Amelia

3×36 Una peli porno

Los días después de los funerales, Jordi se sentía fuera de lugar. Tras la muerte de su padre, regresar al pueblo donde había pasado la mayor parte de su vida no le agradaba en absoluto. Su infancia había sido estricta y solo recordaba tardes enteras castigado estudiando y sin poder ir al parque.

La primera noche no pudo conciliar el sueño en su antigua cama, que se le antojó estrecha e incómoda. Despertó más cansado aún que el día anterior y fue a hacerse el desayuno. Abrió la nevera y arrugó la nariz, disgustado. El brik de leche olía a agrio, había un dedo de mantequilla mohosa y un par de tomates que parecían pedir que los tirasen a la basura. Ni rastro de café por ningún lado. Se duchó rápidamente y fue al bar de Toño, que ahora regentaban unos chinos. Le sirvieron un café y unas tostadas pasables y volvió a la casa.

Pasó el día tumbado en el desvencijado sofá color chocolate, medio durmiendo, medio meditando qué hacer con aquel piso que se caía a trozos. Tocaba arreglar papeleos para la herencia, aunque no sería muy difícil, pues carecía de hermanos con los que pelear por las escasas propiedades de sus padres. Su padre vivía con poco y apenas había dejado víveres o pertenencias de valor. Un par de vecinas le trajeron ollas con comida, como para alimentar a un regimiento, así que picó un poco de aquí y de allá.

La segunda noche decidió dormir en la cama de matrimonio. El cuarto de sus padres era terreno sagrado y pocas veces había traspasado el umbral. Se sorprendió al ver un colchón de agua en vez del de muelles, así como sábanas suaves y nuevas, no de franela, como las que veía tender a su madre tras las largas coladas de los domingos. También había una tele en la pared, conectada a un reproductor de DVD. Antes de acostarse, echó un vistazo a la colección de películas que llenaba una estantería. Eran antiguas, como La gran evasión, La reina de África, Vértigo o La ventana indiscreta. No le apeteció ninguna. Se acostó y logró conciliar el sueño gracias a la comodidad de la nueva cama.

Volvió a desayunar en el bar de Toño. De vuelta en casa se puso a registrar cómodas, estanterías y armarios por si encontraba algo de valor. Solo encontró un par de billetes pequeños y monedas en los abrigos o pantalones de su padre. Ni rastro de las pocas joyas de su madre, fallecida dos años atrás. Supuso que su padre las habría vendido para vivir más holgadamente, pues su pensión no daba para mucho.

Jordi se arrepintió de no haberlo visitado con más frecuencia en esos años tras la muerte de su madre. Pasó la tarde revisando álbumes de fotos antiguas y se le escapó alguna lágrima al pensar en ellos. Aunque sus relaciones nunca fueron del todo buenas, sentía lástima por haber dejado solos a los dos ancianos. Se esforzaron por darle una vida mejor lejos del pueblo que tanto criticaba. Él solo volvía para vacaciones de Navidad y un par de días en verano. El pueblo se le hacía pequeño y era más feliz en la capital, donde era él y no «el hijo de Dorita y Pepe».

Los libros llenaban la casa. La enciclopedia Espasa, con la que había estudiado durante mucho tiempo, parecía la misma de siempre. Sacó un tomo y se dio cuenta de que había algo detrás. Extrajo varios más y vio un ordenador portátil. Le extrañó que sus padres hubieran podido comprarse uno y más sin avisarlo. Recordó haber perdido más de un día con ellos explicándoles el funcionamiento del móvil que les regaló. Siempre estaban fuera de casa y no sabían ni consultar las llamadas perdidas en el fijo. Si no se hubiera enfadado tanto con ellos, llamándoles ignorantes, quizás le habrían avisado de su nueva adquisición.

Lo sacó de su escondrijo y lo encendió. No necesitó adivinar la contraseña, escrita en un papel pegado con cinta adhesiva. Sentado en el sofá, cotilleó las distintas aplicaciones y carpetas. Su padre tenía muchos vídeos numerados con números romanos. Pulsó en uno de ellos. Era casero, editado con un programa que dejaba marca de agua. El título, La reina de África, aparecía con letras blancas poco centradas. Una mujer regordeta y entrada en años, con la cara cubierta por una máscara africana y vestida con unos harapos de estampado atigrado entraba corriendo en una habitación y se sentaba a horcajadas encima de un hombre desnudo, tirado en una cama.

Jordi acercó los ojos a la pantalla. Se los frotó, incrédulo. El hombre desnudo se parecía mucho a su padre. Y la mujer… En un momento de frenesí, se arrancó la máscara africana y dejó ver los rasgos de su madre. Aquellos ojos azules eran inconfundibles.

Le dio a la tecla de stop y cerró la tapa del ordenador. ¿Sus padres haciendo porno casero? Le dio un poco de apuro, pero quiso ver si había más.

Se pasó la tarde visualizando apenas unos segundos de cada vídeo. De unos diez minutos, llevaban como nombre los títulos de películas antiguas, las mismas que su padre atesoraba en la estantería de la habitación. También seguían una ambientación acorde, aunque todas estaban rodadas en la casa de sus padres.

Rebuscó bien y encontró un trípode y una cámara en el armario donde se guardaban los utensilios de limpieza. En la tarjeta de memoria quedaba un vídeo que ya había visto editado en el ordenador. Decidió borrarlos todos. Se llevaría el portátil a su casa y pediría que lo formatearan. Sentía vergüenza de que sus padres hubieran pasado sus últimos años grabando sus relaciones sexuales.

Jordi volvió a la ciudad y a la semana recibió una carta de un abogado. Le comunicaba que los derechos de los vídeos grabados por sus padres en la plataforma PornTube pasaban ahora a ser suyos. También le explicaba qué debía hacer con el dinero percibido por las visualizaciones de su canal y que se ponía a su disposición para aclarar cualquier asunto. Cuando vio el extracto de la cuenta bancaria, con una abultada cifra, no se lo pudo creer.

Amelia

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