Ana

3×41. El silencio de los parques

La epidemia afectó a los niños. Empezaron a morir de manera fulminante. En las consultas de los médicos, en las urgencias de los hospitales, en las escuelas, en los parques. En apariencia, solo padecían una indisposición débil: un dolor de cabeza, unas décimas de fiebre, una erupción repentina, nada que presagiara un final tan dramático. Cundió el pánico. Nadie sabía qué hacer. Los síntomas no eran claros, las autopsias no daban respuesta, no había una medicación con la que luchar.

El mundo se volvió gris. Los informativos no hablaban de otra cosa. Se paralizaron los conflictos, las guerras, los debates electorales. El llanto lo ocupó todo. Se suspendieron las clases, las fiestas, los actos públicos. Los políticos comparecían en ruedas de prensa diciendo vaguedades. Los padres gritaban y lloraban pero no sabían contra quién dirigir su furia.

Los cementerios se llenaron de ataúdes blancos, de flores, de gemidos y, más tarde, de silencio. No sobrevivió ningún niño menor de diez años. La generación desapareció. En todos los lugares del planeta. Sin distinción entre ricos y pobres.

Las madres enjugaron sus lágrimas y, poco a poco, se atrevieron a intentarlo de nuevo. La fertilidad no parecía comprometida. Los embarazos terminaban bien. Nacían niños sanos y rollizos, que gorjeaban con sus primeros pasos. Los parques resucitaron. Durante los siguientes diez años, la población se fue recuperando. Se hicieron homenajes, se pusieron placas y se rodaron reportajes. Se entrevistó a familias rotas y a otras que habían aprendido a vivir de nuevo. Y, poco a poco, la pesadilla de la pérdida quedó enterrada.

Hasta que el primero de esos niños se preparó para la fiesta de su décimo cumpleaños. Y la mañana de ese día su madre lo encontró con la cabeza caída en la almohada, los brazos laxos, la respiración interrumpida.

El terror regresó. Uno tras otro los niños cayeron, como la primera vez: cualquier criatura de menos de diez años se contagiaba de aquella enfermedad extraña. Aunque la protegieran, aunque lo confinaran a una cámara aislada y nunca hubiese tenido contacto con otros niños.

Y otra vez el silencio se adueñó de los parques. Ya no había infantes ni adolescentes. Nadie con menos de veinte años.

Después de la segunda oleada, la gente se lo pensó un poco más y tras la tercera apenas nacieron niños. ¿Cómo atreverse a cuidar a una criatura que sabías que iba a morir? La sociedad se ralentizó.

Los más osados, los que quisieron tener hijos a pesar de saber que tendrían que enterrarlos, recibieron permisos especiales, regulados por novedosas leyes. Si la paternidad iba a durar poco, al menos habría que aprovechar todas las horas. Cambiaron las prioridades. Todas las ayudas fueron para ellos. Todos los fondos de investigación para los científicos que trataban de encontrar una respuesta y, sobre todo, un remedio.

En un par de oleadas más seremos un mundo de viejos. No quedarán mujeres capaces de dar a luz. Veo a la pequeña Lucía montando un castillo con piezas de Lego. Sería una buena arquitecta, tiene un ojo increíble para la construcción. Pero mañana cumplirá diez años y a mí ni siquiera me quedan lágrimas para derramar.

Ana

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