Amelia

3×34. Confusión

Removió el café con la cucharilla. Su mente se había quedado en blanco. El camarero se acercó al ver su gesto de indecisión.

—¿Deseas algo más, Diana?

—No, creo que no —respondió ella, con dudas—. ¿Sabes cómo me llamo?

—Claro. Vienes todas las mañanas desde que yo trabajo en este bar. Trabajas ahí enfrente. —Le señaló un edificio con una gran puerta de cristal, por la que entraban y salían hombres y mujeres trajeados y con carteras.

Siguió removiendo el café, pensando en cuál era el paso a seguir. Las ideas se agolpaban en su cabeza, confusas.

—Gracias —murmuró. Le dejó el importe del café más una propina en la bandejita de metal y se levantó, sin tomárselo. El camarero recogió el dinero y se quedó mirándola con preocupación.

Contempló su reflejo en el escaparate de una tienda de ropa. Se vio guapa, pero no se reconoció: una mujer rubia, de ojos verdes, boca sensual… Un recuerdo acudió a su mente: esa misma mañana, alguien le había mencionado que tenía unas curvas para perderse en ellas, pero ¿quién?

Le sonaba haber visto antes aquella imagen reflejada en el cristal, aunque no se sentía ella. Tenía la impresión de estar viendo a la protagonista de una película o de una serie de televisión con muchas temporadas.

Abrió la cartera y miró su documento de identidad una vez más. «Diana Gálvez Trigo» no le sonaba de nada. Ni la fecha de nacimiento, ni el nombre de sus padres. Junto al documento había varias tarjetas de crédito, con el mismo nombre, y una tarjeta con el membrete de Sánchez y Pelayo, abogados.

Se encaminó al edificio que le había indicado el camarero. Se sintió algo ridícula cuando cruzó el umbral y se dirigió a recepción. Una chica morena con auriculares le sonrió.

—Buenos días. ¿Qué desea?

—¿El despacho de Sánchez y Pelayo, por favor?

—Décimo piso, ascensor de la izquierda —contestó la joven.

—Gracias. —Quiso añadir algo más, pero no se atrevió.

Se despidió de la recepcionista con un gesto y fue al ascensor.

Pulsó el botón y, tras esperar un rato, subió, rodeada de gente que se bajaba en otras plantas.

Las puertas se abrieron y llegó a una pequeña recepción, donde no había nadie. Esperó un rato, sin saber adónde dirigirse. Se puso a curiosear el cuadro que adornaba una de las paredes. Varios relojes blandos, como derretidos, dominaban un paisaje surrealista. Le sonaba de algo, pero no sabía de qué.

—¡Hola, Diana! —saludó una voz a sus espaldas—. Pensaba que no vendrías hoy.

Se giró, sobresaltada. Un joven de cabello rapado, camisa blanca y pantalón oscuro, la saludó con una mano, mientras hacía equilibrios por no tirar el café y el donut que llevaba en la otra.

—¡Hola! ¿Por qué… no iba a venir hoy? —preguntó ella, intentando recordar de qué lo conocía, aunque sus rasgos le eran familiares.

—Bueno, con Sánchez y Pelayo de viaje en Madrid, supuse que Carlos y tú aprovecharíais para… descansar. —Le guiñó un ojo y Diana le devolvió el gesto, sin saber por qué—. Aunque Carlos está en el despacho.

—Vale, gracias —dijo Diana.

Se asomó a un pasillo largo y estrecho, con varias puertas a ambos lados, todas cerradas. Ignoraba cuál era el despacho del tal Carlos. Dio dos pasos y se abrió una puerta.

Un hombre moreno, de sienes grises, barba y bigote, y traje de chaqueta azul marino, algo pequeño para su cuerpo, salió y le sonrió.

—¡Al final has venido! Pensaba que te quedarías en casa. —Se acercó y le dio un beso en los labios. Ella se apartó.

—¿Qué te pasa? ¿Te he hecho algo?

—Es que… no me encuentro bien —dijo Diana.

Él la tomó del brazo con confianza y la condujo a su despacho. En la pared había un título universitario a nombre de Carlos Albert Gómez. Supuso que sería ese el tal Carlos al que se había referido el recepcionista.

Pensó que debía ser franca. Si la había besado, debía de haber algo más que una relación laboral entre ellos. Se sentó en un sofá de cuero negro situado bajo un gran ventanal.

—Verás, no sé qué me pasa. De hecho, no sé quién eres ni quién soy, solo por lo que dice mi carné de identidad —dijo, sin apenas tomar aire.

—¿Y eso? ¿Desde cuándo sucede? ¿Has ido al médico? —preguntó él, tomándola de la mano y sentándose junto a ella—. Esta mañana estabas bien.

—No lo sé. ¿Esta mañana estaba contigo? —Se ruborizó ante su contacto y el pensamiento de haberse despertado junto a él, un desconocido.

—Sí. No solo somos compañeros de despacho. Vivimos juntos —le explicó, con una sonrisa.

—Pues no recuerdo nada. Estaba tomando un café en un bar y es como si todo lo que sucedía a mi alrededor lo estuviera viendo desde otra perspectiva, como en una película.

—¿No te acuerdas de que trabajas aquí, en Sánchez y Pelayo, abogados, desde hace… unos tres años? —siguió inquiriendo Carlos, con dulzura—. Entramos casi al mismo tiempo y llevamos juntos desde el verano pasado.

—No. Sé que, ahora que lo dices, tengo conocimientos de Derecho… pero si me preguntas dónde vivo, lo ignoro por completo. Y tú… me resultas conocido, aunque no tanto como para recordar que —se sintió un poco tonta— tenemos una relación.

Él la abrazó y le acarició el pelo, con cariño.

—No te preocupes. Voy a acompañarte al médico. Debe de ser una crisis de estrés o algo similar —le dijo, levantándose—. Vámonos. Total, hoy venía a hacer unos papeleos, pero tu salud es más importante.

Diana le obedeció. Salieron del despacho. El joven de cabello rapado tecleaba en el ordenador.

—Hola, Esteban. ¿Ya has vuelto del almuerzo? —preguntó Carlos.

—Sí. ¿Necesitáis algo?

—¿Recuerdas el expediente que te comenté esta mañana? Destrúyelo, que al final hemos decidido no llevarlo nosotros. Y mándale un mensaje a la secretaria del señor Dávalos. —Le guiñó el ojo—. Nos vamos. Creo que no volveremos hoy.

—De acuerdo. Tomaré nota de las llamadas que reciba para vosotros. Hasta luego, Diana —saludó el joven.

—Hasta luego —dijo ella, aliviada al encontrar a alguien que podía ayudarle.

Cuando se cerraron las puertas del ascensor, Esteban sacó un expediente de un fichero a sus espaldas, a nombre de Diana Gálvez Trigo. Lo abrió y fue introduciendo en la trituradora, de dos en dos, las páginas que lo conformaban. Acto seguido, envió un mensaje de texto: «Operación borrado de memoria con éxito. Pasamos a la segunda fase».

Amelia

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