Ana

3×37. Protagonista

Lo describí alto, rubio y con los ojos azules. Un italiano del norte. De Turín o quizá de Milán. Sofisticado. De aspecto más centroeuropeo que mediterráneo. Educado, elegante y seductor. Vestía jerseys de cuello alto, negros o muy oscuros, y pantalones de traje.

En aquel momento, el acento italiano me volvía loca, pero no quería un personaje pegajoso y adulador. Lo prefería discreto. Me salió perfecto… y aburrido.

La novela hacía aguas por todas partes y la dejé dormir. Las aventuras de Giuseppe Grandini en África, como médico voluntario, reposaron en un cajón. O más bien en una carpeta del ordenador.

Me olvidé de las letras durante años. Lo mío eran los números y los códigos binarios y redactar mi tesis ya entretenía demasiado.

Hasta que un día, previo a formatear el viejo portátil, rescaté los archivos del italiano.

Y los leí.

Y bostecé.

En aquel momento mi otrora pico laboral estaba en hora bajas. De sesudas investigaciones para interesantísimos proyectos había pasado a impartir tediosas clases troncales a 1º C.

Mi mente se hastió de teoremas y abstracciones y en las interminables horas de tutorías recuperé las ganas de escribir. Ahora me pirraba la novela negra y así nació Jerónimo Vázquez. Un investigador bajo y regordete, aficionado a los vaqueros raídos y las camisas de rayas mal planchadas. Viajaba por Europa para resolver casos. Perseguía internacionales asesinos múltiples. A pesar de su inglés macarrónico y su habilidad para meter la pata, tenía una intuición fuera de serie.

Escribí por impulso las andanzas de Jero, emocionada por la inagotable creatividad que sentía. Necesitaba saber hasta dónde podía llegar. Las páginas salían de mi bolígrafo o volaban en la pantalla del ordenador.

En el caso que estaba investigando, la muerta era una profesora de matemáticas entrada en la treintena, soltera recalcitrante y enamorada de la cocina italiana. Me intrigaba el móvil del asesino, pero sabía que poco a poco irían encajando las piezas.

Jerónimo indagaba con gran astucia, ataba cabos y hacía las preguntas más inteligentes.

Le seguí por todas las líneas, hasta descubrir que el criminal era alto, de ojos azules, rubio y seductor. Y vengativo. No soportaba que nadie le robara protagonismo.

Ana

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