Ana

3×35. Último modelo

Compramos un modelo neutro. Con todos los accesorios, eso sí.

Yo me negué a que tuviera aspecto de mujer. Me parecía muy machista tener una aspiradora con formas femeninas. A Bruno no le hacía gracia que fuera masculino. Decía que era como tener un rival en casa. Evidentemente, eso también era machista, pero lo entendí. El Lucas de mi amiga Marta estaba tan proporcionado que verlo lavar los platos o secar una a una las copas llegaba a ponerte a cien.

Porque aquella máquina era mucho más que una aspiradora. El modelo elegido era como un barril con una bola por cabeza y un montón de brazos extensibles. Más que a una persona me recordaba a R2D2, de la Guerra de las Galaxias. Yo quería llamarla Arturito, pero a Bruno no le hizo gracia. Al final la llamamos Bic, como la marca de bolis. Nos pareció divertido a ambos.

Bic hacía de todo, menos escribir. Aspiraba, fregaba, quitaba el polvo, limpiaba los cristales… y, lo más importante, ordenaba. Yo recordaba que las viejas Roomba fueron una revolución, pero debías dejar el suelo bien despejado si querías que lo limpiara a fondo. Bic recogía con cuidado todo lo que dejábamos tirado y lo colocaba en su sitio. Cuando preguntábamos: «Bic, ¿dónde está mi camisa de rayas», aquella que el fin de semana anterior había acabado entre el sofá y el revistero, el robot contestaba con una voz metálica, y rigurosamente neutra, que la había recogido, lavado y planchado, y se encontraba colgada tras la puerta de la izquierda, allí donde se guardaba la ropa delicada.

A Bruno pronto le empezó a aburrir esa perfección y se dedicaba a esconderle cosas. Así, cuando ibas a la puerta de la izquierda del armario y no había ni rastro de la camisa de rayas, soltaba un severo: «Bic, te has equivocado, aquí no está la camisa». Entonces Bic extendía un brazo telescópico que terminaba en una especie de ojo, decía «re cal cu lan do», separando mucho las sílabas y, casi antes de pronunciar la última, se dirigía a la cocina, a localizar la prenda entre las cacerolas o miraba debajo del sofá.

Bruno se reía a carcajadas pero a mí me invadía una vaga inquietud. ¿Aquel trasto podía observar todo lo que hacíamos? Según las instrucciones, por mucho que fuera el último modelo, no tenía la capacidad de ver. Era más bien un sensor, un reconocedor de formas y un escáner capaz de detectar a través de las paredes, una especie de rayos X.

Me ponía nerviosa.

A pesar de que por las noches se iba a su rincón a cargarse y permanecía inmóvil y en silencio, algunas mañanas de sábado, cuando Bruno y yo vagueábamos en la cama hasta casi el mediodía, entre carantoñas y risas, oía su zumbido al moverse por la casa.

Para calmarme, Bruno le ordenaba entonces que nos hiciera el desayuno, otra de sus habilidades. No cocinaba virguerías, pero un zumo, un café y unas tostadas le salían de forma automática. Quise programarlo para que no se pusiera en marcha antes que nosotros, pero eso le hacía perder mucho potencial. Que el baño estuviera arreglado y el maletín a punto cuando salíamos corriendo a las ocho de la mañana era un lujo del que ni Bruno ni yo misma queríamos prescindir, aunque me pesara.

Sin embargo, me acostumbré. Me sentía vigilada, pero tenía que reconocer que  Bic nos hacía la vida más fácil.

En las últimas Navidades Bruno se autorregaló —aunque me puso a mí de excusa— una extensión de masaje. Solo había que enroscar el masajeador en uno de los múltiples brazos de Bic que aún estaban libres. Una gozada. Le ibas dando indicaciones de si querías más o menos presión, me detectaba los nudos en la espalda mejor que mi fisioterapeuta de toda la vida. En pocos minutos te dejaba como nueva.

Los gemidos placenteros de Bruno, algunas tardes, cuando yo llegaba pronto del trabajo, me pusieron en alerta. La primera vez se sonrojó y habló de las lumbares cargadas. La segunda me dijo que tenía que probar aquello.

Lo hice.

Ahora espero con impaciencia esa nueva extensión pleasure que he leído en la web que está a punto de ser lanzada al mercado.

Ana

 

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