Amelia

3×24. Indecisiones

—Mamá, ¿qué me pongo? —gritó Mavi desde la habitación, mientras contemplaba el contenido de su armario.

—No sé, hija. Con la de ropa que tienes… ¿no sabes decidir? —preguntó su madre, acercándose.

—Es que… no sé —contestó la niña. Le mostró un vestido de color rosa fresa, buscando aprobación—. ¿Esto?

—¡Ni hablar! ¿Adónde vas a ir así? A ver… —La madre sacó un jersey de escote en pico y unos vaqueros y se los tendió—. Toma, ponte esto. Y haz el favor de elegir mejor.

* * *

—¿Qué quieres tomar? —preguntó Bruno.

—Cualquier cosa. Elige tú —contestó Mavi, apartando los ojos de la carta.

Era la primera vez que salían a cenar, tras quedar a tomar varios cafés.

Hablaron de sus respectivos trabajos. Él diseñaba muebles para una gran fábrica, propiedad de sus padres. Ella era secretaria en una pequeña empresa de electrodomésticos.

Bruno pronto dirigió la conversación a su tema favorito: la música.  Nombró grupos que Mavi ni siquiera había oído mencionar y expresó su interés por coleccionar cuantos discos cayeran en sus manos.

—Y a ti, ¿qué música te gusta? —quiso saber, mientras le rozaba el muslo por debajo de la mesa.

—Escucho de todo —dijo Mavi, sin apartarle la mano.

Tras la cena, la llevó a un pub en el que sonaba hip hop a todo volumen. Como apenas se podían escuchar, Bruno le hablaba pegado a la oreja, la tenía cogida por la cintura y bebía un cubata.

Cuando le tocó el culo, ella dio un respingo. No dijo nada.

—¿Quieres que siga? —susurró él, tras meterle la lengua en la boca, una vez en el coche, antes de llevarla a casa.

—Como quieras —contestó Mavi, dejándose hacer.

* * *

—¿Cesárea o parto natural? —inquirió el doctor.

—No sé, ¿qué es mejor? —dijo Mavi, tocándose la abultada barriga.

—Podemos esperar a que te pongas de parto o programar una cesárea. Lo que vea.

—Lo que usted quiera.

—Bien… —El médico contempló el calendario e hizo como que calculaba los días—. Entonces la veré dentro de una semana, el próximo miércoles. El viernes tengo un congreso en Madrid y luego me voy de vacaciones.

* * *

Bruno le enseñó unos formularios.

—Tenemos que decidir las extraescolares de Bruno. ¿Qué prefieres: fútbol, baloncesto, música, danza?

A medida que decía las opciones, su volumen de voz iba disminuyendo.

Mavi levantó la vista de la costura. Remendaba los pantalones del uniforme de su hijo. Así ahorraba dinero.

—No sé, lo que quieras. Creo que la música le iría…

—A Bruno le encantará el fútbol —la interrumpió su marido. Marcó una cruz al lado de la casilla del deporte y se llevó la solicitud.

Fue a la cocina y abrió la nevera.

—¿Hoy no hay nada para cenar? —gritó.

—Sí. Hay ensaladilla, sopa, macarrones de ayer y unos filetes empanados. Puedes elegir.

—Creo que voy a llamar a la pizzería. No me apetece nada de lo que hay —opinó él, torciendo el gesto ante la comida que veía.

Mavi no dijo nada y continuó cosiendo.

* * *

—Hemos venido a recoger a Bruno —dijo su padre. Detrás de él, una mujer rubia y joven sonreía intentando hacerse la simpática.

—Aquí está —dijo ella, dándole un beso en la frente. El niño la apartó—. Pórtate bien este fin de semana.

—Te lo traeré el domingo a las diez.

—¿A las diez? La hora de vuelta es a las ocho —se quejó débilmente Mavi.

—Es que nos vamos a Port Aventura y llegaremos a esas horas —se excusó su exmarido.

—Como quieras.

Cerró la puerta y suspiró. Se tumbó en el sofá, cansada. Si no cuidaba de su hijo, ignoraba a qué dedicar el tiempo libre. Carecía de aficiones. Cuando se casó, dejó su trabajo por entrar en la empresa de Bruno. No le gustaba especialmente, así que le dio igual al principio. Se limitaba a ir a la oficina de ocho a tres y a llevar y traer a su hijo al colegio y al entrenamiento de fútbol.

Con los ojos cerrados, comenzó a pensar en su vida. Abandonó las clases de danza ante la insistencia de su madre de que no llegaría a nada; estudió Administración y Dirección de Empresas porque su padre hizo la preinscripción; el día de la boda lo decidieron los suegros «para que no se notase tanto el bombo»; el vestido de novia lo eligió su cuñada «para disimular la tripita»; el lugar del banquete se lo propuso una amiga; el nombre de su hijo fue de inmediato adjudicado por su ahora exmarido; estaba a dieta a instancias de una amiga nutricionista; continuó haciendo un listado mental de cosas en su vida sobre las que no había tenido voz ni voto.

Sintió un nudo en el estómago y ganas de llorar. «¿Por qué no he sido capaz de tomar decisiones?», se preguntó. Se levantó del sofá y se secó las incipientes lágrimas. Se calzó, cogió el abrigo y el bolso y salió a la calle.

Era viernes por la tarde y aún hacía algo de frío, a pesar de la cercanía de la primavera. Se paró en la cafetería de la esquina.

—¡Hola, Mavi! ¿Qué deseas tomar? ¿Lo de siempre?

Esto es, un cortado con leche desnatada y sacarina. Mavi iba a asentir, pero se contuvo.

—No, ponme un carajillo de ron —dijo al camarero, que la miró extrañado.

—Eso es nuevo. ¿Cambiando de costumbres?

—Vamos a intentarlo.

Sorbió el café despacio, saboreándolo. El alcohol le calentó el estómago. Se quedó contemplando al camarero, que limpiaba las mesas adyacentes.

—¿Tienes el periódico, Toni?

—Sí, claro. Toma.

Hojeó el diario y buscó la página de la cartelera. Leyó las sinopsis de las películas. No supo por cuál decidirse. Ya iría otro día al cine.

Se despidió del camarero y le dejó una generosa propina.

Pasó por la pizzería de Beppo, donde encargaban siempre las mismas pizzas. Entró y el pizzero la saludó con efusividad.

—¡Ciao, bella! ¿Carbonara o barbacoa? ¿O le due?

—Hola, Beppo. No sé. Déjame ver la carta.

El italiano se la dio. La miró. Había treinta variedades diferentes. Suspiró.

—Una carbonara… —reflexionó y añadió—: pero sin huevo.

—¿Sin huevo?

—Sí. No me gusta el huevo en la pizza.

Ma che cosa dici! Te he preparado pizzas con uovo y nunca dijiste niente —exclamó el italiano, gesticulando con las manos.

—Bueno, pues hoy te lo digo. Ya va siendo hora de elegir lo que quiero.

Amelia.

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