuera ella la estrella aquí, la buena, la simpática… —Los ojos de la anciana chispeaban de rabia.

—Bien. Así no tendré remordimientos cuando usted fallezca—dijo él, mirándola a la cara.

En el jardín no había ni un alma. Jerry cogió la almohada que siempre llevaba por si Betty quería sentarse en un banco y se la puso en la boca. Al poco tiempo, la cabeza de la anciana colgaba hacia un lado.

El joven la dejó bajo el árbol, como si durmiera plácidamente. Fue a los vestuarios, se cambió de ropa y salió de la residencia. Por fin había vengado a su abuela.

Amelia

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