Amelia

3×42. Malas influencias

Agitó su larga melena morena y dijo a la cámara: «Gracias, guapis, hasta la próxima».

Apagó la sesión de Instagram live y se recostó en la cama. Contempló su habitación. En la pared blanca donde se apoyaba el cabecero de forja había una frase en vinilo: «Live your dreams». La colcha fucsia de Gato Ruiz del Pardo destacaba entre la blancura de estanterías y marcos con frases inspiradoras.

Consultó en su perfil el número de seguidores: 25.345. Y subiendo. Aún no se sentía satisfecha. Necesitaba más para que las marcas comenzasen a fijarse en ella y sus esfuerzos por conseguir cosas gratis diesen sus frutos. Por ahora, solo había obtenido un lote de productos de Syrian Magic, la crema de las celebrities, gracias a su efusiva promoción en su blog sin ni siquiera probarla. Tantas habían sido las bondades contadas sobre el producto que sus ventas se habían disparado en España.

La foto de su desayuno con la caja de cartón de las famosas galletas Pontaneda le había conseguido más seguidores gracias a una polémica iniciada por un famoso nutricionista, que se quejaba de la publicidad encubierta que hacían los influencers. Muchos estaban de su lado: La morena del quinto, como se hacía llamar, podía desayunar lo que quisiera, ya que disfrutaba de una figura envidiable. Otros habían comenzado a criticarla: que si fomentaba los malos hábitos alimentarios en esta sociedad de consumo, que si era una mala influencia para las adolescentes que la seguían… Incluso había recibido amenazas, pero las había ignorado. Era poco probable que supiesen dónde vivía, pues mantenía oculta su identidad.

Fue al comedor, donde tenía los aparatos de gimnasia con los que realizaba los vídeos para la sección Ponte en forma con la morena del quinto de su canal de Youtube. Justo frente a la esterilla de yoga y la pelota de Pilates seguía el aparador de sus padres, repleto de vajilla anticuada, que esperaba cambiar algún día. Por descontado, ni el aparador ni la mesa y las sillas del año de la polca aparecían en sus vídeos. Cuidaba muy bien los ángulos de grabación para mostrar solo una parte de su cuerpo.

Sus miles de seguidores creían que vivía en un quinto piso, un ático de 200 metros cuadrados en pleno centro. Sí vivía en un quinto, pero sin ascensor. Cada vez que se vestía mona y hacía un directo desde Instagram, se metía en el edificio de su amiga Joana y transmitía desde su amplio ascensor. Tenía cuidado para que el portero no la pillase, así que siempre ponía la excusa de que la esperaba su novio (ficticio, por supuesto) y aquellas emisiones duraban escasos segundos.

Fue a la cocina a hacerse un sándwich de jamón y queso, lo único que se podía permitir para tener aquel cuerpo envidiado por muchas. El resto del día lo pasaba a base de fruta y verdura. Solo cuando salía con sus amigas se hinchaba a comer de todo, para hacer fotos y subirlas a las redes y seguir provocando los comentarios de seguidores y detractores.

La pared de la cocina estaba pintada de verde, para poder grabar en croma sus vacaciones falsas y luego editar las imágenes y pretender su estancia en una playa paradisíaca o en una capital de moda. Por ahora, había visitado Tokyo, Nueva York, las Maldivas y Marruecos. El cursillo de Photoshop y Lightroom que hizo un verano le había dado las herramientas para continuar con su engaño.

Sonó el timbre. Se extrañó, pues no esperaba a nadie. Quizá fuera un repartidor que le traía un paquete regalo…

Abrió la puerta y un hombre se abalanzó sobre ella y la cogió por las muñecas. La mujer que lo seguía se las ató con una cuerda, sin darle tiempo a reaccionar.

—¿Qué queréis? —logró preguntar antes de que la amordazasen con un pañuelo.

El hombre era moreno, con algunas canas en las sienes. Demostraba una fuerza descomunal. La arrastró al comedor con facilidad. Su rostro era impenetrable, sin gesto alguno que indicase sus sentimientos.

La mujer parecía asustada. Cuando él soltó a la bloguera encima del sofá con violencia, respingó.

—Ya sabes a lo que hemos venido —le dijo él, en voz baja.

La mujer suspiró y asintió.

La morena del quinto no entendía nada. Aterrorizada, no sabía qué pensar. ¿Eran unos atracadores, unos secuestradores? Comenzó a debatirse, pero le habían apretado tanto las muñecas que la cuerda le hizo sangre. El hombre le ató las piernas, aunque no pudo esquivar un par de patadas en el costado.

—Te estarás preguntando qué es esto. Te lo vamos a explicar. Tú nos has arruinado la vida. Ahora te la arruinaremos nosotros. Mari, cógele el móvil.

Obedeció y cogió el móvil de la influencer.

—¿Cuál es… cómo se desbloquea? —preguntó, con voz temblorosa.

El hombre apartó la mordaza para que La morena contestase.

—Es… es una eme… —indicó, muerta de miedo.

La mujer dibujó una eme para acceder a las aplicaciones. El hombre hizo ademán de amordazarla y la bloguera logró preguntar «¿Por qué?».

—¿Por qué? Porque eres una mentirosa, porque te estás haciendo de oro a costa de la credulidad de tus followers, porque no es justo que gente como tú se aproveche de los demás —contestó él—. Mi hija está en una clínica ingresada por sus problemas de anorexia y bulimia. Seguía tus consejos del canal de YouTube y se mataba a hacer ejercicios todo el día, después de hartarse a comer las porquerías que veía en tu Instagram o de hacer las dietas imposibles que aconsejabas en Twitter.

—Mi hija también está ingresada por lo mismo. ¡Mírame! —dijo, apartándose el cabello de la frente y señalando unas manchas—. Me gasté el dinero en la crema Syrian Magic, ante las promesas de curar mis eczemas… ¡Y ahora tengo más manchas aún! Como mis amigas del club de tenis.

La morena del quinto los escuchaba y no daba crédito. No pasaba nada por un par de mentirijillas. Además, la culpa de que ellos o sus hijas hubieran creído sus mentiras no era de ella. ¿O sí?

—Nos ha costado mucho encontrarte, pero al fin hemos dado contigo. No queremos que sigas embaucando a más gente. Por eso ahora vamos a informar, en directo, de todas tus mentiras —continuó la mujer, que había cogido confianza—. Pepe, ¿te has fijado en que su piso de ensueño no es tal?

Pepe la había dejado en el sofá y había hecho una ronda por el piso de escasos metros cuadrados. Gritó desde la cocina:

—La muy puta ni siquiera come las galletas que patrocina… Trae el móvil, Mari.

La morena del quinto se revolvió y solo logró lastimarse más las muñecas. Esos dos locos iban a descubrir el pastel.

—Anda, aquí hay un lote completo de productos Syrian Magic… —dijo la mujer, hablando desde el baño.

—Bien. Creo que vamos a comenzar por un tour por toda la casa… y luego continuaremos con una sesión de belleza en directo…

—¿Qué tal acabar con una cata de galletas y chocolates? —preguntó la mujer, quitándole la mordaza—. ¿Tienes algo que decir?

—Yo… yo… —dudó la influencer—. ¿Puedo peinarme antes?

Amelia

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