Ana

3×23. Como un globo

De niña, quería estar gorda. Me habría encantado tener mofletes sonrosados y que las señoras, en el mercado, me los pellizcaran diciendo «¡Qué niña más guapa!». En lugar de eso, miraban a mi madre con expresión de pena y algunas comentaban: «Pobrecita, ¿está malita?».

Me habría gustado ser como mi primo Alfonso que, rollizo, se sentaba en medio de mi habitación y arrastraba con su peso los juguetes hasta el suelo. Mi tía lo miraba, complacida, y le decía a mi madre: «¿Has visto qué hermoso está mi niño? Se toma un vaso de leche después de cada comida». Luego me rodeaba con sus brazos, también gordos como los de su hijo, me hacía cosquillas y susurraba: «¡Qué niña más preciosa!, ¡Qué ojos tan bonitos! Lástima que tenga esas patitas», y me daba unos caramelos grandes, de menta o de limón. Yo los guardaba en un bolsillo y decía gracias, tal y como me habían enseñado, pero sabía que más tarde los olvidaría dentro de algún cajón, a pesar de que mis cuentos o mis recortables de muñecas corrían peligro de pringarse cuando el dulce se volviera pegajoso.

Mamá soportaba aquellos comentarios bienintencionados, despedía a mi tía y se ponía a desmenuzar con paciencia las pechugas asadas, para que yo pudiera comerme los pedazos tan pequeños casi sin enterarme o me hacía huevos pasados por agua que me iba dando con infinidad de mollitas de pan.

Cuando los niños del barrio salíamos por las tardes a la calle a jugar, bajábamos nuestros bocadillos. Los otros los comían de forma apresurada para tener pronto las manos libres con las que bailar la peonza, lanzar la tiza para jugar al sambori o dar a la cuerda. Yo adoptaba el rol de espectadora porque el mío, de Tulicrem, tardaba horas en desaparecer, daba bocaditos tan minúsculos que despertaban la admiración de Emilio, uno de los críos más voraces que, a veces, me ayudaba en dos bocados a terminar la merienda.

Las vitaminas que algunos médicos se empeñaron en recetarme o tal vez las hormonas cuando alcancé la pubertad, aumentaron mi cuerpo hasta límites inesperados. De repente mis piernas ya no eran patitas sino robustas extremidades, mis caderas se ensancharon y el culo se hizo prominente; me salieron tetas que mi madre se apresuró a recogerme con un gran sujetador y mi cara se redondeó. Mi estómago se volvió insaciable. Me apetecía probarlo todo. En especial los dulces, el chocolate derretido o la nata montada cubriendo los pasteles y las fresas.

Me volví gorda y pasé de las tallas más pequeñas de las infantiles, a las más grandes o, incluso ya, al tallaje de mayor. Me hice amiga de Mónica y Rosaura, las gemelas, que tampoco eran muy aficionadas a los juegos de calle, porque nadie las quería en sus equipos. Nos acostumbramos a quedarnos en su casa. A mi madre no le gustaba demasiado recibir visitas. Y ellas tenían todos los juegos de mesa posibles, infinidad de muñecas y una cantidad ingente de libros y disfraces. Nos pasábamos horas representando historias, fantaseando vidas que no vivíamos o inventando seres imaginarios.

Fui muy feliz. Habría seguido así para siempre. Pero David se cruzó en la vida de Mónica y ya nada fue lo mismo. Mi amiga se enamoró hasta los huesos y eso que estos quedaban a mucha profundidad. David tenía un par de años más que nosotras, e iba al cole de los niños pijos. Antes de entrar en el nuestro los veíamos pasar, con sus uniformes planchados y sus pelos rubios o pelirrojos repeinados. David vivía cerca de la tienda de la madre de Mónica y Rosaura. A veces, entraba en la bodega a comprar medio litro de vino y la propia Mónica se encargaba de abrir el grifito del barril y llenar la botella de cristal por la mitad. En alguna ocasión su padre iba con él y Mónica lo oyó decir su nombre. Así supimos cómo se llamaba.

Empezamos a perseguir a los niños bien, intentando hacernos notar, y una tarde escuchamos a uno de los más altos y delgados decirle a David que unas gordas lo estaban espiando. A partir de ese momento se acabaron los dulces, los batidos y los helados en casa de mis amigas. A Rosaura le dio más igual, pero Mónica era mi favorita, yo la consideraba listísima y la acompañé en aquella lucha de vuelta a la delgadez. Empezamos a correr por la playa, todas las tardes y algunos sábados, también por la mañana. Aprendimos a fingir en casa que nos acabábamos el plato y hasta a vomitar la comida cuando no había forma de evitarlo. Todas las curvas que habían aparecido en mi cuerpo desaparecieron dando paso a aquellas piernas delgadas que, durante mi infancia, me habían llevado con poco equilibrio por la vida. Cuando Mónica se hizo novia de David y se olvidó de mí, ya había perdido la costumbre de comer y aunque dejó de importarme, mi estómago ya no tenía ganas de trabajar. Además, para entonces fumar me parecía la mar de moderno y cuando iba a casa de alguna de mis nuevas amigas del instituto a merendar, pasaba casi todo el tiempo con un pitillo entre las manos y apenas picoteaba algo de lo que había en la mesa.

Jaime me confesó una tarde, después de haberme dado los que fueron mis primeros besos, que a él le gustaban las mujeres con curvas y que ese sabor a tabaco que tenía le daba un poco de asco. A mí, Jaime no me gustaba mucho, pero era el primer chico que me hacía caso y tenía ganas de probar cosas nuevas. Dejé de fumar sin esfuerzo y gané unos cuantos kilos. Todos dijeron que estaba más guapa, sobre todo Jaime que repasaba una a una mis redondeces cada vez que nos veíamos para comprobar cómo habían aumentado.

Mi vida ha sido siempre así: un continuo hincharme y deshincharme. Engordé al entrar en la universidad porque el alcohol y la comida basura se encargaron de ello; adelgacé en el último curso mientras estudiaba toda la noche para acabar en junio y poder irme a hacer unas prácticas en el extranjero en verano; engordé un montón de kilos en cada uno de los dos embarazos y me quedé casi en los huesos entre ambos.

Ahora, cuando las articulaciones me duelen tanto que apenas puedo desplazarme por el pueblo a hacer los recados, me ha costado más de una hora recorrer la pendiente que lleva hasta el mirador. La vista desde aquí es impresionante. Se ve la ladera de la montaña, los pinos y las carrascas y allí, al fondo, se adivina el mar y hasta las islitas. Ahora me gustaría poder inflarme, pero no de kilos, no de grasa, ni siquiera de esos líquidos que tan a menudo retenía porque apenas sudaba. No, ahora me gustaría poder hincharme, como si fuera un globo, elevarme por encima de esta barandilla, sobrevolar los árboles y perderme bien lejos, hasta allí, hasta el horizonte.

Ana

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