Ana

3×21. Flirteo

Ali me hizo señas para que subiera al tejado. Miré con incredulidad la escalera apoyada en la pared, correspondí a su sonrisa y no me moví. Él insistía con gestos en que las vistas eran impresionantes. Mis habilidades para trepar están muy lejos de ser excelentes, pero me parecía descortés no hacerle caso. Así que, pasito a pasito, subí, y observé los nuevos y altos edificios que se cernían, amenazadores, sobre la ciudad vieja. Ali, a mi lado, los señalaba, parloteando en su idioma y deslizando alguna palabra en inglés.

Por detrás, oía a mis compañeras de viaje. A ellas no las había invitado y se habían quedado en la parte baja de la terraza. Ya no disimulaban sus risas y me sacaban fotos encaramada al palomar.

«¡Sois unas cabronas!», exclamé, mientras me preguntaba cómo iba a salvar la distancia que me separaba de ellas. Desde arriba, la seguridad de la escalera parecía aún más precaria. Alguna sugirió que Ali me bajaría en brazos. No hizo falta. La tarea no fue tan difícil, aunque tuve que agarrarme de la mano del anfitrión para alcanzar el primer peldaño.

Estábamos en Kasghar, mítico lugar de la Ruta de la Seda. Nos habíamos acercado hasta la ciudad vieja en busca de los artesanos uigures. Son cerca de diez millones de personas en toda la región las que forman esta minoría musulmana, apenas nada dentro de la populosa China. Alrededor de la ciudad antigua se extiende la nueva, de edificios altos y luminosos, poblados con los otros chinos, los de Pekín, que imponen sus normas, sus costumbres y hasta su hora oficial.

Parecía zona de guerra: calles desmanteladas, casas a medio terminar. Algunos niños nos miraban aún con más curiosidad que nosotras a ellos. El juguete estrella parecía ser la pistola de plástico que la mayor parte de los críos blandía, mientras saltaban entre los montones de arena. Nos encontramos los talleres cerrados. Era el final del Ramadán y estaban de celebración. Aunque las casas, por fuera, parecían abandonadas, el interior estaba impecable y las mesas llenas de dulces, para agasajar a las visitas, tal y como hacemos en Navidad.

Nos habían recomendado comer en una casa particular. Es habitual que abran sus hogares, como restaurantes improvisados, a los turistas. Cuando Ali nos invitó a pasar, estábamos buscando alguna indicación en la puerta que revelara que se trataba de una de aquellas casas-fonda. Pero Ali insistió en que entráramos, haciendo caso omiso a nuestras preguntas que, casi con toda seguridad, tampoco entendía.

En el comedor había una mesa larga, donde varias mujeres y algunos niños daban cuenta del festín. Nos hicieron sitio en un extremo. Nos acomodamos sobre la alfombra, despojadas de los zapatos, y aceptamos el cuenco de sopa sin tener muy claro si era para las cuatro o traerían más para el resto. Nos sonreían y nos invitaban a probar cada uno de los platos. Jugamos a adivinar el parentesco. La mayor quizá fuera la madre o la suegra de Ali. Las más jóvenes podrían ser su mujer y una hermana o quizá tuviera más de una esposa.

Hicimos algunas fotos. Estaban encantados de posar y una de las niñas, a su vez, nos tomó algunas a nosotras con su cámara. Ali, simplemente, me miraba. Me lo pareció al principio, pero pensé que me lo imaginaba. Luego, mis amigas empezaron a comentarlo. Yo sugerí que debía recordarle a alguien. Cuando, después de la comida, nos llevó hasta la terraza e insistió en que subiera hasta lo más alto, no tuvieron ninguna duda de que le había gustado y valoraba la posibilidad de hacerme su tercera esposa.

No llegamos a saberlo. Nos costó un buen rato conseguir que nos dijeran cuánto debíamos pagarles por la comida. Teníamos incluso alguna duda de si no habría sido solo hospitalidad y podríamos ofenderles si les dábamos dinero. Al final lo aceptaron y hasta intentaron vendernos algún bolso de colores tejido a mano. Ali acabó regalándome una pulsera de tiras de cuero trenzadas.

Mis amigas insisten en que, cuando nos despedimos, Ali se quedó en la puerta, apenado, mirando cómo me alejaba.

Ana

 

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