Amelia

3×26. Progreso

—Papá, salgo en diez minutos —dijo Ramón, dejando la bandeja del desayuno en el lavavajillas—. ¿Te vienes conmigo en el Over que acabo de llamar?

Pulsó un botón y el lavavajillas emitió un pitido. Treinta segundos después, otro pitido anunció que los desechos se habían reciclado y que la bandeja, la taza y el plato estaban limpios.

—No, gracias. Prefiero conducir yo. Me queda poco hasta que me retiren el permiso —dijo Valentín, apurando la tostada con mantequilla. Se limpió las migas de la barba, ya canosa, y bebió un trago de café.

—Mira que eres anticuado. Con lo cómodos que son los coches autónomos. No tienes que estar tan pendiente de la carretera y son más baratos de mantener.

—No me gusta que nada ni nadie haga las cosas por mí —contestó su padre, fregando el plato y la taza bajo un fino hilo de agua—. Además, con la bajada de precios, muchos conductores de autobuses y taxis se han quedado sin trabajo.

—¡Papá! Así gastas más agua —protestó Ramón— ¿Para qué hicimos las reformas y convertimos la casa en una ecoamistosa? Bueno, la vida progresa. Seguro que esos conductores saben reciclarse y buscar un trabajo nuevo.

—Anda, vete, que tu Over ya ha llegado —le conminó, mirando por la ventana mientras se secaba las manos en el delantal. No quería discutir con su hijo.

Un reluciente automóvil plateado le esperaba frente a la puerta de casa. Ramón subió con su maletín y dijo la dirección de su trabajo en voz alta. El coche comenzó a circular a la velocidad indicada en la urbanización, sin apenas ruido.

Cientos de vehículos autónomos llenaban las calles. En el último informe anual de la DGT se reseñaba el descenso de accidentes en carretera gracias a los coches no tripulados. Los mayores de 50 años ya no tenían que renovar sus permisos de conducir y solo aquellos que pertenecían a los Cuerpos de Seguridad del Estado disponían de uno, hasta la edad de jubilación.

A Ramón le encantaba disfrutar de las vistas de su ciudad por la ventanilla, sentado cómodamente. Usaba el servicio a diario para ir a trabajar. Al terminar la universidad, en seguida había entrado en una empresa que le pagaba el servicio de Over. Atrás quedaban las colas en el autobús y el viajar de pie. Su padre recelaba del progreso y Ramón se reía de él, del «policía carca chapado a la antigua».

Su Over frenó con suavidad al llegar a una intersección. Varios coches la cruzaban y habían formado un atasco monumental, algo bastante infrecuente con aquel servicio. Ramón abrió la ventanilla y sacó la cabeza. Al parecer, algunos coches autónomos se habían averiado e invadían la calzada. Los demás se acumulaban bloqueando el paso. Los ocupantes de otros vehículos también estaban ansiosos por ver qué pasaba y por llegar a sus destinos lo más pronto posible.

Tras veinte minutos de espera, el coche comenzó a circular de nuevo. “Recalculando ruta”, dijo el ordenador de a bordo, al salir por fin del embotellamiento.

Ramón se extrañó. El tráfico volvía a ser fluido y no había necesidad de recalcular la ruta. El Over se dirigió hacia el puerto, en vez de al centro económico de la ciudad, donde trabajaba. Repitió varias veces su dirección de destino, pero el coche no obedeció. Intentó abrir la portezuela sin éxito. Estaba bloqueada. Cogió el móvil y tecleó el número de atención al cliente de Over. No recibió respuesta.

Valentín encendió la radio. Llevaba un rato al volante y el atasco era inmenso. «Y luego dice mi hijo Ramón que esto es el progreso. Estos coches no se aclaran con tanto ordenador y tanta tontería», reflexionó. Interrumpieron su programa de música favorito para dar las noticias de última hora.

«Algunos de los principales accesos a la ciudad han quedado congestionados esta mañana a causa de varios accidentes en las arterias principales. Se recomienda a los usuarios que utilicen las vías rápidas de acceso al puerto y, de allí, tomen las salidas de vuelta al centro económico mientras no se resuelva la situación».

Valentín meneó la cabeza. El Gobierno había permitido la proliferación de vehículos autónomos con la excusa de reducir los accidentes. Los atascos eran cada vez más frecuentes, sobre todo en el centro, y no parecía haber solución.

Con lentitud fue alcanzando el carril de salida y se dirigió al puerto. Ese día le tocaba vigilancia en aduanas, así que las recomendaciones del parte informativo le venían bien.

Pronto se vio rodeado por coches plateados del servicio Over. El tráfico seguía siendo lento. Miró a los ocupantes de los automóviles y algunos de ellos parecían enfadados, colgados de sus teléfonos. Otros pugnaban por salir. Pensó que estarían disculpándose con sus jefes o familias por la tardanza, o querrían caminar en vez de seguir atrapados allí.

Un Over lo empujó por detrás y Valentín protestó. Fue inútil. Acabó tirado en la cuneta. Salió del coche, con el móvil en la mano, para llamar a Emergencias. Contempló con horror cómo cientos de Over plateados formaban una hilera de camino a la dársena, donde iban cayendo al mar, uno a uno, junto con sus ocupantes.

Amelia

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