Ana

3×43. Recuerda

La explosión me levantó en el aire y me transportó a varios metros de distancia. El golpe seco, en la espalda y en la cabeza, me dejó aturdida. Después llegaron el humo, el polvo y el zumbido en los oídos. Luego nada.

Antes nada.

Cuando desperté en el hospital ese era mi único recuerdo. Me sentía el personaje de una vieja película. Me recordaba trabajando, corriendo o amando. Pero los rostros difusos de mi memoria no se asemejaban en nada a las caras que se detenían a pocos centímetros de la mía. No reconocía los labios que se posaban en mi mejilla, las voces de ánimo, las palmas de las manos tocándome el brazo o revolviéndome el pelo.

Me hablaron de algunas fracturas, nada serio. Era normal que la conmoción me desorientara. Amnesia por shock, explicaron.

El psicólogo tiró del hilo de mi memoria.

El edificio de oficinas del ayuntamiento había saltado por los aires. Conocía bien la entrada, donde un policía miraba con aburrimiento la pantalla del escáner a través del que pasaban todos los días bolsos, maletines y carpetas. «¿Ibas a hacer una gestión? ¿Por qué salías de allí». «No lo sé. No recuerdo».

El semáforo. En rojo justo en la esquina. Podría haber cruzado por el siguiente. Podría haber estado en verde. Unos segundos me habrían salvado del impacto.

Dice esa mujer mayor que me llama hija mía y me besuquea las manos, que trabajo en una tienda, a unas calles de distancia. También dice que me gusta dar largos paseos y pisar las hojas secas de otoño. Eso explicaría por qué estaba allí, en esa calle y no subiendo la persiana de la entrada a las diez de la mañana.

Aún hace calor. Alguien ha dejado unas flores en un vaso. Unas margaritas que han perdido la mitad de los pétalos. La primavera me hace estornudar, pero me gusta el otoño, con los días más cortos y los colores pardos y rojizos.

Mi casa está revuelta. Víctor dice que soy algo desastre, que últimamente estoy despistada, que me paso las horas con la nariz metida en la tablet, que leo todo el día y apenas lo escucho.

Por lo visto, aquella mañana el café que él me dejó preparado se quedó en la cafetera, el vaso de zumo a medias, la novela que me regaló el día anterior aún sin abrir. Había sido mi cumpleaños y lo celebramos con unos cuantos amigos en la terraza, donde las noches aún no son demasiado frescas. Soplé las velas, las que se resumían en un signo de interrogación, cuando, coqueta, me negué a desvelar los años.

El psicólogo sigue indagando y a mí me duele la cabeza. Confusa, miro mi tablet. No me reconozco en las fotos. En el perfil de Facebook hay decenas de mensajes de extraños que me desean una pronta recuperación.

Leo las noticias. Hablan de siete muertos en el atentado y decenas de heridos. Buscan a los causantes. Piensan en algún grupo integrista. De fuera o quizá de dentro.

«No debía haber muerto nadie». Me despierto en mitad de la noche, con ese pensamiento golpeándome las sienes. Un recuerdo abstracto que se abre paso despacio y se expande como un gas, ocupándolo todo.

Y, poco a poco, rememoro las reuniones clandestinas. Los «esto tiene que cambiar» y los «tenemos que hacer algo». «La situación es imposible. Nos chupan la sangre. Siempre son los mismos los que se quedan el dinero». Me oigo diciendo «solo vamos a darles un susto, es un explosivo suave, solo hará un poco de humo». Y veo el rostro de Víctor, que sonríe y añade un poco más de esos polvos. «Recuerda, solo vamos a hacer ruido».

Ana

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