Amelia

3×22. Perdóname

—¡Ahí llega la caballo! ¡Hiiii, hiiii, hiiii! —gritó Pablo, al ver a Eva cruzar la verja que daba al patio de la iglesia. La señaló con el bocadillo de la merienda, de atún, como siempre, que le dejaba las manos pringadas de aceite.

Ella torció el gesto, pero siguió caminando hacia nosotras. Estábamos sentadas en uno de los bancos verdes, charlando antes de entrar a catequesis. La saludamos con la mano, tímidas.

—¡Caballo, relincha, relincha! ¡Hiiii, hiiii, hiiii! —exclamó Diego, riéndose con Pablo. Se limpió los mocos con la manga del jersey de ochos y continuó señalándola e imitando al animal.

Era una situación que se repetía al salir de clase y, sobre todo, el rato antes de entrar en la iglesia. Los chicos del colegio se metían con Eva, simple y llanamente, por el tamaño de sus dientes y por sus gafas de culo de botella.

Llegó hasta nosotras con la cara roja y los ojos llorosos.

—Me tienen harta. ¿Se puede saber qué les he hecho? —nos preguntó.

—Nada. Déjalos. Son así. Ya se cansarán —contestó Vanessa, rascándose los granos de la barbilla.

—Pero es que no van a parar nunca.

La miré con compasión. No dije nada. El año anterior se metían conmigo y ahora con ella. Suponía que nos tocaba a todas en algún momento de nuestras vidas. A mí habían llegado a quitarme la ropa de gimnasia y tirarla a uno de los váteres del patio del colegio. Como el bedel me había pillado intentando sacarla, creyó que lo había embozado yo y me castigó a limpiar el suelo de los baños. Que Eva fuera el nuevo blanco de sus burlas hacía que se hubieran olvidado de mí. Era un alivio no tener que soportar sus tirones de pelo, sus bromas pesadas y, sobre todo, los insultos.

Entramos en el salón de la iglesia donde recibíamos catequesis de poscomunión. Los catequistas nos hablaron de los diez mandamientos, que se resumían en dos: «Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo». Diego y Pablo prestaban atención y levantaban la mano cuando nos preguntaban y contestaban: «El prójimo es ese que está a mi lado, al que tengo que querer y ayudar, es mi hermano, mi amigo, mi compañero de colegio». Se sabían la lección. O la teoría, al menos.

Al finalizar, Eva y yo nos fuimos juntas. La tienda donde trabajaban sus padres estaba a dos calles de la parroquia, de camino a mi casa. Diego y Pablo nos siguieron un rato, relinchando y pateando el suelo, hasta que doblamos la esquina y los perdimos de vista.

Un día salí del colegio un poco más tarde que mis amigas de catequesis. Me dirigí a la parroquia con la mochila al hombro. Al llegar al parque, vi a Diego y Pablo que jugaban a empujar a Eva de un lado a otro. Diego le escupió varias veces y una de ellas le acertó en la boca. A Eva le dieron arcadas y vomitó. Tenía el jersey manchado y Pablo le restregó el bocadillo de atún.

Quise socorrerla, interponerme entre ellos. No pude. Me quedé pegada al suelo. Ella me miró, se limpió la boca y apartó a Diego de una patada. Cogió la mochila y se la lanzó a Pablo a la cara. Se largó corriendo de allí, mientras ellos la insultaban.

En la parroquia me esperaban mis amigas. No dije nada de lo que había pasado cuando se extrañaron de que Eva no estuviera aún. Los chicos llegaron un poco más tarde que yo. Aunque los catequistas les preguntaron por qué Pablo tenía un corte en la cara y Diego cojeaba ligeramente, ellos se excusaron en el fútbol que jugaban en los recreos. Sus respuestas en la catequesis fueron modélicas, como de costumbre.

Eva dejó de venir. Salía del colegio y se largaba a la tienda de sus padres, a estudiar. Nosotras pasábamos a verla alguna vez, pero las visitas se fueron espaciando.

 

Acabó el curso, pasó el verano y empezamos otra vez las clases en septiembre. Diego y Pablo la tomaron con Vanessa. «Cara de paella» era lo más bonito que le decían, hasta que los padres de Vanessa se quejaron a la profesora y los dos suavizaron su comportamiento. En unos meses, cambiaron de objetivo. El chico recién llegado de Manresa les pareció curioso por su acento.

Hace veinticinco años que terminamos el colegio. Algunos hemos seguido siendo amigos, a otros les hemos perdido la pista y unos pocos son fáciles de encontrar. Un pequeño grupo de los que siguen en contacto se ha propuesto celebrar una cena de reencuentro. Vanessa dice que sus años de infancia fueron estupendos y yo, aunque trato de recordar momentos felices, solo puedo pensar en Eva.

No hemos sabido de ella desde que terminó el instituto. Su madre nos dio el teléfono y no contesta. Vanessa le escribió un correo electrónico y no recibió respuesta.

Si la viera, lo primero que le diría sería: «Perdóname». Por las veces que podría haber frenado a Diego y Pablo. Si, cuando empezaron a meterse conmigo, hubiera hecho algo… Ignoro cómo son ahora, aunque pienso que no habrán mejorado con los años.

No creo que vaya a la cena. No soy capaz de fingir y mirar para otro lado. Ya no.

Amelia.

 

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