Amelia

3×20. Cita a ciegas

El sonido del reloj de pared sobresaltó a Raúl. Si quería llegar a la cita con Miriam, debía darse prisa. Se había encantado leyendo el guion de su próxima obra de teatro. Era un texto buenísimo, de un italiano. Cuando la directora se lo entregó, se extrañó de que no supiera quién era Luigi Pirandello. A él le había sonado a un fabricante de neumáticos de Fórmula 1. En su escuela de teatro no enseñaban autores, sino a ser buenos actores y seguían el método de un ruso, un tal Stanislavski. Si acudía a la próxima gala de los Goya, quizá lo viera en la alfombra roja.

Se metió en la ducha y fantaseó sobre su primera cita. Llevaban un par de semanas charlando a través de una aplicación de móvil que los emparejó en cuestión de minutos. Ella le gustó en la foto inicial: rubia, de ojos claros, una sonrisa abierta, un cuerpo de escándalo a sus veintiocho años…  Otras fotos denotaban su gusto por la naturaleza y los viajes. La chica perfecta.

Salió de casa con el tiempo justo. Hora de encuentro: las siete. Lugar: la cafetería del restaurante El Torreón, a las afueras de la ciudad, en los jardines de la Reina. Un sitio tranquilo, aunque algo caro, donde no habría mucha gente y podrían conversar. Y, quizás, si se terciaba, perderse entre los árboles y arbustos y, a lo mejor, dar rienda suelta a sus instintos.

Se miró en el espejo del retrovisor. Había olvidado cepillarse los dientes. Se los frotó con el dedo y escupió por fuera de la ventanilla. Rebuscó en la guantera y encontró un paquete de chicles de menta. Metió dos en la boca. Puso el coche en marcha y se dirigió a la cita.

De camino pensó que no había sido del todo sincero. Su foto principal en la aplicación tenía algunos años, de cuando estaba algo más delgado y todavía no le habían salido las canas. Las demás eran algo borrosas y Miriam no tenía por qué saber que la foto en el maratón de la ciudad se la había sacado con el dorsal prestado de un amigo, ni que la de París era un fotomontaje.

Le dijo que era actor y mintió un poquito sobre las obras en las que había actuado. No hacía falta contarle que era el suplente de muchos actores y que todavía no había salido en ninguna importante. Aunque andaba algo escaso de dinero por la falta de trabajo real, había accedido a quedar en aquel restaurante tan exclusivo porque Miriam merecía la pena.

Esperaba que una chica como ella, con dos carreras universitarias, conocedora de varios idiomas y viajera, no se lo tomase a mal. Un par de mentirijillas de nada les iban a servir ahora para conocerse y podrían llegar a algo más.

Raúl giró por una rotonda y fue acercándose a los jardines. Se encontró de frente con un rebaño de ovejas que inundaban la calzada. Tocó el claxon de manera frenética varias veces. El pastor lo ignoró y siguió a lo suyo, guiando a los animales con parsimonia. Miró el reloj, ya llegaba diez minutos tarde. En cuanto se apartaron, enfiló la carretera a toda pastilla.

Un coche de la Guardia Civil lo paró a escasos metros de los jardines de la Reina.

—Buenas tardes. ¿Sabe que el límite de velocidad en esta carretera es de 50?

—Sí, bueno, creo que sí, es que… ¿Me he pasado mucho? —acertó a decir, nervioso.

—Iba a 90. Lamento comunicarle que debo ponerle una multa, aunque si la paga en el plazo de veinte días naturales tendrá una reducción del 50%.

El guardia le acercó el papel y Raúl lo cogió con desgana. Lo metió en la guantera junto con una chocolatina derretida, el paquete de chicles de menta y un montón de pañuelos de papel sucios.

Eran casi las siete y media. Si Miriam era paciente, estaría esperándole. Si no lo era, tendría que pedirle perdón a través de la aplicación…

—¡Mierda! —exclamó. Había dejado el móvil en casa. Si ella no estaba en la cafetería, tampoco podría llamarla hasta su vuelta.

Aparcó como pudo y salió del coche a toda prisa. En la terraza de la cafetería solo había una mujer algo gorda, de unos cincuenta años, tomando un café y mirando el móvil. A unos pocos metros una pareja de adolescentes se besaba, sentados ante una de las mesas, mientras el camarero los miraba con cara de pocos amigos.

Raúl inspeccionó la cafetería, que estaba desierta. Salió e hizo amago de sentarse en la terraza, pero al ver el precio de un café, rodeó la silla y dio la vuelta. Volvería a casa y trataría de localizar a Miriam.

—¡Mierda! —volvió a exclamar. En el bolsillo del pantalón no estaban las llaves de casa. Tendría que llamar al cerrajero. Pero, ¿con qué teléfono?

Apesadumbrado, pasó por detrás de la mujer en dirección al coche. No se dio cuenta de que, en su móvil, aparecía la foto de una chica rubia, sonriente. Al lado, un mensaje: «Raúl, ¿dónde estás? Te estoy esperando».

Amelia

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